La Iglesia que Persevera
Transcripción
Introducción: el mismo pasaje otra vez
Este es el pasaje que vamos a estudiar hoy. Seguramente, además de ser muy, muy conocido, lo tendrán muy fresco, porque fue el mismo que estudiamos con nuestro hermano Jonathan el domingo pasado. Y bueno, los que estuvieron el miércoles ya no se sorprenderán más, porque ya hubo por ahí un anticipo. Pero lo importante en esto, más allá de estudiar el mismo pasaje, es ver varias cosas. Uno: la manera en que Dios prepara las cosas. Porque el hermano Jonathan y yo ni siquiera platicamos al respecto, y han sido semanas que hemos estado estudiando cada uno un poco por su lado. Y bueno, ya obviamente, en retrospectiva, después de haber escuchado al hermano Jonathan y después de haber preparado esto, también darse cuenta de que Dios tiene siempre no solo control, sino lo profundo de Su Palabra. Y seguramente, si siguiéramos de aquí a 6 meses, podríamos decir cosas diferentes de este mismo pasaje, porque Dios es el que tiene control de esto.
Y bueno, entonces los voy a invitar a que abramos nuestra Biblia en este pasaje, que está en Hebreos 12, y vamos a leer del versículo 1 al 3. ¿Listo? Bueno, la Palabra del Señor dice: "Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestra tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar".
Bueno, hermanos, un poco antes de comenzar —y espero llegar a ese punto—, lo que Dios ha puesto en mi corazón al estudiar en general todo este pasaje es que podamos encontrar ánimo en estas palabras. Y ánimo no solo dándonos cuenta, o leyendo este pasaje y viendo lo que Dios hace, sino entendiendo la profundidad de las cosas que quiere enseñarnos, y la manera en que Él mismo nos pide que hagamos cosas, pero Él mismo cumple esas cosas, y Él mismo manifiesta ser un ejemplo en esas cosas, ¿no? Y eso nos va a dar tranquilidad, y nos va a dar ánimo, y nos va a dar como toda esta fuerza para seguir, como dice en este pasaje, la carrera que tenemos por delante.
El contexto de los hebreos
Pero primero, para entender un poco el contexto de qué estaba pasando con los hebreos… Sabemos que... dos cosas que sabemos que no sabemos con certeza. Una es quién escribió esta carta, en lo que no voy a entrar en muchos detalles. Unos dicen que por la naturaleza era el apóstol Pablo, pero otros dicen: "No, si fuera Pablo, como en todas las demás cartas, se presentaría en primer lugar como siervo de Jesucristo". Entonces puede ser que sea o que no sea. Y por otra parte, "a los hebreos": a diferencia de otras cartas de Pablo, que estaban específicamente dirigidas a ciertas iglesias ubicadas en un lugar específico, en este caso es "los hebreos", y "los hebreos" habla más de un grupo de personas que de una iglesia o de un lugar. Entonces tampoco tenemos seguridad de si es el pueblo, los judíos que están en Jerusalén, o todos los que habían sido dispersos por la persecución.
Pero algo que sí sabemos es un poco lo que nos da todo el contexto antes de este pasaje. Todos los primeros capítulos antes del capítulo 11, del 1 al 10, vemos un poco de qué se trata: qué estaba pasando con estos hebreos, ¿no?; qué eran las cosas que estaban enfrentando, qué eran las cosas que no entendían, qué eran las cosas que estaban olvidando. Y eso es importante, en principio, tenerlo claro, porque la verdad es que no difieren mucho de lo que nos pasa a nosotros hoy, ¿no? Entonces es importante entender este contexto para ver dónde estamos parados nosotros también, ¿no?
Una iglesia perseguida y cansada
Entonces, datos rapidísimos: ¿qué pasa con la iglesia de estos hebreos? Primero, algunos comentaristas y expertos dicen que están mucho más cercanos al año 70, que fue cuando fue la dispersión, cuando quemaron el templo. Entonces estas personas estaban bajo una muy fuerte persecución. Pero al mismo tiempo no tenían el mismo ánimo que tenían las personas que habían conocido a Jesús, o que de primera mano habían recibido de los apóstoles esta información sobre la nueva fe. Entonces imaginen que son sus padres los que les contaron sobre los apóstoles y sobre Jesús. Entonces de repente empiezan a vivir cierta persecución, hay muchas luchas, de repente ya no se sienten tan seguros, y de repente dicen: "Híjole, ¿y qué tal si lo que nos están contando…? No sé. Yo ya no tengo tanta fuerza, porque a mí ya me lo contaron; no es algo que yo haya vivido de primera mano". Y pierdo ánimo un poco, porque digo: "Tal vez deberíamos regresar un poco a estos rituales. ¿Qué pasa? Todavía está el templo. Si está el templo, entonces deberíamos de seguir teniendo y haciendo sacrificios; para eso está el sumo sacerdote".
Y entonces todos estos hebreos estaban debatiéndose entre si seguir con la fe en Jesús que habían recibido de otras personas, o si de repente volver a lo que ya estaban acostumbrados, a todo lo que les habían enseñado, a toda esta historia de personajes, de personas y grandes nombres, ¿no?: Abraham, Isaac, Jacob, Israel. Entonces eso es un poco lo que estaba pasando con estas personas. Y gracias a eso, a esa persecución, y a este formalismo, a este deseo tal vez de regresar a las leyes judías, que tenían ciertos ritos —por lo menos ellos estaban seguros, a través de eso, de que estaban haciendo algo que agradaba a Dios—, de repente la fe en Jesucristo podía parecer algo un poco más lejano, un poco más etéreo, si lo podemos decir así.
Pues finalmente, esta iglesia estaba cansada. Estaba cansada, y de repente era más fácil mirar al pasado y decir: "Tenemos toda una historia de personajes, de personas, de nuestros padres en la fe, que nos pueden enseñar muchas cosas. Y de repente tenemos esta nueva fe, que lo único que nos ha traído es un poco de desgracia, y persecución, y muerte". Y seguramente estas mismas personas, sea en la dispersión o en Jerusalén, están escuchando de todas estas personas a las que están matando, y entonces: "¿Vale la pena? No sé, porque yo no lo he estado viviendo necesariamente de primera mano. Sí he creído, pero todo esto me está abrumando tanto que de repente quiero dejarlo un poco de lado", ¿no?
Y algo que es muy importante también: la iglesia miraba tanto a sus héroes que de repente quería emular a esos héroes más que a quien estos héroes estaban admirando, y viendo, y respetando, que era Dios. Estaban perdiendo de vista que no tenían que ver al hombre, ¿no?, sino que tenían que ver a Dios, quien era el que había proporcionado toda esta fe, como decía.
No tan diferente de nosotros hoy
Y un poco este contexto no es tan diferente a nosotros hoy. Hoy, de repente, la enfermedad, las cosas que no sabemos cómo lidiar, la falta de trabajo… Y ahorita lo estamos escuchando: todas estas necesidades que estamos poniendo delante de Dios como iglesia son estas mismas cosas que, si de repente perdemos de vista lo importante, y a quién es importante, que es Jesús, se pueden volver esta carga que de repente nos haga no tener ganas ni de empezar a correr la carrera, o hacernos a un lado y decir: "Esta fe que me cuentan de Jesús sí suena increíble, pero de repente estoy muy concentrado en toda esta enfermedad, o en toda esta falta de trabajo, o en toda esta necesidad, que pierdo de vista lo importante". Y entonces me canso, ¿no? Y la carrera de la fe, como está escrita en estos pasajes, y en otras cartas de Pablo también, vemos que esta carrera no es para nada algo ni fácil ni que sea rápido. Es algo que requiere mucho más: fuerza, y paciencia, y entereza. Y ahorita vamos a ver un poco más profundamente sobre eso.
¿Quiénes son los testigos?
Ahora, el domingo pasado veíamos quiénes eran estos testigos, y nos contaba nuestro hermano Jonathan que estos testigos son estas personas, ¿no?, que está conectado al capítulo anterior, el capítulo 11. Pero, más allá de repetir esa información, lo que quiero es que en principio entendamos qué propósito tienen estos testigos. Cuando dice: "Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestra tan grande nube de testigos", es decir, hay muchos testigos, ¿no? Y al estar estudiando este pasaje, con lo que habla… hay dos formas de entender los testigos. Testigos como quienes ven algo, y están ahí viendo y revisando que se ejecuten las cosas como deberían de estarse ejecutando. E incluso, si pensáramos en eso, son estos grandes héroes de la fe, o personas que no están con nosotros, pero han terminado la carrera, y que están viendo ahí nada más como espectadores, ¿no?
Pero en lo que coincide la mayoría de los comentaristas y de los estudiosos de la Biblia es que esta palabra, "testigos", en este pasaje en particular, se refiere a alguien más que habla, o que puede compartir. Esta definición es de alguien que no solo ve, sino que es alguien que participa, que deja ejemplo, que habla respecto a eso. Y en Hebreos 11 vemos, cuando habla por ejemplo de Abel, que dice que, aunque ya no está en la tierra, ya está muerto, sigue hablando. Un poco ese es el sentido que tiene esta palabra, "testigos", en este pasaje.
Primer propósito: apuntar al verdadero héroe de la fe
Pero, ¿qué propósito, además de decirnos cosas, tienen estos testigos? El primero es apuntar al verdadero héroe de la fe, ¿no? Y venimos de haber visto que todos estos judíos están tan acostumbrados a la ley, a los rituales, y están tan acostumbrados a repetir estas genealogías, porque era lo que les daba identidad, lo que les daba fuerza, lo que les daba esta razón de seguir un poco más adelante. Pero en realidad estos testigos estaban lejos de ser perfectos, ¿no? Si estos judíos, y nosotros incluso, viendo a otras personas, viendo a las personas que están escritas en la Biblia, pensamos que estas personas terminaron la carrera o fueron grandes héroes de la fe… si lo pensamos, claro que lo fueron. Pero ahí está la palabra clave: son héroes de la fe. No tenía absolutamente nada que ver con lo que hicieron, con qué tan valientes eran, qué tan fuertes; tenía que ver mucho más con en quién habían depositado esa fe, que era Jesús.
Entonces, en realidad, todas estas personas eran tan imperfectas. Pero lo que les dio este grado de ser reconocidos como héroes de la fe es confiar en quien sí había sido perfecto, en quien vivió toda una vida perfecta, y que ahora está reinando en el cielo, que es Jesús.
Segundo propósito: mostrar que la carrera se puede terminar
Por otro lado, ¿qué nos quieren mostrar estos testigos? Nos quieren mostrar que es posible que se termine esta carrera. ¿Y por qué lo decimos de esa manera? Y creo que muchos de nosotros nos vamos a sentir identificados: cuando estamos tan abrumados con cosas que nos pasan —ya lo había dicho—, con quedarnos sin trabajo, con estar enfermos, con que nos persigan, con quedarnos sin casa, o cuando vemos todas las noticias terribles, y dolorosas, y angustiantes que pasan alrededor del mundo, de repente nos sentimos tan abrumados, y nos ahogamos en medio de eso, que de repente decimos: "¿En serio se puede terminar esta carrera? O sea, es tan difícil ser cristiano en el contexto en el que estoy, sea en la universidad, sea en la escuela, con este trabajo, con estas carencias, con estas enfermedades".
Pero estos testigos, lo que hacen es: "¡Claro que se puede! Miren: nosotros, siendo quienes éramos, con todos estos pecados terribles, siendo asesinos, adúlteros, mentirosos, terminamos la carrera. Y terminamos la carrera porque vimos a Jesús, no porque hicimos grandes cosas". Entonces esto debería animarnos a pensar en estas personas que vemos en Hebreos 11, y otras personas que seguramente nosotros conocemos, que son personas que ya murieron, sean familias, sean pastores, sean misioneros… Vemos tantas historias, y conocemos tantas historias, gracias a Dios, que nos animan a saber que la carrera puede terminarse; que no importa qué tan difícil sea lo que estamos viviendo ahorita, lo vamos a pasar, y vamos a correr esta carrera, y vamos a llegar a la meta.
Tercer propósito: ser perfeccionados juntos
Y finalmente, estos testigos nos impulsan a terminar para que ellos sean perfeccionados con nosotros. ¿Y a qué se refiere esto, hermanos? Dice en el capítulo anterior —dice: "Y todos estos"—, en el versículo 39 y 40: "Aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros". ¿Qué quiere decir aquí? Que estas personas que corrieron la batalla de la fe, y que ya terminaron esta carrera, estos héroes de Hebreos 11, lo que nos dicen es: "¿Saben qué? Nosotros vamos a ser perfeccionados; ya recibimos nuestro galardón". Es decir: "Nosotros ya fuimos justificados y vamos a pasar una eternidad. Pero tenemos que esperar a que absolutamente todos los que están corriendo esta carrera, todos aquellos a quienes Dios haya elegido para terminar esta carrera victoriosos, van a ser perfeccionados todos juntos".
Entonces, es decir, estas personas no son simplemente gente que está en las gradas viéndonos correr, y nos aplauden, y nos dicen: "¡Órale!". Es gente que, uno, nos demuestra que ya terminaron la carrera, que se puede terminar la carrera; y otra, es: "Por favor, sigan corriendo, porque hasta que el último, el más lento de todos, no termine la carrera, no vamos a recibir todos, como cuerpo de Cristo, este premio, este galardón, que es vivir eternamente con Él", ¿no?, y tener los cielos nuevos y tierra nueva. O sea, la idea de esto es que todos estos testigos nos animan, si somos muy nuevos en la fe, a empezar la carrera; y si estamos dudando, y si tenemos mucho…, a cobrar ánimo y empezar a correr otra vez, porque se puede terminar.
La confrontación de Calvino
Ahora, Juan Calvino es un poco más duro al decirnos esto. Ahorita estoy hablando un poco más sobre el ánimo que nos dan estas personas, y nos impulsan, y vamos a ser coronados. Pero Juan Calvino nos confronta un poco más, y nos dice sobre este mismo pasaje: "Si aquellos sobre quienes la luz de la gracia no resplandecía aún con tanto fulgor mostraron una consistencia tan grande al sobrellevar los males, ¿qué no debería producir en nosotros la luz meridiana del evangelio? Si una pequeña chispa de luz los condujo a ellos hasta el cielo, ahora que el sol de justicia brilla sobre nosotros, ¿con qué pretexto podremos disculparnos si todavía nos apegamos a la tierra?".
Y Juan Calvino está diciendo: ellos, con una chispita, solo con un atisbo, solo con pensar en lo que los profetas habían dicho, que llegaría un Mesías que los iba a reconciliar para siempre con Dios, eso fue suficiente para que su fe durara toda su vida. Ahora que nosotros —nosotros, esta iglesia, y en todos lados donde se predica el evangelio— ya vemos y sabemos que Jesucristo vive, y reina, y está junto al trono de Dios, está sentado ahí, ¿cuánto más nosotros vamos a poder poner todavía pretextos para no correr?, ¿no? Entonces es algo que tenemos que tener en mente.
Despojémonos de todo peso
Ahora, después de esta tan grande nube de testigos y sus propósitos, dice: "…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia". Ahora, voy a confesar que de repente ya me sabía tan de memoria estos versículos que tendía a juntar ciertas cosas, ¿no? Y yo podría leer fácilmente "despojémonos de todo peso del pecado que nos asedia", y decía: "Ah, claro, pues sí: el pecado es lo que está contrario a Dios; entonces tengo que quitarme el pecado", ¿no? Pero claramente aquí quiere hacer una diferencia entre lo que significa "todo peso" y "el pecado". Ahí hay una diferencia en categorías. ¿Y qué significa? Ahorita vamos a ver justamente eso. En primer lugar, en este mismo contexto de hablar de una carrera, de la vida cristiana como una carrera, tenemos que pensar en estas mismas analogías. Y si nos damos cuenta, por ejemplo, el uniforme o la ropa deportiva que usaba alguien en las primeras olimpiadas, en 1896, en Atenas, y los que corren o nadan actualmente… No solo es la tecnología; lo que ha pasado con este atuendo es que necesitan correr estas personas, o necesitan nadar, con el menor peso posible. Es decir, las tecnologías cada vez, sabes, que son los materiales más livianos, para que tú puedas seguir corriendo. Y eso pasa con la vida cristiana: mientras tengamos este equipaje, mientras tengamos, digamos, la ropa inadecuada espiritualmente, lo que va a hacer es nos vamos a ir más lento y nos vamos a cansar más rápido. Entonces eso es lo primero: darnos cuenta de que posiblemente, si nos cansamos, es que estamos trayendo un poco más de equipaje que el que deberíamos de llevar, ¿no?
No «¿es pecado?», sino «¿me ayuda a correr?»
Por otro lado, tendemos a separar entre lo que conviene y el pecado. Es decir, y yo podría casi asegurar que cualquiera de nosotros hemos hecho esto: cuando a veces estamos en una disyuntiva entre tomar una decisión o no tomar una decisión que implica obviamente un riesgo de pecado, decimos: "Bueno, la Biblia dice que todo me es lícito, pero no todo me conviene. Bueno, pues, voy a estirar por aquí, voy a hacer por allá". Y empezamos a conectar un montón de versículos con tal de convencernos de que lo que estamos haciendo pues no tiene nada de malo, ¿no?
Y para esto, confiesa cómo el entender a qué se refería este texto con "el peso" cambió absolutamente la manera en que juzga ahora su comportamiento y las decisiones que toma con respecto a, obviamente, honrar y dar la gloria a Dios. Y dice: "Esto fue revolucionario. Lo que hizo en mí, y espero que lo haga en ustedes, fue enseñarme que la batalla de la fe, la carrera de la vida cristiana, no se pelea o se corre bien al preguntar qué está mal con esto o qué está mal con lo otro, sino preguntando: ¿esto me lleva a tener una fe más profunda, más amor, más pureza, más coraje, mayor humildad, más paciencia y más dominio propio? No preguntamos: ¿es pecado?, sino: ¿me ayuda a correr? ¿Se está interponiendo en mi carrera? Ya no se pregunten qué está mal con mi música, o con mis películas, o con mis fiestas, o con mis hábitos; pregúntense en su lugar: ¿me ayuda a correr la carrera? ¿Me ayuda a correr por Jesús?".
Entonces, cuando entendemos esto —y a mí me pasó también, cuando estaba leyendo esto y estudiando—, cambia muchísimo la manera en la que empezamos a tomar ciertas decisiones. Porque entonces empezamos a tratar de estirar menos la Palabra, y de decir: "Ah, esto como que todavía alcanza acá", y nos justificamos. Y esto, yo creo que lo hacemos todos: queremos conseguir algo, queremos tomar una decisión, y decimos: "Híjole, voy a... la manera en la que esto no me haga sentir tan mal". Pero ¿saben qué pasa, hermanos? En realidad nos estamos engañando a nosotros mismos. Podemos tomar las decisiones que sea, podemos poner una lista de argumentos que validen nuestras decisiones, pero si no nos ayuda a correr más por Jesús, si nos alenta, si nos cansa, entonces algo está mal, y evidentemente algo está mal en nosotros.
Entonces ya no deberíamos estarnos preguntando: "Ay, ¿por qué me piden esto?", o "¿Por qué son tan exagerados en la iglesia?", o "¿El hermano Paco por qué nos regaña porque traemos los zapatos sucios?". Y de repente parece algo tan chiquito, parece algo tan inofensivo, pero la manera en que reaccionamos ante esas cosas es lo que realmente pesa. No es traer un tipo de zapatos, o vestirnos de cierta forma, o hacer una cosa, o tardarnos más, o tomar una decisión sobre un trabajo a la ligera; se trata de lo que eso produce en nosotros, y las razones por las cuales nosotros mismos estamos tratando de justificar esas actitudes. Eso es el peso; solo el peso.
El pecado que nos asedia
Y ahora vamos al pecado. Y es muy importante también leer otras traducciones y otras versiones de la Biblia. En ciertas traducciones o ciertas versiones perdemos información que muchas veces cambia el sentido de lo que estamos tratando de entender cuando leemos. Ya vimos esto: "despojémonos de todo peso", y luego "del pecado que nos asedia". "Del pecado que nos asedia" podría interpretarse, o podría traducirse, como "el pecado que está muy pegado a nosotros", muy pegado físicamente a nosotros. Entonces, ¿qué pasa? Muchas veces hay ciertas cosas que son tan… o sea, tienen tanto de nuestra naturaleza, que no nos damos cuenta.
Y yo lo voy a decir, y lo he hablado con muchas personas: para mí es el orgullo, por ejemplo. El orgullo de tener un buen trabajo, o de hacer las cosas bien, o de que alguien me da una palmada en la espalda. Y a veces es tan sutil en mí, ya forma tanto parte de mi corazón pecaminoso, que a veces no me doy cuenta. Y entonces de repente digo: "No, claro que no, no". Si yo leía algo ayer en la mañana que reafirmó esto, ¿no? Y decía un pastor que, cuando él está predicando, una de las cosas que le pasa, también luchando con el orgullo, es que él se da cuenta y dice: "Ah, la reunión fue bien; fue bien hasta que pregunté esto que a nadie se le había ocurrido preguntar". Entonces enseguidita se da cuenta y dice: "Híjole, ahí hay orgullo. Bueno, qué bueno que me dio orgullo". Y entonces ahí otra vez: darse cuenta de que había sido orgulloso, y sentirse orgulloso por eso, le causaba orgullo.
Y decía: este es el ejemplo de las cosas que están muy pegadas a nosotros; cosas que ni siquiera nos damos cuenta. Y puede ser que seamos ásperos con las personas, puede ser que seamos intolerantes, puede ser que seamos mentirosos: cuando nos damos cuenta, ya dijimos una mentira, pero así, de la nada, y tenemos como cierta compulsión para hacer esas cosas. Y lo que pasa es que está tan pegado a nosotros que no lo vemos, a menos que nos veamos en un espejo, o a menos que alguien nos diga. En mi caso, por supuesto, ante mi debilidad, que es el orgullo, mi aguijón, que alguien me diga: "Ah, oye, estás siendo orgulloso". "No, ¿cómo crees?". Entonces ahí viene otra vez el orgullo.
Corremos juntos
Entonces es una cuestión un poco difícil. Pero también para eso estamos en esta carrera juntos, hermanos. O sea, se vuelve muy importante la razón y la validación de por qué vivimos como un cuerpo, ¿no? La Palabra de Dios nos insta a confesar nuestros pecados los unos a los otros, a que oremos los unos por los otros, a que nos llevemos los unos a los otros. Pero muchas veces, justamente por este orgullo: "Porque ¿qué van a pensar de mí?", o "Híjole, yo debería de estar corriendo más rápido, porque llevo más tiempo en la fe, y este, mira, otro que acaba de venir, ya está ahí muy feliz y sirviendo y todo". Y a veces nos quedamos con esta situación de: "¿Saben qué? No, no puedo decir esto". Y si alguien se atreve a decírmelo, o me justifico, o me enojo, o digo: "Ya no voy a la iglesia, porque estos hermanos se la pasan criticándome", ¿no?
Pero algo que debería animarnos, hermanos, es que hay otras personas alrededor nuestro —y pueden ser personas que estimemos, o puede ser alguien de la iglesia— que se acercan y nos dicen: "¿Sabes qué? Creo que esto que estás haciendo no está bien". Y nuestra súplica debería de ser para Dios: que nos deje recibir esa palabra, esa exhortación, con amor y con gozo. Porque si realmente amamos a las personas que están aquí, si amamos a las personas por amor de Jesucristo, entonces nos vamos a saltar esta incomodidad de decirle a alguien que creemos que está haciendo algo que no lo está haciendo correr más rápido o fielmente en la carrera de la fe. Nos vamos a quitar esa incomodidad de que se enoje con nosotros, y por amor le vamos a decir las cosas: "¿Sabes qué, hermano? Creo que esto está pasando, y está pasando, y está pasando". Ya será cuestión un poco del hermano, y obviamente de la obra del Espíritu Santo, que lo convenza. Y esa debe ser nuestra oración también.
Gracia con las luchas de otros
Y cuando hablaba de este pecado que está tan pegado a nosotros, tenemos que entender también que debemos mostrar gracia. Lo que para nosotros puede ser una cosa muy fácil de sobrellevar, para otra persona es su aguijón; es algo con lo que no puede lidiar, ¿no? Y es algo muy sencillo, a lo mejor, para el hermano: la confianza en la soberanía de Dios. Nosotros decimos: "No, pues es que Dios es soberano", y vivimos felices y gozosos sabiendo que Dios tiene control de todo. Pero para otro hermano eso es algo con lo que está luchando, y luchando, y luchando.
Entonces está esta predisposición a cierto tipo de pecado, y lo vemos también en Hebreos 11. Tenemos a un David, que era asesino, mentiroso y adúltero, ¿no? Y tenemos a un Sansón que, por más que, como parte de su responsabilidad dada por Dios, fue juez del pueblo de Israel y los libertó de la opresión, al mismo tiempo él mismo tenía este pecado en la sexualidad, que era muy fuerte para él, ¿no? Entonces también tenemos que entender eso, hermanos. Tenemos que entender que va a haber ciertas cosas en nosotros que van a ser más fuertes que otras. Y para eso mismo necesitamos a estas otras personas, e intentamos mirar a Jesús para que nos ayude a entender, para que nos ayude a identificar qué son estas cosas, y podamos luchar ya un poco más conscientes; no nada más aventándonos así: "Es que no sé por qué me pasa esto", ¿no? Las otras personas, la iglesia, nuestros amigos, nuestra familia que confía también en Jesús, nos van a ayudar a ver esas cosas. Y no tendríamos que alejarnos, sino acercarnos a esas personas que vienen y nos dicen: "Así vas a correr más rápido, porque Dios dice esto, esto y esto".
Corramos con paciencia la carrera puesta delante
Y luego, hasta ahora todo ha sido pasivo; ha sido como una descripción. Lo de la siguiente frase es, digamos, el primer imperativo, lo primero que nos dice Dios que debemos hacer. Dice: después de habernos despojado de todo, ahora sí, y del pecado que nos asedia, ahora sí: "corran con paciencia la carrera que tienen por delante". Y también, otra vez, al pasar rápidamente sobre este pasaje, uno dice: "Ah, claro, la carrera. Pues la vida cristiana es una carrera, y pues quién sabe cuánto dure. E igual Dios debería de apurarse un poco más, porque yo estoy muy cansado, o lo estoy pasando muy mal, y necesito que esté más claro", ¿no? Y necesitamos ciertas explicaciones a veces de parte de Dios.
Pero igual que en el tema del peso y del pecado que nos asedia, leer otras versiones, y leer un poco más sobre el contexto y la manera en la que está escrito este pasaje, nos ayuda a identificar una intención un poco más profunda en el texto, ¿no? Y aquí, cuando dice "la carrera que tenemos por delante", eso puede interpretarse como: me paro aquí, y hay una carrera, y de repente hay montañas, y no alcanzo a ver por allá, y quién sabe qué me va a tocar, ni qué obstáculos, ni qué enfermedades, ni qué pobreza, ni nada. Sin embargo, en su contexto original, cuando dice "la carrera que tenemos por delante", en realidad podría traducirse como "la carrera que fue puesta delante de nosotros". Es decir, hay alguien intencionalmente poniendo la carrera enfrente de nosotros. Eso quiere decir que hay alguien que tiene un propósito con esa carrera, alguien que conoce ese circuito. Por supuesto que es Dios, ¿no?
Y podemos decir que Dios mismo planeó, preparó y determinó el circuito: las subidas, las bajadas, los valles, las empinadas, el frío, la falta de oxígeno, los obstáculos, la enfermedad, la falta de trabajo, la pobreza. Todo eso, todo eso, hermanos, está planeado desde el principio. Desde el principio Dios ya había planeado todo esto. Y eso debería de darnos no solo gozo; nos debería dar tranquilidad que a quien importa que sepa hacia dónde vamos y cómo vamos a pasar por esas cosas, lo tiene muy claro. Nosotros podemos estar preguntándonos todo el tiempo: "¿Qué sigue? ¿Y ahora por qué? ¿Y por qué? ¿Y por qué? ¿Y por qué?". Y hay de dos, siempre, en esto: Dios nos puede explicar cosas para darnos paz, o vamos a vivir toda nuestra vida sin saber por qué pasamos estas cosas. Pero de algo sí podemos estar seguros, y debería animarnos: que Dios mismo preparó esta carrera, y Él no solo sabe dónde van a estar los obstáculos, sino que Él mismo nos va a dar la fortaleza, las herramientas y la fe para que lleguemos al final de esta carrera.
Puestos los ojos en Jesús
Y luego, después de correr esta carrera que tenemos por delante, dice: "puestos los ojos en Jesús". Y otra vez, tiene sentido en todo este contexto que estudiamos, y claro: hay una carrera en la fe cristiana. Entonces, en la fe cristiana, pues tiene todo el sentido del mundo que tengamos que poner nuestra fe en Dios. Y justamente aquí hay algo muy intencional de parte de quien escribió esta carta. No dice "puestos los ojos en Dios"; no dice "puestos los ojos en Cristo". Y aunque son, digamos, la misma persona, dice claramente: "puestos los ojos en Jesús". Y la intención del autor al decir "en Jesús", específicamente, es porque, si bien Jesús es Dios, Jesús fue hombre durante Su vida en esta tierra.
Entonces eso también es intencional, para decir: "Miren, ustedes ya tienen esta gran nube de testigos, estas personas que ustedes aprecian, y han visto cómo termina la carrera. Pero de repente es… qué bueno que tienen todas esas personas. Esas personas vivieron imperfectamente, y por gracia de Dios recibieron su justicia por parte de Dios a través de Jesucristo. Pero ahora vean a Jesús. Vean a Jesús". Jesús hombre, Jesús Dios, cumplió absolutamente todo lo que tenía que haber cumplido de manera perfecta. Y como hombre sufrió todo tipo de tentación, así que puede sentirse realmente como nosotros, y puede entender lo que estamos pasando, porque fue hombre y sufrió todas estas cosas. Y dice que sufrió todas estas cosas, pero sin pecado. Entonces ahí lo pone en otra categoría. Es: "Sí, vean a Jesús. Vean a Jesús, porque Él, como hombre, cumplió toda la carrera, la corrió de principio a fin, perfectamente obedeció al Padre, pero sin pecado. Entonces ya no vean a estas personas imperfectas. Véanlos como quienes tuvieron una gran fe en Dios, que los iba a redimir, pero no los vean como alguien a quien emular. Mejor vean a Jesús".
Fijar los ojos
Ahora, cuando habla de "puestos los ojos en Jesús", digamos que una expresión más certera sobre poner los ojos es "fijar los ojos". Y para fijar los ojos tenemos que hacer dos cosas. Uno, tenemos que dejar de mirar a donde estemos mirando, y tenemos que ver a Jesús. Y no podemos hacer dos cosas a la vez: no podemos mirar esto y mirar lo otro. Si realmente estamos fijando nuestra atención, tenemos que mirar a Jesús. De otra manera, cuando nos distraemos, es cuando nos cansamos en esta carrera. Es decir, vamos perfectamente, y decimos: "Claro, vamos a ver a Jesús", y entonces empezamos: venimos a la iglesia, leemos nuestra Biblia, nos ponemos a orar, platicamos con otros hermanos. Y de repente llega algo que nos mueve, ¿no? Y otra vez, sea una enfermedad, sea simplemente un poco de falta de fe, sea cansancio, sea falta de trabajo, sea orgullo, el nombre que ustedes le quieran poner, llega y entonces de repente es la tentación: "Voy a voltear, ahorita lo resuelvo rápido, y otra vez regreso con Jesús". Digo: "Al final, tengo que atender esto, porque si no, se me va a escapar", ¿no? Y no tenemos claro que, si ponemos los ojos en Jesús, todas estas cosas que nos están pasando no importan, y no valen nada comparadas con lo que Jesús promete, y lo que suframos. Porque el que pongamos nuestros ojos en Jesús no es una garantía de que no vamos a sufrir estas cosas. Estas cosas las vamos a sufrir de una manera u otra, porque Dios ha destinado desde antes de la fundación del mundo que pasemos por esas cosas. Entonces no deberíamos de estarnos preguntando: "¿Por qué estoy sufriendo esto? ¿Por qué estoy sufriendo lo otro?", o "¿Hasta cuándo, Señor?". Deberíamos de tener los ojos puestos en Jesús, con la confianza de que Él conoce el camino, Él ya recorrió la carrera, y que nos va a dar absolutamente todo lo que necesitamos para correr esta carrera, aun sobre estas cosas.
Jesús es el premio
¿Y por qué deberíamos de ver esto? Porque Jesús mismo no solo dejó un ejemplo perfecto de fe y de cómo vivir la vida cristiana: Jesús mismo es el galardón, es el premio. Y la verdad es que decían, mientras leía estas analogías: nadie que empieza una carrera dice: "Ah, voy a perder", o "No la voy a terminar". Supongo que uno se para enfrente y dice: "Ya entrené", o "Si no entrené, no importa; por puras ganas voy a terminar esta carrera". Pero si el premio no es suficientemente grande… Y voy a decir un ejemplo: si voy a una carrera de 5 km, y de verdad me van a dar un listoncito, pues a lo mejor digo: "No, no lo voy a correr. ¿Para qué? No, no es suficiente para que me duelan las piernas una semana, o que me duelan los talones, o que me lastime, o que quede en último lugar y esté avergonzado". Si voy a correr, es porque el premio que está al final es suficientemente poderoso para llamarme.
Y en este caso, en la carrera de la vida cristiana, Jesús es el galardón; es lo que vamos a ganar al final del camino. Y eso es lo que debería animarnos a seguir corriendo. Porque todo lo que pasa en esta vida, aun temporalmente —aunque nos parezca eterno—, una enfermedad o una falta de trabajo… cuando vemos que el premio sigue ahí, y tenemos fijos los ojos en el premio, vamos a correr, y correr, y correr hasta llegar.
El autor y consumador de la fe
¿Y por qué pondríamos los ojos en Jesús? Porque es el autor y consumador de nuestra fe. Y hay tres puntos que quiero mencionar respecto a eso. En principio, Jesús estableció el fundamento de nuestra fe de principio a fin; es decir, el autor y consumador. ¿Y cuál es el fundamento? El fundamento es: todos los hombres pecan contra Dios, todos los hombres están destituidos de la gloria de Dios; no hay justo, ni aun uno. Y el fundamento es: necesitábamos a alguien, un Salvador, un sacrificio, que realmente pusiera todo eso por debajo, y que todas esas personas pudiéramos ser reconciliadas por medio de ese sacrificio, planeado desde antes de la fundación del mundo. No era un plan B; no era un "híjole". Desde el… aquí dice: de principio a fin. Y es el autor y consumador de nuestra fe.
Tenemos que estar muy claros en la razón por la que Jesús vino a morir. Y la razón por la cual tal vez muchos se han preguntado: "¿Por qué, si Dios sabía que Adán y Eva iban a pecar, no lo detuvo antes?", y todo… Era porque, al entender todo este espectro desde la eternidad hasta la eternidad, Dios sabía que Su Hijo Jesucristo iba a recibir mucha más gloria a través de reconciliarnos por medio de ese sacrificio que si solo lo hubiera mantenido perfecto. Y ni siquiera sabemos; pero de lo único que estamos seguros es que no fue algo emergente, algo como lo que hacemos nosotros: estamos viendo a Jesús, y de repente volteamos y decimos: "Ay, voy a atender esto, y ahorita regreso a mi vida cristiana". Dios lo tenía claro desde el principio, y no dejó ese camino, por más difícil que era. Y aunque se lo expresó en el huerto de Getsemaní al Padre, al decirle: "Bueno, si puedo, pasar de mí esta copa, pero hágase Tu voluntad", Él siguió mirando el camino para consumar la carrera de la fe.
En segundo lugar, Jesús nos da el ejemplo perfecto de fe de principio a fin. Y esto lo mencioné anteriormente: Jesús, como hombre, no solo dijo: "Les voy a contar cómo se supone que ustedes deberían vivir su vida para ganarse el cielo". Jesús mismo dijo: "¿Saben qué? Yo necesito bajar a esta tierra y vivir una vida perfecta, para que ustedes simplemente no tengan pretexto. Ahí están mis pisadas; síganlas, como hombre". Entonces eso también debería animarnos. O sea, no solo Él preparó todo este terreno, con todos estos obstáculos, sino que además nos dijo: "Este es el camino, síganlo. Miren, solo me tienen que seguir; tienen que seguir todo este trazo que dejé, y van a llegar a donde tienen que llegar. Síganlo".
Y finalmente, Jesús ha preparado la victoria de la fe de principio a fin. Es decir, otra vez, no es un plan B, no es algo emergente. La historia está dada desde antes de que siquiera nosotros comencemos la vida cristiana. O sea, Dios ha determinado, a través de Jesucristo, que seamos reconciliados, y aquellos a quienes Él ha elegido para llegar al final de esta carrera tienen absolutamente asegurada una victoria. Y otra vez, no por lo que hacen, no por cuánto se esfuerzan, no por cuántos mandamientos pueden decir que cumplieron de la Palabra de Dios, o cuán justos o no se pueden sentir. Se trata completamente de lo que hizo Jesús de principio a fin.
Y podemos estar animados de saber que la carrera de la fe depende enteramente de Dios y no de nosotros. Porque, como dice Su Palabra, el que comenzó la buena obra la va a perfeccionar hasta el día de Jesucristo. O sea, no va a decir: "La voy a terminar aquí. Bueno, Dios ya se cansó, y fuimos muy malos". Que a veces también tomamos esa postura, y decimos: "No, es que yo creo que Dios ya se cansó de mí, porque pues no logro vivir de la manera en que…". Y otra vez, ahí lo que está pasando es que estamos dejando de mirar a Jesús, y empezamos a mirarnos a nosotros, y qué tan malos, o buenos, o justos nos creemos. Sino que lo que tenemos que hacer es saber que no depende absolutamente nada de nosotros, y que la victoria está asegurada en Jesús.
Por el gozo puesto delante de Él
¿Y después qué pasa con el autor y consumador de nuestra fe? Dice que "por el gozo puesto delante de él". Y ahora, cuando dice "puesto delante de él", es, digamos, la misma expresión, en su sentido original, que cuando decimos "la carrera que fue puesta delante de nosotros". Es decir, el gozo de Dios no fue algo que empezó a experimentar cuando llegó a esta tierra, y creció, y dijo: "Ay, bueno, pues sí, ya me estoy empezando a poner contento, porque voy a salvar a la humanidad". Desde la eternidad, el gozo que Cristo tenía sabiendo que en su momento, en la historia, Él iba a venir, e iba a rescatar y a reconciliar a todos, ese gozo estaba desde siempre. Y ese gozo va a estar hasta siempre, cuando subamos con Él, y nos encontremos con Él, y le glorifiquemos; y todos esos que Jesús había preparado, y por los cuales oró, y les dijo: "Estos que me has dado, y los que... no solo ellos, sino los que han de creer en mí por causa de... de tu nombre, esos van a estar conmigo", ¿no?
Y entonces eso, hermanos, debería de darnos otra vez ánimo: de pensar que Dios tenía y tiene gozo de saber que, a pesar de lo malos que somos, de los pésimos corredores de la carrera de la fe que somos, Él sigue gozoso, sabiendo que Él mismo va a garantizar esta victoria.
Y hay tres cosas, en sentido más general, por las cuales Jesús está gozoso. Uno es el gozo de glorificar al Padre en obediencia. Si Él nos iba a dejar ejemplo de obediencia, tendría que manifestar eso. Porque nosotros, como personas caídas, con esta naturaleza, muchas veces nos cuesta trabajo obedecer; cuando obedecemos, de verdad nos pesa. Y al menos a mí, cuando de repente hay cosas que no quiero hacer, digo: "Sé que esto agrada a Dios, pero es algo que, oh, me está costando; está yendo contra mí, contra mi propio corazón". Y obviamente el que está equivocado soy yo, no Dios. Pero Jesús quería mostrarnos que se puede encontrar gozo obedeciendo, porque estamos glorificando al Padre. Ese es el ejemplo que tendríamos que estar teniendo nosotros, en lugar de estar diciendo: "Híjole, cómo me cuesta obedecer. Ay, la verdad es que no me gusta esto que me está pidiendo Dios". No: gózate. Deberías de encontrar gozo. Y si no lo encontramos, mira a Jesús otra vez; pon los ojos en Jesús, y vas a ver que vas a encontrar gozo en lo que Dios te está pidiendo que hagas.
Después, el gozo de reconciliarnos para siempre. El hecho de saber que… y quiero que piensen en esto. Imagínense: nosotros sufrimos en un periodo de vida, desde que nacemos hasta que nos morimos. Y pueden ser… hay personas que mueren muy jóvenes; podemos decir 20 años, o 30 años; pueden ser 80, pueden ser 100, o pueden ser 12. Y vemos esta vida muchas veces como una carga. Y hay veces que tenemos más gozo y menos gozo, pero tendemos a considerar esta vida como algo enorme, y a veces casi inaguantable, y decimos: "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo? Porque de verdad ya no puedo más; ya vinieron demasiadas cosas a mi vida, y ya no puedo sostenerlas". Y eso pasa porque las queremos cargar nosotros. Pero está el hecho de que había un gozo que se había preparado Jesús: el de reconciliarnos; el de saber que, a pesar de todo esto, y desde la eternidad hasta la eternidad, Él iba a manifestar que, a pesar de las personas que somos, de cuántas veces lo ofendemos, si nosotros no solo creemos en Jesús, sino que mediante Su gracia han sido abiertos nuestros ojos y creemos en Su nombre, vamos a estar en esta reconciliación, sabiendo que vamos a alcanzar la victoria al final.
Y el gozo de mostrarnos cómo debemos correr esta carrera también. El hecho de saber —y se los decía hace unos minutos—, el hecho de dejarnos esas pisadas fue completamente intencional, y eso le daba gozo. O sea, yo, mientras estudiaba esto, pensaba y decía: "Híjole, ¿cuándo me voy a equivocar en la carrera de la vida cristiana?". Sé que si estoy poniendo atención en lo verdaderamente importante, si estoy viendo a Jesús, voy a ver Sus pisadas, y entonces no va a haber forma de que me equivoque; no va a haber forma de que yo me desvíe a la derecha o a la izquierda. Voy a ir a donde Dios quiere que vaya, y voy a correr la carrera que Dios ha preparado que yo corra, con todas las cosas que estén en medio y todos los obstáculos que estén en medio.
Sufrió la cruz
Y por este gozo que fue puesto delante de Él, dice que "sufrió la cruz, menospreciando el oprobio", que aquí puede ser "menospreciando el menosprecio". Y hay dos cosas aquí que son importantes, hermanos. Cuando dice que sufrió la cruz, es sufrir absolutamente toda la carga de todos los pecados del mundo encima de Él, toda la enfermedad. Y vemos ahí, en Isaías 53 —y no lo voy a leer, solo voy a tomar ciertas cosas—, dice que por Su llaga fuimos nosotros curados. Y hay una cosa que siempre resuena en mi mente, en mi corazón, que dice que el castigo de nuestra paz fue sobre Él. El hecho de pensar que, para que nosotros tuviéramos paz, todo ese castigo —o sea, el precio de que nosotros tuviéramos paz—, todo ese dolor, todo ese peso, toda esa molestia, tanto espiritual, mental y física, cayó sobre Él.
Entonces, ¿qué pasa cuando nosotros nos empeñamos en no tener paz, nos empeñamos en mirar todas estas horribles cosas que nos están pasando en la vida? Estamos menospreciando lo que Dios ya hizo a través de Jesucristo en la cruz del Calvario. Estamos diciendo: "Qué bueno que quisiste ganarme paz, pero de todas maneras yo quiero ganarme mi paz por mí mismo. Quiero arreglar esto, quiero arreglar lo otro, quiero entender por qué estoy enfermo o por qué no tengo trabajo. En el momento en que entienda, Jesús, te voy a seguir otra vez, pero ya entendí". Y así no funciona. O sea, el punto es que nosotros queremos ponernos a nivel de Dios y discutir como si nosotros supiéramos qué carrera debe correrse y cómo debe correrse, cuando es al revés: Jesús ya dejó todo este camino puesto.
Menospreciando el menosprecio
Y hay dos cosas cuando decimos que sufrió la cruz y menospreció el oprobio. Cuando decimos "menospreció el oprobio", es "menospreció el menosprecio". Es decir, a Jesús no le importó, aun siendo Dios —y lo dice Su Palabra: no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse—, y recibió insultos, y recibió burlas, y lo tentaron para decirle: "Ah, bueno, si Tú eres el Hijo de Dios, a ver, mira, ven, manda Tus ángeles, haz todo, y demuéstranos", ¿no? Y si bien Jesús podía haber hecho eso con los brazos cruzados, no lo hizo; Él aceptó.
Y ¿saben qué, hermanos? Esto nos debería de dar gozo. Porque no hay sufrimiento en esta vida, en los años que tengamos —y aun el dolor más profundo físicamente que podríamos tener—, que nunca va a ser mayor que el sufrimiento que experimentó Jesús. O sea, y de verdad, por más que leamos la Palabra, hay algo tan grande, tan inexplicable en lo que sufrió Jesús… Y lo podemos tratar de explicar, y seguramente a cierto nivel intelectual lo vamos a hacer. Pero el hecho de que el Padre y Jesús eran uno, y en un momento se rompe eso en la cruz, es algo que ni siquiera podemos entender, porque no tenemos ni siquiera esa relación con Dios. Entonces tenemos que aceptar que eso es seguramente inentendible para nosotros. Pero podemos gozarnos en saber que lo peor que le pudo pasar a un ser humano ya le pasó a Jesús, y lo hizo por amor de nosotros.
Y también, ningún menosprecio va a ser mayor al que experimentó Jesús. Y eso pasa mucho. O sea, así como pasaba con los hebreos, que había gente que los menospreciaba o los perseguía, hoy, de una u otra manera, sí, tal vez nos pesa que seamos un poco segregados, o que la gente se burle de nosotros, o que no podamos ser así, o que la gente nos diga payasos, o que nuestra familia nos abandone. Porque muchas veces nuestra familia también dice: "No, ah, no, tú ya estás muy clavado, y pues es tu camino, y este es el otro camino". Entonces también tenemos que gozarnos y animarnos, sabiendo que ningún menosprecio, nada de lo que cualquier persona de fuera nos pudiera hacer, se compara en absoluto, ni tantito, con lo que Jesús sufrió durante toda Su vida y en la cruz. Entonces eso debería de darnos también ánimo: saber que tenemos este ejemplo perfecto a seguir, sin ninguna adición, sin ninguna interpretación.
Sentado a la diestra del Padre
Y ahora, esto es muy importante: que está sentado a la diestra del Padre. Dice que, después de haber sufrido la cruz, menospreciando el oprobio, ahora está sentado a la diestra del Padre. Entonces algo que hay que entender es eso: que no es algo que Jesús ganó por esta vida perfecta; es algo que ya era Suyo. Lo único que hizo Jesús fue recobrar ese... y esa corona que dejó por un instante durante Su vida para enseñarnos cómo vivir y cómo correr. Sin embargo, Él recibió simplemente lo que ya era Suyo, que era esta gloria digna de Su nombre: el estar sentado junto a Su Padre, el volver a ser reconciliado. Y no solo se trata de eso. Es increíble: Dios podría pensar en sí mismo nada más, y eso sería perfecto, y sería glorioso, el que Él dijera: "Bueno, yo ya recuperé mi gloria, y ustedes hagan lo que tengan que hacer". Sin embargo, está el hecho de que Jesús no solo haya muerto e interpuesto Su vida para reconciliarnos con el Padre, sino que ahora, allá arriba, sentado a la diestra de Dios, hace cosas aún por nosotros.
Salvador, Rey y Sacerdote
Y decimos que es Salvador, porque por Su gracia nos puede redimir, nos puede reconciliar a pesar de nuestros pecados. Es Rey; es decir, como Rey es soberano de todo lo que pasa. Nada de lo que nosotros creamos que puede cambiar lo que Dios ha determinado no hace nada. Como Rey, Él es soberano de todas las naciones, de todas las guerras, de todas las situaciones. Puede ser que Dios no quiera que sucedan esas cosas, pero desde Su trono Él rige absolutamente todo, hermanos. Y eso debería darnos tranquilidad cuando vemos las noticias, cuando nos pasan cosas: saber que como Rey Él gobierna a todos, y nadie está por encima de Él.
Y finalmente, Él es Sacerdote. Todos estos hebreos a los que está escrita la carta de repente están extrañando todos estos rituales. Pero saber que todos estos sacrificios ya no eran necesarios, porque ya habían sido cumplidos en la vida, y en la muerte, y en la resurrección de Jesucristo, nos garantiza no solo que ya no tenemos que hacer más sacrificios: el sacrificio que tenía que ser hecho ya fue hecho, una sola vez y para siempre. Y como Sacerdote, hermanos —¿qué era lo que hacía el sacerdote?—, intercede. Y esto es algo que a mí me parece increíble: cuando nosotros ya no podemos correr, cuando estamos preocupados, cuando el pecado nos está venciendo, cuando queremos dejar y salirnos de la pista y decir "ya no quiero correr más", sabemos que tenemos a este Jesús que intercede por nosotros ante el Padre, y nos entrega Su justicia, y nos da tranquilidad, y nos vuelve a dar fuerza, y nos vuelve a dar ánimo.
Entonces eso debería de darnos toda la tranquilidad. El hecho de que esté allá arriba no significa que no nos está poniendo atención, sino que ahora tiene una razón y un poder, y toda Su justicia está sobre nosotros desde allá arriba. Y además, por último, esa victoria que tiene al llegar al trono de Dios, y junto al trono de Dios, y recibir esta gloria digna de Su nombre, es que nos garantiza un destino junto a Él. Y esto, otra vez, tiene sentido: todo lo que podamos vivir en esta vida, todo lo largo que nos pueda parecer, todo lo cansado que nos pueda parecer, va a tener un premio que no tiene comparación. Vamos a vivir y reinar junto a Cristo allá arriba, en la eternidad.
Entonces, 70 años, 80 años sufriendo, o teniendo una enfermedad terminal… Y sé que es algo que tal vez no he vivido en cuestión propia, y que puede ser tomado a la ligera. Pero quiero que pensemos que absolutamente todo lo que Dios podría poner delante de nosotros en esta carrera no se compara con la gloria que vamos a recibir en la eternidad junto a Cristo, viéndolo en Su trono, reinando y triunfando.
Considerad a aquel que sufrió
Y finalmente dice: "Consideren a aquel que sufrió contra sí mismo tal… perdón, tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar". Entonces, ya son más conclusiones, hermanos. La vida cristiana empieza, se corre y termina en Jesús. Es decir, no hay pasadizos, no hay atajos, no hay otro camino que no sea Jesús. Y así se empieza, así se corre y así se termina. No hay absolutamente ninguna desviación de la que digamos: "Ah, mira, si tomo esto, llego un poquito más adelante". Jamás. Solo vamos a seguir la vida y la carrera que Jesús ya determinó para nosotros desde la eternidad. La vamos a correr con paciencia, porque sabemos que Dios es quien sustenta esta misma carrera. Y la vamos a terminar, porque otros ya la terminaron —ya vimos ese ejemplo—, porque Jesús ya la terminó, y porque Jesús ha determinado también que nosotros la terminemos.
Y esta es una reflexión, hermanos: en medio de la tribulación, la enfermedad, la pérdida, la muerte, la falta de trabajo, toda la clave está en mirar a Jesús, en dejar de distraernos con todas estas cosas. Y sé, por experiencia propia también, que es muy fácil distraernos. Es muy fácil ver nuestra enfermedad, es muy fácil ver nuestra falta de dinero, es muy fácil ver nuestros conflictos familiares, y voltear ahí y decir: "Es que tengo que hacer algo, porque si no, parece que no estoy haciendo nada, y parezco un poco egoísta. Y veo los problemas del país, y veo los problemas del mundo, y no hago nada". Entonces a veces es mucha la tentación de querer arreglar esas cosas. Pero nada de lo que hagamos va a cambiar lo que Dios ya destinó que pase, y nada va a cambiar el hecho de que Dios ya tiene la victoria. Eso debería de darnos ánimo y tranquilizarnos cuando vemos todas estas cosas: Dios tiene absoluto control de lo que ha pasado, de lo que está pasando y de lo que va a pasar mañana y hasta la eternidad, hermanos.
Y finalmente: quien mira a Jesús jamás se va a cansar, porque su fuerza proviene de Él. Y otra vez, hermanos, hay varios ejemplos en la Palabra de Dios, en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento. Hay uno que me gusta mucho, que dice que los jóvenes corren y se caen, pero el que confía en el Señor tendrá nuevas fuerzas, y levantará alas como las águilas; dice: correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán. Entonces, si nuestros ojos están puestos en Jesús, y nuestra fuerza es Jesús, y confiamos en Su total soberanía sobre la carrera que tenemos por delante —la carrera que fue puesta delante de nosotros para fortalecernos, para que Él se lleve más gloria en nuestras propias vidas—, entonces no nos vamos a cansar, porque ni siquiera va a ser nuestra fuerza la que utilicemos para correr esta carrera; va a ser la fuerza ganada en la cruz del Calvario por Jesucristo.
La iglesia que persevera
Finalmente, hermanos, de un modo práctico, solo son unas expresiones. La iglesia que persevera, uno: se llena de ánimo sabiendo que otros han terminado ya la carrera. Y otra vez, estos héroes de la fe, y todas esas personas que vemos que han muerto, pero han sido fieles al Señor, y el Señor los ha mantenido firmes hasta el final, incluso en lo más complicado. Y vemos a estos misioneros, vemos a estos otros hermanos, a pastores, a predicadores, que han sufrido muchas peores cosas que nosotros, y han terminado la carrera por gracia del Señor.
La iglesia que persevera deja de jugar con los límites del pecado y se empeña en correr para Jesús. Otra vez, hermanos: este peso no nos va a dejar correr. Y podemos poner todos los pretextos, y podemos inteligentemente tratar de conectar todos los puntos que justifican las decisiones que tomamos, pero si no nos ayuda a correr para Jesús, no sirve para nada.
La iglesia que persevera mira a Jesús hacia atrás, hacia arriba y hacia adelante. Hacia atrás, a Su sacrificio en la cruz; hacia arriba, sabiendo que ahora Él está sentado en el trono de Dios; y hacia adelante, porque nos espera el galardón en la eternidad, donde vamos a poder glorificar, y cantar, y saber que todas estas luchas, todo este camino doloroso, ha valido la pena, hermanos. La iglesia que persevera no considera las aflicciones del tiempo presente, sino que se concentra en el galardón, y este galardón es Jesús.
Y finalmente, la iglesia que persevera corre la carrera de la fe pacientemente, vive para Cristo mientras tenga esta vida, y recibe finalmente su galardón. Y cuando hablo de este galardón, las promesas que están escritas para las iglesias de Apocalipsis nos pueden dar solo una idea pequeña de todo lo que vamos a recibir cuando terminemos esta carrera y estemos con Jesús.
Las promesas al que venciere
Y voy a leer, obviamente no todos los capítulos dos y tres, nada más estas promesas que vemos cuando recibimos este galardón. Primera, dice: "Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios". Entonces tenemos el paraíso de Dios: vamos a estar en el paraíso de Dios. "El que venciere no sufrirá daño de la segunda muerte". Hemos sido redimidos y comprados por la sangre de Jesús para pasar toda nuestra eternidad junto a Él. "Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y la piedrecita blanca escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe". Vamos a estar con Él, y va a dar una relación tan personal, en la que todo va a ser nuevo: nuestro cuerpo; no va a haber más afecciones, más tristeza, más dolor. Y vamos a estar con Él, y nos va a dar este nombre, y lo vamos a ver, y vamos a ver toda Su gloria.
"Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana". La estrella de la mañana: nos va a dar a Jesús, por fin, de esta manera completa, entera. Ya sin verlo a la luz, y a través un poco de esta vista escondida: lo vamos a ver completamente, tal cual es. "El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles".
Piensen esto, hermanos: ¿quiénes somos? Estas personas que vemos en Hebreos 11, una lista de personas que han sido escritas para que nosotros las conozcamos, y delante de Dios han sido reconocidas como personas de fe… Pero el que diga aquí Jesús que Él va a confesar nuestro nombre delante de Su Padre… creo que pensemos en eso, hermanos. O sea, va a usar nuestro nombre, y lo va a confesar delante del Padre, y nos va a presentar perfectos delante de Él.
Finalmente dice: "Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo". Finalmente, hablando mucho de este pasaje, dice: "Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono". Hermanos, no solo nos va a llevar al cielo: nos va a sentar junto a Él, en Su trono, ese trono que ganó a través de Su sacrificio, a través de esta vida perfecta, de esta carrera completa.
Conclusión
Así que, si estas cosas, estas promesas, hermanos, no son suficientemente poderosas para que nosotros empecemos, corramos, retomemos la carrera que ha sido puesta delante de nosotros, entonces pidamos a Dios, por gracia, que Él abra nuestros ojos y nos haga entender el valor eterno que tiene el hecho de vivir esta vida como debe vivirse, en el nombre de Jesús.
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