El incomparable valor de conocer a Cristo I Daniel Villarreal
Transcripción
Lectura de Filipenses 3:1-11
Buenos días. Muchas gracias a todos, iglesia; siempre nos sentimos muy acogidos por ustedes, siempre nos reciben con mucho gusto. Gracias, pastor Alfredo, por la bienvenida. Y pues estoy muy contento de estar en medio de ustedes para traer la Palabra de Dios. Así que, bueno, les pido que me acompañen a la carta de los Filipenses, a los Filipenses, la carta de Pablo a los Filipenses, en el capítulo 3. Filipenses capítulo…, voy a estar estudiando los versículos 3 al 11. Sin embargo, me gustaría comenzar leyendo desde el versículo 1 hasta el 11. Así que permítanme leer. Dice Pablo a esta iglesia:
"Por lo demás, hermanos míos, regocijaos en el Señor. A mí no me es molesto escribirles otra vez lo mismo, y para vosotros es motivo de seguridad. Cuidaos de los perros, cuidaos de los malos obreros, cuidaos de la falsa circuncisión; porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne, aunque yo mismo podría confiar también en la carne". Dice Pablo: "Algunos otros creen tener motivo para confiar en la carne; yo mucho más: circuncidado el octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, hallado irreprensible. Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo Jesús, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos".
Oración
Padre, te necesitamos. Todos aquí, Señor, estamos porque no somos las personas que deberíamos ser. No alcanzamos el estándar que se requiere, pero Cristo sí lo cumplió, y nosotros nos refugiamos en Él. Todos vemos por nuestros intereses, estamos absortos en nuestras preocupaciones, y estamos llenos de ídolos en nuestro corazón. Y necesitamos que tu Evangelio, el Evangelio que nos lleva a Cristo como nuestra esperanza, transforme nuestro ser de tal manera, Señor, que sigamos siendo transformados a la imagen de tu precioso Hijo, y seamos los hombres y mujeres que necesita este mundo: que son luz, que brillan en medio de este mundo que se cae a pedazos. No significa que seamos perfectos; seguimos adelante, los ojos puestos en la meta, que es nuestro Salvador.
Y yo te ruego que me permitas exponer este texto de tal manera que Cristo sea más glorioso, más grande, más sublime para el corazón de mis hermanos aquí. Y por eso pido tu ayuda, Espíritu de Dios, para que uses mi vida, Señor, y uses este texto para animarnos, para alentarnos, Señor, en saber que conocerte a ti es lo único que necesitamos. Te lo pido en el precioso nombre de Cristo.
Introducción: ¿qué te hace más feliz?
Yo quiero hacerles algunas preguntas, a manera de introducción, y quiero que sean sinceros en su corazón. ¿Qué es aquello que más te hace feliz? ¿Qué produce más satisfacción? Piénsalo. ¿Qué es aquello en lo que más pasas tiempo? ¿En qué piensas primero cuando despiertas? Mira, si tus respuestas a estas preguntas fueron un montón de cosas —porque yo te pedí que fueras bien sincero en tu corazón—, si tus respuestas a estas preguntas fueron un montón de cosas en las que no está Cristo, este mensaje es para ti. Tú necesitas, al igual que yo, recordar algunas cosas que muchas veces damos por sentado.
Pablo, el apóstol Pablo, a lo largo de esta carta está tocando el tema del gozo. Es un tema recurrente; nosotros encontramos expresiones de "regocíjense en el Señor; otra vez lo diré: regocíjense en el Señor". Son habituales en esta carta, de modo que él está tratando de afirmar a esta iglesia. Él quiere que se regocijen en el Señor; esa es la meta. Y que ningún otro gozo —escúchenme bien—, que ningún otro gozo..., o para que el verdadero gozo se halle únicamente en Cristo Jesús.
Al comienzo del capítulo 3, con ese amor pastoral de Pablo, les dice: "A mí no me es molesto escribirles otra vez lo mismo". Y, mis hermanos, yo sé que lo que acabo de decir no es nuevo para muchos de ustedes, ¿no es verdad? Pero es tan fácil olvidarnos, porque somos pecadores y porque vivimos en un mundo caído. Y por eso este mensaje es importante para ti, porque es bien fácil quitar de nuestro corazón esta preciosa verdad de que conocer a Cristo es el verdadero gozo. Realmente, sé que luchamos con eso. Es una lucha constante en nuestro corazón, porque continuamente llenamos nuestros corazones de tantas cosas que nos obstaculizan de poder disfrutar del verdadero gozo y placer que produce conocer a Jesús; un gozo que, por supuesto, tiene un impacto tal que nos permite ver la vida con otros ojos, con los ojos de Dios.
Y Pablo les dice: "Yo les digo esto porque quiero protegerlos, quiero que estén seguros". Dice él: "para vosotros es motivo de seguridad" que yo les recuerde estas cosas, que repito, que muchas veces nosotros damos por sentado. Tal parece, mis hermanos, que en esta iglesia había falsos maestros que estaban llevando a algunos de la iglesia de Filipos a confiar en sí mismos y poner mayor importancia en cosas superficiales, en sus obras, en sus méritos, en sus logros y en todo su currículum, para ser aceptados por Dios, y por lo tanto sentirse plenos y felices, satisfechos con la vida.
Y Pablo dice: "Cuídense de los perros". Me encanta cómo él llama a estos falsos maestros: "Cuídense de los perros, de los malos obreros, de la falsa circuncisión". Ustedes tienen —escuchen, hermanos—, ustedes tienen que regocijarse en el Señor, tienen que gloriarse en Él. ¿Por qué, Pablo? ¿Por qué debemos regocijarnos? Porque conocer a Cristo es el verdadero gozo, y nada —escúchenme bien—, nada se compara al valor de conocerlo. Eso es tu tesoro; eso es lo más valioso que tú tienes. Todo lo demás se va a acabar. Y eso es lo que yo espero demostrar en esta mañana.
¿Qué significa conocer a Cristo?
Y la pregunta que surge es: ¿qué significa conocer a Cristo? ¿Qué significa conocer a Cristo? Y, por supuesto, antes de contestar más ampliamente, o más profundamente, esta pregunta a la luz del texto, quiero que pensemos por un momento en la palabra misma que el apóstol Pablo utiliza allí. Esa palabra, "conocer", en el original es ginosko. Es la palabra que indica más que un mero conocimiento intelectual y superficial. Está hablando de un conocimiento que es experimental, o experiencial, e íntimo; es decir, existe un trato entre las dos partes.
De manera que lo que Pablo está diciendo aquí es que conocer a Cristo no es algo que sucede de inmediato. Comienza en el momento de tu conversión, sí, pero continúa a lo largo de tu vida. Comienza cuando escuchas el mensaje del Evangelio de la gracia de Dios y pones toda tu esperanza en ese mensaje; un mensaje precioso que nos dice que no tenemos remedio, y que nuestra única esperanza está en Jesús. Y cuando reconoces esa realidad, que eso es una verdad, allí comienza esa relación íntima y gozosa con el Salvador, una relación que dura para siempre.
De ahí el texto de Juan, capítulo 17, versículo 3, en la oración del Señor, que dice... Él dice: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". Ese, ese conocimiento es inagotable, hermanos; ese conocimiento es inagotable, y se va cultivando, profundiza mientras más pasas tiempo con Jesús, mientras más pasas tiempo con Cristo. Porque Cristo es Dios, y eso implica que por la eternidad seguiremos asombrándonos de nuestro Señor Jesucristo. Así que no es aburrido.
Por eso Pablo dice en el versículo 12 de este mismo capítulo: "No que yo ya lo haya alcanzado, o que ya haya llegado a ser perfecto". Pablo tenía un deseo por conocer a Cristo, y porque otros conocieran a Cristo. Esa era la pasión de Pablo: conocer a Cristo y dar a conocer a Cristo a otros. Sin embargo, él reconoce que hay ciertas tendencias, o mejor dicho, ciertos desafíos, que pueden llegar a ser un obstáculo para que se pueda experimentar el gozo y disfrute de tener una relación con Cristo.
Y hay tres cosas, al menos, que yo veo en el texto; tres aspectos de lo que implica conocer a Cristo, y que, aclaro, no son aspectos que sean inmediatos: son progresivos, van siendo cada vez más claros mientras tenemos comunión íntima con nuestro Señor Jesucristo. En primer lugar, conocer a Cristo elimina toda esperanza en nosotros mismos. Conocer a Cristo elimina toda esperanza en nosotros mismos. En segundo lugar, conocer a Cristo reduce el valor de todo lo demás. Y finalmente, en tercer lugar, conocer a Cristo pone nuestros ojos en la eternidad.
Conocer a Cristo elimina toda esperanza en nosotros mismos
Veamos, en primer lugar, que conocer a Cristo elimina toda esperanza en nosotros mismos. Una vez más, lean conmigo el versículo 3 dice: "Porque nosotros somos la verdadera circuncisión". Esta es la seguridad de la que Pablo habla: nosotros ya somos la verdadera circuncisión. ¿Qué significa eso? Hemos sido sellados con el Espíritu de Dios, y ahora podemos acercarnos a Dios, podemos adorar a Dios, podemos agradar a Dios, no sobre la base de nuestros esfuerzos, sino por lo que Cristo ha hecho en nuestro favor. Y me encanta cómo Pablo pone la base del Evangelio para todo lo que va a decir después. ¿Y por qué hace eso? Fíjense, al final de ese versículo 3: para que no pongamos la confianza en la carne. Él pone la base del Evangelio para que aprendamos a no confiar en nosotros mismos, a no poner la confianza en la carne.
La falsa seguridad
Y aquí se presenta un problema, algo que estaba siendo un estorbo para que los filipenses se gozaran en conocer a Cristo: había algunos hermanos que estaban orgullosos de sí mismos, y tenían una falsa seguridad que se interponía para tener una relación cada vez más profunda y deleitosa con Cristo. Y creo que no es muy diferente con nosotros; no es muy diferente con nosotros. Ahí hay una tendencia a querer vivir demostrando que somos capaces, ¿o no es así? Hay una tendencia a querer vivir demostrando algo: que yo puedo, que yo soy muy capaz. Vivimos como si fuéramos la sabiduría encarnada, hombres, y hacemos y deshacemos, porque somos muy capaces; nuestra experiencia, ¿no?: "Ya tengo mis años". Nos sentimos muy seguros de nosotros mismos.
Pero no es más que una falsa seguridad, porque separados de Cristo somos inútiles. Y arrancamos ese pedazo de la Biblia: "No, es que no aplica tanto cuando yo tengo que tomar decisiones; no aplica esa verdad". No: separados de Cristo nada podemos hacer, en cada aspecto de nuestra vida. Aquí no importan los años, no importa tu experiencia, no importa tu expertise: separados de Cristo somos incapaces de hacer cualquier cosa.
Así que Pablo va al corazón del problema, y nos muestra que la razón por la que no podemos relacionarnos con Cristo plenamente es porque todavía confiamos demasiado en nosotros mismos. Y eso, tarde o temprano, hermano, hermana, te va a explotar en la cara. Vivir así es un peligro. Y hay muchos creyentes genuinos que están en esta balanza, entre si confío en mí o confío en Cristo, entre confiar en nosotros mismos o gloriarnos en Cristo. Y tú y yo no estamos exentos de eso.
Perder toda esperanza en nosotros mismos
¿Qué hacemos entonces? ¿Qué hacemos al respecto, si esto es una realidad en nuestro corazón? Mis hermanos, escúchenme bien: necesitamos perder toda esperanza en nosotros mismos. Somos inútiles. En el momento en que tú te creas capaz, Cristo deja de recibir la gloria; así de simple. Fíjense, versículos 4 al 6: "aunque yo mismo podría confiar", dice Pablo, "podría confiar también en la carne. Si algún otro cree tener motivo para confiar en la carne, yo mucho más", dice Pablo. Así que nadie se alce el cuello, porque fíjense, versículo 5: "circuncidado el octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, hallado irreprensible".
Necesitamos perder toda esperanza en nosotros mismos. Pablo quiere llevar a los filipenses a depositar toda su esperanza en Cristo, a que en Él encuentren el gozo y plenitud que sus almas necesitan. Todos nosotros necesitamos esto, hermanos. Ahora quiero ser más específico. Vean el texto, en el versículo 9; dice: "y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe". Ah, y yo pudiera parar y decir: esa es la solución, es la manera en la que uno pierde esperanza en sí mismo. Pero permítanme explicar este texto.
Dependientes de su gracia
Cristo, con su obra, lo que hace es quitar todo vestigio de autojusticia o autoconfianza, y nos hace dependientes de su gracia. Eso es lo que hace el Evangelio: nos hace dependientes total y enteramente de su gracia. Y por eso debemos recordar una y otra vez que la obra para que tú y yo pudiéramos acercarnos a Dios ya fue hecha. Nada ni nadie puede cambiar eso, que ya es una realidad para el pueblo de Dios. Tú y yo ya no somos meros receptores de información; ahora todo lo que escuchamos acerca de Jesús va a contribuir para relacionarnos mejor con Él.
Esta relación no se va a extinguir; como dijimos al principio, es permanente, porque no es una relación que nosotros hayamos iniciado. No buscamos a Dios; nosotros no buscamos a Dios, Él nos buscó a nosotros. ¿Y sabes qué es lo más increíble? Que a pesar de nuestra indiferencia, muchas veces, a pesar de nuestra rebeldía, a pesar de nuestra tendencia a confiar en nosotros mismos, Dios sigue recibiéndonos. Y eso no es por ti; eso no es porque tú te portaste bien esta semana. Él nos acepta de pura gracia, de pura gracia, sobre la base de la obra perfecta de Cristo. Así que no depende de ti, no depende de ti: depende enteramente de Cristo y su obra. Por eso Pablo dice: "nos gloriamos en Cristo Jesús".
Mis hermanos, esto va a impactar tremendamente en tu manera de relacionarte con Jesús, y, por supuesto, va a impactar la manera en la que vives tu vida. La manera en la que ves las cosas cambia; la forma en la que interpretas el mundo a tu alrededor cambia. Lo que antes para ti era valioso ya no lo es más, y lo que antes tú aborrecías, ahora lo amas. Eso es lo que Cristo hace en nuestros corazones cuando estamos cerca de Él: elimina nuestro orgullo y nos hace dependientes de su gracia.
Conocer a Cristo reduce el valor de todo lo demás
Lo que nos lleva a nuestro segundo encabezado: conocer a Cristo reduce el valor de todo lo demás. Versículo 7: "Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo". Otra vez, Pablo sirve el Evangelio a la mesa. Piensen en la última parte del versículo, esta frase: "por amor de Cristo", "por amor de Cristo". ¿Qué? "Todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo".
Lo que Pablo está diciendo es que esta lucha que todos nosotros tenemos por el gozo de conocer cada vez mejor a Cristo no comienza con un impulso interno. No, no es una emoción intensa que uno tiene, o que uno siente, de conocer a Cristo. Todo lo contrario: nosotros odiábamos a Cristo. Pero su amor, que es profundo, que es extenso, y en cierta manera incomprensible, nos alcanzó. Y eso, dice Pablo, fue lo que me permitió hacer a un lado todo lo que yo consideraba como valioso. Porque el amor de Cristo es tan inmenso que yo me puedo ahogar ahí y no salir nunca más, porque eso es suficiente.
¿Qué atesoras más que a Cristo?
¿Cuántas cosas —otra vez te pregunto—, cuántas cosas hay en tu corazón que atesoras más que a Cristo? ¿No es verdad que invertimos nuestro tiempo y nuestros recursos en un montón de cosas que no tienen nada que ver con Cristo, en absoluto? Y mira, si tu respuesta es "no", yo no te creo. Pero si eres igual que yo, realmente son muchas, son muchas. Y lo que eso demuestra es que no tenemos a Cristo como nuestro tesoro. Nuestro corazón está lleno con tesoros como el entretenimiento, tesoros como el dinero, tesoros como el sexo, tesoros de todo tipo, pero Cristo no está allí.
Mis hermanos, tú puedes estar involucrado en un montón de cosas legítimas, y eso es importante. Tú puedes estar involucrado en un montón de cosas que son legítimas, pero, pero yo te animo a que evalúes si realmente son legítimas o son meros caprichos para autocomplacerte. Mis hermanos, puede haber cosas legítimas que en realidad están siendo un peso más que un beneficio; están siendo un estorbo.
Despojémonos de todo peso
El autor de la carta a los Hebreos, en el capítulo 2 —de ustedes, recientemente han estudiado esa carta—, en el capítulo 12, después de dar ese discurso sobre el triunfo del pueblo de Dios ante las dificultades, del capítulo de la fe, el capítulo 11, al comienzo del capítulo 12 les dice: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor tan grande de testigos, despojémonos de todo peso". Primero les dice: despójense de todo peso; y luego: "y del pecado que tan fácilmente nos envuelve". Pero primero les dice: despojarse de todo peso.
Hermanos, estoy convencido de que hay muchas cosas legítimas en las que un cristiano puede estar involucrado. Pero si esas cosas están poniendo un peso innecesario y te están impidiendo tener comunión con Cristo, es momento de quitarlas, y seguir corriendo con paciencia la carrera que tenemos por delante. ¿Y qué dice el autor? "Puestos los ojos en Jesús". Si esas cosas están afectando tu relación con Cristo, así como Pablo, es tiempo de considerarlas como basura, porque nada de eso vale más la pena que Cristo. Y yo estoy seguro de que hay muchas cosas que están afectando nuestra relación con Cristo, cosas que has elevado a esenciales, y les has puesto tanta importancia y no te has dado cuenta. Les das tanto valor que, en lugar de ser un beneficio, son una maldición, porque están afectando lo más valioso que tú tienes, y es la relación con Cristo.
Déjame hacerte una pregunta: ¿qué pasa cuando se te viene todo encima, cuando vienen los problemas? ¿Corres a Cristo? No siempre. Muchas veces nos echamos a un lado. He ahí el estrés que a veces sentimos, la depresión. Y no es que uno se haga el loco; los problemas ahí están. El punto es que te apoyes en el Señor y no en tus propias fuerzas. Y ese es el tipo de relación que Cristo quiere tener contigo: en las buenas y en las malas, una relación cercana e íntima. Y no es que esto sea fácil. Isaías 26:3 dice: "Al de firme propósito guardarás en perfecta paz, porque en ti confía". El problema es que nosotros no queremos confiar en Él. Ese sigue siendo el meollo del asunto.
Ganar a Cristo, el más precioso tesoro
Versículo 8: "Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo". Hermanos, Cristo era más digno que nada en la vida de Pablo. Ganar a Cristo, tenerlo a Él como el más precioso tesoro, debería ser la meta de todo creyente, en serio, y, por supuesto, de toda comunidad de la gracia. Recuerden que Pablo le escribe a una iglesia.
Mis hermanos, ¿qué están haciendo como iglesia para que Cristo sea más precioso para otros? ¿En qué estás participando tú para que otros vean a Cristo, y no solo lo vean, sino que lo vean cada vez más claro, más hermoso? Y no me refiero a sus pastores, no me refiero a los líderes, no me refiero al grupo de alabanza, que con los cantos de alguna manera nos están presentando a Cristo y las verdades del Evangelio para que eso sea cada vez más evidente en nuestras vidas. ¿Qué estás haciendo tú? Cada miembro de esta iglesia tiene la responsabilidad de ayudar a otros a conocer mejor a Cristo. Es a eso que llamamos discipulado.
Efesios 4, recuerden: los pastores los equipamos para la obra del ministerio. Eso ¿qué significa? Que nosotros les presentamos a Cristo de una manera cada vez más profunda, para que ustedes, a su vez, presenten a Cristo a otros de una manera más profunda, y así sucesivamente, hasta que Cristo sea el especial tesoro de cada corazón que viene a la Iglesia Evangélica de Cuajimalpa. Ustedes tienen ese privilegio de conocer a Cristo y darlo a conocer a otros. Eso es lo que Pablo está haciendo aquí: diciéndole a una iglesia que nada se compara al valor de conocer a Cristo.
Conocer a Cristo pone nuestros ojos en la eternidad
Finalmente, eso nos lleva a nuestro último encabezado: conocer a Cristo pone nuestros ojos en la eternidad. Versículos 10 y 11, dice: "y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos". Pablo dice nuevamente que su pasión es conocer a Cristo; esa es su pasión. Pero, de una manera muy interesante, dice que él quiere conocer a Cristo en su sufrimiento y en su resurrección.
Cuando nosotros estamos cerca de Jesús, sabemos que nuestro destino —al menos eso yo lo quiero—, nuestro destino es estar con Él por la eternidad, en un nuevo cuerpo, sobre una tierra nueva, sin pecado, llenos de pleno gozo. Y sabemos eso, y decimos "amén" a eso. Sin embargo, muchas veces olvidamos que nuestro Salvador fue el varón de dolores, experimentado en aflicción. Pablo anhela caminar el mismo camino que condujo a Cristo hacia la gloria: el camino del sufrimiento con Él.
El sufrimiento como medio de gracia
El apóstol Pedro, en el contexto de las aflicciones del Señor, en su primera carta —el apóstol Pedro, en el capítulo 3—, dice que Cristo nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas, en el contexto de sus sufrimientos. Nosotros no, no estamos exentos de que nos vaya mal, y de que tengamos que sufrir, que tengamos que padecer de este lado de la eternidad. No estamos exentos de que suframos, en una medida u otra. El sufrimiento no solo es una consecuencia de vivir en un mundo caído; también es un medio de gracia que en ocasiones Dios usa para madurarnos, y para hacernos florecer y dar mucho fruto, a la semejanza de su Hijo, del Salvador. ¿Amén a eso, hermanos?
Pero cualquiera que sea la razón de nuestro sufrimiento, el pueblo de Dios tiene esperanza, tiene esperanza. Al final, nuestro viejo yo será completamente transformado, y nuestros corazones serán completamente purificados. Eso es glorioso: podremos experimentar el gozo de conocer plenamente a Cristo. Vale la pena, entonces, sufrir aquí, si al final tendremos a Cristo como recompensa. En Él está nuestra gloria; en Él nos gloriamos, hermanos.
Dice el apóstol Juan, en su primera carta, capítulo 3, los primeros tres versículos —es un buen resumen de esto que yo acabo de decir—, dice: "Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y eso somos. Por eso el mundo no nos conoce. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es. Y todo" —escuchen bien— "y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro". Mantengamos nuestra esperanza de Jesús.
Atesorar a Cristo juntos
Y permítanme insistir y exhortarlos, iglesia: la meta suprema es atesorar juntos —no en solitario; juntos, como comunidad, como Iglesia de Cristo—; la meta es atesorarlo a Él. Y por eso necesitamos que cada miembro ocupe el lugar que le corresponde, y busque de manera intencional ayudar a otros a amar así a Cristo, aunque eso implique el sufrimiento. Así que yo te pregunto: ¿conoces a Cristo? ¿Conoces a Cristo realmente? ¿Lo has dejado todo por conocerlo a Él? ¿La belleza de Cristo se hace cada vez más inmensa en tu corazón, que palidece todo lo demás?
En uno de mis libros favoritos, El progreso del peregrino, de John Bunyan, hay un personaje que se llama Cristiano, que representa al creyente, y él tiene dos amigos que fueron importantes en su progreso a la Ciudad Celestial. Estos amigos se llamaban Fiel y Esperanza. Ellos animaron a Cristiano a sostenerse en lugares muy peligrosos, como el Castillo de la Duda; al luchar contra el Gigante de la Desesperación; a escapar de la angustia y volver al camino. Fiel y Esperanza representan al pueblo de Dios, el cuidado mutuo entre hermanos. No podemos solos.
Ahora, tú sabes esta tendencia que hay en tu corazón de confiar en ti mismo. Tú no puedes salir solo de allí; tú no puedes salir solo de allí, mi hermano, mi hermana. Y yo soy enfático en esto porque vivimos en un mundo contaminado por el individualismo. Yo podría darles un montón de cosas que pueden hacer y aplicar de manera personal para cultivar su relación con Cristo, pero ¿saben qué? Ustedes ya lo saben. Ustedes ya saben que tienen que leer y meditar sus Biblias apuntando a Cristo; ustedes saben que deben orar, sabiendo que tienen a Cristo como nuestro mediador. Y todo eso es muy maravilloso, estando en lo privado; síganlo haciendo. Son medios de gracia preciosos, y que podemos disfrutar en la intimidad. Pero otro medio de gracia que es sobresaliente es la comunión unos con otros.
Una vez más les recuerdo: Pablo le está hablando a una iglesia. Así que, iglesia, sus pastores y sus líderes también son parte de la comunidad. ¿Qué están haciendo ustedes para magnificar en ellos a Cristo? Finalmente, esa fue la oración de Pablo por los efesios, en el capítulo 3. Estoy terminando; quiero leer este texto, Efesios 3:14. Dice: "Por esta causa, pues, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra, que os conceda, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior; de manera que Cristo more por la fe en vuestros corazones; y que arraigados y cimentados en amor, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que seáis llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios".
Mis hermanos, el gozo de conocer a Cristo se experimenta en comunidad, unos a otros magnificando a Cristo. Lo que tú recibes en la intimidad lo compartes con otros, mientras ese mismo lo comparte con otros, y así sucesivamente, para que Cristo sea exaltado en medio de nosotros.
Oración final
Iglesia, vamos a orar. Amado Dios, gracias por tu Palabra; gracias por animarnos, exhortarnos a la luz de tu Evangelio, y poder hallar esperanza y aliento, Señor, y vivir, Señor, sabiendo que lo más valioso y precioso que tenemos aquí abajo, y que tendremos por la eternidad, por la eternidad, seguirá siendo tú, Señor Jesús. Así que ayuda a mis hermanos; ayúdalos a tenerte a ti como su tesoro, y a cultivar su relación contigo, Señor, para la gloria de tu nombre. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.
Escúchanos
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