Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Mateo 7:7-12MateoArturo Ferreiro

Obteniendo lo que necesitamos de un Padre bueno

Transcripción

Lectura y oración

Buenos días, hermanos. Por favor, acompáñenme a Mateo, capítulo 7. Es correcto lo que dijo Roberto: que el Señor está dando sus últimas palabras del sermón. Y vamos a leer desde el verso 7 al verso 12. Dice así el Señor: "Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo aquel que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá. ¿O qué hombre hay entre ustedes que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden? Por eso, todo cuanto quieran que los hombres les hagan, así también hagan ustedes con ellos, porque esta es la ley y los profetas".

Oremos. Padre amado, qué privilegio es tu Palabra, Señor; qué privilegio es escuchar tu voz, Señor, que nos da tus mandatos claros, directos, pero a la vez nos da el poder para cumplirlos. Señor, manda lo que quieras en este día, Señor, a tu iglesia, pero también concédenos, Señor, aquello que mandas. Señor, llena de tu Espíritu a mis hermanos, lléname a mí de tu Espíritu. Tú haces la boca, Señor; que tú hables, Señor, en este día, Señor, para la gloria y honra de tu nombre, Señor. En Cristo Jesús, amén.

Si hubiera podido ver la costa

Florence Chadwick, no sé si has escuchado de ella. Es conocida por nadar grandes distancias en mar abierto; ella me parece que ya falleció. Pero fue la primera mujer en nadar a través del canal de la Mancha, que separa el noreste de Francia de la isla de Gran Bretaña. La distancia, imagínate: son 560 km de nado libre, y hizo el recorrido de ida y de vuelta. Ella intentó también ser la primera mujer en nadar desde la isla Santa Catalina hasta la costa de California; esa es una distancia de 35 km aproximadamente. Pero en esa ella no llegó.

Esa mañana de 1957 el mar era un baño helado. La niebla era tan densa que Florence difícilmente podía ver las naves que la apoyaban, que la acompañaban. También la rodeaban tiburones, que eran solamente espantados por disparos de escopeta. Y mientras los espectadores veían por televisión su hazaña, y le decían que no se diera por vencida y que le faltaba poco para llegar a la meta, ella solo podía ver la niebla, la dificultad y el peligro. Y decidió, por primera vez en su vida, abandonar la travesía, a menos de 1 kilómetro de distancia de llegar a la meta, a la costa.

Un reportero la entrevistó recién salida del agua; todavía su cuerpo se estaba descongelando. Y ella le dijo al reportero: "Si hubiera podido ver la costa, habría logrado llegar". Si hubiera podido ver la costa, habría logrado llegar. Bueno, ella lo intentó en una segunda ocasión, dos meses después, con una imagen mental clara de la costa, y terminó la travesía con éxito.

Y, similar a nuestra experiencia, a la experiencia de esta nadadora, nosotros no podemos alcanzar la justicia que Dios demanda de nosotros si no tenemos una visión clara de quién es Dios y cómo Él nos provee lo que necesitamos. Así que el título de mi mensaje es "Obteniendo lo que necesitamos de un Padre bueno". Obteniendo lo que necesitamos de un Padre bueno.

Y voy a tocar tres puntos. Mi primer punto es: pidiendo, buscando y llamando con fe. Pidiendo, buscando, llamando con fe. Mi segundo punto es: recibiendo de un Padre bueno. Recibiendo de un Padre bueno. Y mi tercer punto es: llenos para dar. Llenos para dar. Podríamos resumir estos tres puntos en: pidiendo, recibiendo y dando. Pidiendo, recibiendo y dando.

Pidiendo, buscando y llamando con fe

Entonces, vamos a mi primer punto. Me gustaría que leyéramos de nuevo el verso 7: "Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá". Pidiendo, y buscando, y llamando con fe. Se nos llama a pedir, a buscar, a llamar. Pero ¿pedir qué? ¿Buscar qué? ¿Llamar qué? En el verso 11 se nos da una pista, porque ahí menciona acerca de las buenas dádivas, de cosas buenas. Pero eso es muy general, y puedo decir… puedo pedir…

La pregunta es: ¿podemos pedir en oración cualquier cosa que consideramos buena? "Señor, te pido que me des ese trabajo; es bueno para mí". "Te pido que me des esa casa para hacerme de un patrimonio". "Señor, te pido que me concedas ese carro". O quizás una legítima necesidad de pedir sanidad por mi enfermedad, o la de un ser querido. No estoy diciendo que eso es malo necesariamente, pero mi pregunta va relacionada con el texto aquí: ¿qué podemos pedir? ¿Qué debemos pedir? ¿Esto es una invitación en particular a pedir, buscar y llamar por cualquier cosa que nosotros necesitemos? ¿Esto es un cheque en blanco, en el cual el Señor me da, y yo tengo que poner ahí lo que quiero, y me lo dará, porque eso promete el texto?

Pedir en el nombre de Jesús

En primer lugar, me gustaría recordarte Juan 16, verso 24. Dice así el Señor: "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido". Esto de pedir en el nombre de Jesús no es una fórmula mágica que ponemos al final de nuestras oraciones, y Dios está obligado a cumplir lo que le pedimos. No. Lo que está diciendo aquí el Señor es similar, por ejemplo, a un embajador que habla y actúa en el nombre de su nación: lo hace motivado no por intereses personales, no conforme a sus propios deseos, sino que él representa los intereses y valores de su país. Su voluntad y sus deseos, por decirlo de alguna manera, están moldeados por los deseos y los intereses y la voluntad de su nación.

De la misma manera, cuando nosotros oramos y decimos al final de nuestras oraciones "en el nombre de Jesús", representamos en nuestra oración sus intereses y su voluntad; su voluntad moldea nuestros deseos. Entonces, cuando pedimos en el nombre de Jesús, es como decir: "Padre, oro por esto, que es lo que Jesús ha obtenido para mí". "Padre, oro por esto, que es lo que Jesús me ha mandado hacer". "Padre, oro por esto, que es lo que Jesús quiere para mi vida".

La línea de pensamiento del sermón

En segundo lugar, para poder entender qué y cómo debemos pedir en nuestro contexto, en el contexto de Mateo, debemos entender primero la línea de pensamiento que el Señor está argumentando aquí, lo que hay detrás del texto de "pide y se te dará". Jesús ya viene dando todo un sermón, y no hay que olvidar eso. Entonces necesitamos recordar algunas cosas importantes, y aquí voy a hacer una especie de resumen para que esté en nuestra mente lo que el Señor ha enseñado.

Bueno, primeramente, tenemos que entender que Jesús está subiendo un monte con sus discípulos. En un sentido, está dejando lo terrenal para aproximarse a lo sublime, y asciende a un monte para dar su enseñanza más elevada. Y podemos hacer un contraste con Moisés: Moisés sube al Sinaí para recibir la ley de Dios, y luego él baja del monte para darla al pueblo. Pero aquí hay una diferencia: Jesús está subiendo al monte para llevar con Él a sus discípulos a las alturas de una vida superior, y les da su ley. De hecho, Él viene dando el verdadero sentido de la ley de Dios en el capítulo 5. De hecho, uno de los pasajes más importantes e introductorios de su discurso es el siguiente: Mateo 5:17. Acompáñame ahí para recordarlo. El Señor dice: "No piensen que he venido para poner fin a la ley y a los profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir. Porque en verdad les digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni una letra más pequeña ni una tilde de la ley, hasta que toda se cumpla. Cualquiera, pues, que anule uno solo de estos mandamientos, aun de los más pequeños, y así lo enseñe a otro, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos; pero cualquiera que los guarde y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos. Porque les digo a ustedes que si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos".

Una justicia superior

Y luego dice que Jesús exhorta a sus discípulos a tener una justicia superior, expresada a través de los mandamientos. Empieza a dar el verdadero sentido de la ley en el capítulo 5, que ya lo hemos visto. Desde el verso 21 habla de enojarse contra su hermano: llamarle tonto es como asesinarlo en el corazón. Eso en referencia a la ley "no matarás": el verdadero sentido de la ley "no matarás". Desde el verso 27: mirar a alguien para codiciarla en el corazón es adulterio, en referencia al mandamiento "no cometerás adulterio".

En el verso 33 nos habla de la integridad en nuestro hablar: que nuestro sí sea sí, nuestro no sea no, contrario a hacer juramentos a la ligera; y posiblemente en referencia al mandamiento "no darás falso testimonio contra tu prójimo". En el verso 38 Jesús dice… pensar en la justicia expresada a través del "ojo por ojo, diente por diente": en el contexto de cuando nos hacen mal a nosotros, deberíamos buscar el bien de aquel que nos hace mal. Chuchín lo dijo esta mañana: hacerles bien a nuestros enemigos, amarlos de una manera práctica. Porque Jesús está siendo muy práctico ahí; no es nada más conceptual lo que Jesús está enseñando, Jesús lo está haciendo práctico en el Sermón del Monte.

Entonces, esta es una vida superior, una justicia superior, de los que pertenecen al reino de Dios. Y por si fuera poco, al final de su exposición de la esencia de la ley, Él concluye en el verso 48: "Por tanto, sean ustedes perfectos, como su Padre celestial es perfecto". ¿Te imaginas estando ahí, escuchando esos mandamientos altos, sublimes, y que Jesús culmine diciendo: "Sé perfecto"?

En el capítulo 6 da una serie de cosas a cuidar a la hora de practicar nuestra justicia. En el verso 1, desde el verso 1, nos llama a cuidarnos de no presumir nuestra justicia buscando la alabanza de los hombres, o presumir de nuestra espiritualidad; ahí habla del ayuno, por ejemplo. Desde el verso 19 del capítulo 6 nos llama a no preocuparnos por las cosas terrenales, aun de las cosas más básicas de la vida, como la comida y el vestido, sino que más bien deberíamos buscar en primer lugar los tesoros del cielo, con intensidad: la expansión del reino de Dios y la justicia de su reino, que a mi parecer es el tema dominante del sermón, la justicia de su reino.

En el capítulo 7, como vimos hace ocho días, Jesús llama a sus discípulos a no juzgar al hermano con un juicio hipócrita, juicio con el cual nos condenamos a nosotros mismos, sino más bien a juzgar con juicios justos, misericordiosos y sabios. Así que mi punto hasta aquí es que Jesús está expresando cuál debe ser la justicia superior y práctica de aquellos que dicen ser parte del reino de Dios; justicia sin la cual nadie entrará en el reino de los cielos. ¿Cómo te sientes respecto a eso?

Y quiero aclarar aquí algo: nosotros creemos que la salvación es por gracia, ¿verdad?, solamente a través de la fe; no por obras, no por obras. Yo creo eso; el Señor Jesús enseña eso. Pero aquí lo que hay que entender es que la fe, aunque no es por obras, es para obras: produce obras. La verdadera fe transforma nuestras vidas. ¿Te parecen estos mandamientos difíciles de alcanzar, tal vez imposibles? De hecho, muchos que han estudiado el Sermón del Monte ven esto como algo imposible, si realmente estás poniendo atención. Mi pregunta es: ¿esta justicia es tuya? ¿Puedes decir que la tienes? Sé sincero contigo mismo.

Realista sobre nuestra necesidad

No solo Jesús nos habla de las alturas de una vida de justicia superior; también en este sermón Él es profundamente realista de nuestra debilidad y de nuestra necesidad. Eso está expresado desde el principio, en las bienaventuranzas: "Bienaventurados los pobres en espíritu", "bienaventurados los que lloran", "bienaventurados los humildes", "bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia", "bienaventurados los de limpio corazón". Cinco de las nueve bienaventuranzas hablan de nuestra debilidad y de nuestra necesidad.

Por estas debilidades el Señor está enseñando cuál es la característica de los que están en el reino de Dios. Estas debilidades no son motivo de tristeza en el sermón; son motivo de esperanza. Son, de hecho, las características de los que pertenecen a este reino de los cielos; son parte del reino. Ellos son bienaventurados, porque dice ahí que serán consolados y saciados. También esta debilidad y necesidad se expresa, por ejemplo, en el capítulo 6, cuando Jesús da la oración modelo del Padre Nuestro: "Perdónanos nuestras deudas". ¿Qué está implícito ahí? Imperfección, pecado. "Y no nos dejes caer en tentación, líbranos del mal". ¿Qué está implícito ahí? Debilidad, dependencia de Dios.

Entonces, ante la realidad de la vida de justicia superior que el Señor demanda de nosotros, y ante la realidad de nuestra debilidad y necesidad, debemos buscar al Señor. Y también, ante esta realidad, podemos entender mejor lo que Jesús nos está enseñando aquí en nuestro texto del día de hoy: "Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá". Y esto está en forma de mandatos, imperativos: llama, busca, pide.

Pide que Dios te dé lo que demanda de ti

Debemos pedir a nuestro Dios aquello que el Señor quiere para nosotros en el contexto de esta vida superior de justicia, y que aún no es una realidad en nosotros. ¿No puedes amar a tu esposa, esposo? Pide. ¿No puedes hacer el bien al que te hace mal? Pide. ¿No puedes perdonar? Pide. ¿No puedes pensar bien del hermano? Pide. ¿No puedes cumplir lo que prometes? Pide. ¿No puedes dejar de buscar tu gloria, manchando así las obras de justicia? Pide. ¿No puedes poner la mira en las cosas de arriba, y te preocupa solo lo temporal, lo terrenal? Pide. Pide que Dios te dé aquello que Él demanda de ti. Esa es la invitación del Señor Jesús.

"Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre", dice Jesús; "pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo". Pero aquí, en las palabras de Jesús, hay una intensidad que va aumentando, porque pedir es solo el primer nivel; hay una escalada de acciones. Pedir implica hacer una solicitud, y es algo pasivo. Buscar ya requiere un esfuerzo más activo. ¿Quieres la justicia de Dios? ¿Quieres las realidades del reino en tu vida? Debes pedirlas; pero no solo es pedirlas, sino desearlas.

El tercer nivel es llamar. Si buscar requiere un esfuerzo activo, llamar es una interacción aún más directa e intensa. La idea es un clamor persistente, aquí en el texto, para llamar la atención, como alguien que está a la puerta y toca, y toca, y llama, y clama para que le hagan caso. Es algo perseverante; no es mera superficialidad: "Señor, haz tu voluntad en mi vida, amén". Es: "Señor, necesito, Señor, tengo hambre, tengo sed; no de pan, no de agua, no de bienes materiales, ni siquiera de sanidad física, sino de sanidad espiritual. Necesito tu justicia, anhelo esa justicia que cumple tu ley, y que lo hace sin hipocresía. Señor, concédeme, Señor, dámela; clamo por ella, incluso derramando lágrimas si es necesario". ¿No es esta la actitud que expresan las bienaventuranzas? "Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación". "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados".

Si uno realmente está buscando algo, deja a un lado todo lo demás, se olvida de otras cosas, y se concentra con el único objetivo de conseguir aquello que está buscando, sin prestar atención a las circunstancias alrededor, incluso sin poner atención a sí mismo, solo con la mira en lo que quiere obtener. No te conformes con menos, hermano, hermana. Y si el contenido de tus oraciones solo es pedir aquello que tu mente carnal y tu corazón malvado desea, estás desperdiciando lo que el Señor te quiere dar a través del medio de la oración.

Dice Santiago 4:3: "No tienen, porque no piden". Pero ahí no se queda; dice: "Piden, y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en sus placeres". Si oramos de acuerdo a su voluntad y no recibimos aún lo que le pedimos, no es que Dios no esté escuchando; es que Dios quiere producir algo en nosotros antes de darnos aquello que Él quiere darnos. De hecho, a veces Dios quiere producir paciencia. Pero a veces también… imagínate si Dios te diera algo tan valioso, tan grande, simplemente por pedirlo superficialmente: tú no lo apreciarías como deberías apreciarlo.

Tampoco debemos pensar que el clamor al llamar es para que Dios nos haga caso, como si estuviese haciendo otras cosas, tiene tantas personas a quien atender, y yo estoy ahí tocando la puerta: "Señor, hazme caso, por favor, voltea a verme". Más bien, la pregunta es: ¿estás tú convencido de que Él puede dártelo? Sin fe no podemos obtener lo que Él nos ha prometido. Lo dice Hebreos, capítulo 11, verso 6. Dice: "Sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que da recompensa a los que le buscan".

Una búsqueda con promesa

La motivación para pedir, buscar y llamar no se encuentra en nosotros mismos, ni en nuestra fuerza de voluntad. Alcanzar aquello que pedimos no se basa en una intensa búsqueda de nuestra parte. Dice Jesús: "Pidan", pero nos da una promesa: "se les dará". Dice: "Busquen", y nos da una promesa: "hallarán". Se nos dice: "Llamen", y se nos da una promesa: "se les abrirá". El verso 8 es bastante redundante al verso 7, pero es para enfatizar lo que se está enseñando aquí. Dice así: "Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá". Todo aquel.

George Mallory quería ser el primer hombre en alcanzar la cima del monte Everest; lo intentó tres veces. En una entrevista se le preguntó por qué quería llegar a la cima del Everest, y él simplemente respondió: "Porque está allí". Él no tenía certeza de poder llegar a la cumbre, y su fuerza de voluntad era su única motivación. En su tercer intento él nunca regresó. Encontraron su cuerpo, y el de su compañero, décadas después, preservados por la nieve, a unos cuantos cientos de metros de la cima. Nadie sabe si lograron llegar o no.

Contrario a este hombre, que no tenía ninguna certeza de llegar a la cima más allá de su fuerza de voluntad, el Señor te está dando a ti una promesa; te está diciendo que es segura tu búsqueda. Imagínate que alguien llega aquí a nuestra iglesia con un detector de metal sofisticado, y nos dice: "Estoy seguro que debajo de este lugar hay mucho oro enterrado, y hay tanto que es suficiente para todos". ¿Qué haríamos? Cavaríamos y cavaríamos hasta encontrarlo. Pero no harías lo mismo si no tuvieras la certeza de encontrarlo, ¿verdad? Pues eso es lo que está diciendo aquí el Señor: hay un tesoro espiritual disponible para ti. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a pedir?

Aquellos que suben al monte con Él, dependiendo de Él, de manera segura y de manera exitosa llegarán a las alturas. Y escucha: el que intenta subir en sus fuerzas terminará en fracaso y muerte. No importa quién seas, no importa cuántas veces lo hayas intentado: Jesús te da la seguridad de que si pides, buscas y llamas, ciertamente recibirás, hallarás, y se te abrirá. ¿Crees en esto? La fe verdadera obra; la fe verdadera ora, persiste en aquello que te es prometido, y lo alcanzarás. Esto es un gran incentivo para nosotros. Esto está tan cerca de nosotros, pero a la vez tan lejos, porque no lo deseamos como debemos, porque no tenemos fe.

Recibiendo de un Padre bueno

No solamente se nos da una promesa segura como incentivo de nuestra búsqueda, sino que también Jesús fundamenta el hecho de obtener aquello que pedimos en el carácter de Dios el Padre. Y este es mi segundo punto: recibiendo de nuestro buen Padre. Recibiendo de nuestro buen Padre. Dice el verso 9: "¿O qué hombre hay entre ustedes que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?".

Y Jesús está haciendo un contraste aquí; pone en nuestras mentes la imagen de un padre terrenal. Y la naturaleza del padre es proveer para los suyos: cuando su hijo viene a él y le pide de comer, él hará todo lo que tiene en sus manos para darle a su hijo alimento, el alimento que necesita. ¿Hay algunos de ustedes que harían esto con sus hijos: darle una piedra en lugar de un pan, o una serpiente para que lo muerda en lugar de un pescado? Y debemos preguntarnos: ¿quién puso esa preocupación natural en un padre terrenal por sus hijos? Porque esto es común a todos los hombres. Pero ¿quién puso esa preocupación en nosotros?

Dice la Escritura en el Salmo 24:1: "Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y los que en él habitan". Dios da lo que es suyo a sus criaturas, de modo que es del Señor de donde vienen estas cosas buenas; es del Señor la intención natural del padre terrenal de hacer bien a sus hijos, de proveerles. Pero además hay una pregunta retórica aquí, en el verso 11, para que reflexionemos: ¿cuánto más su Padre que está en los cielos, y que proveyó al hombre natural de esos afectos, dará cosas buenas a los que le piden?

Todos los hombres, tú y yo, siendo malos —porque aquí lo dice el Señor—, sabemos cómo dar cosas buenas a nuestros hijos; eso es dado por Dios. ¿Cuánto más el Padre celestial, que es perfectamente bueno, dará cosas buenas a los que se lo piden? Jesús está apelando aquí al carácter de Dios, y si no tenemos claro el carácter de Dios, no se va a entender el punto. La bondad de Dios es superior a la de cualquier ser humano. Dice Santiago 1:17: "Toda buena dádiva, todo don perfecto desciende de lo alto —todo don perfecto, toda buena dádiva—, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación". Todo lo bueno, todo don perfecto, viene de arriba; viene del Padre.

No es que Dios es ocasionalmente bueno con sus criaturas; es que toda bondad viene de Él.

En el Padre no hay mudanza

En segundo lugar, nos está diciendo que en el Padre no hay cambio. Y esto es muy importante, muy importante: que Él siempre es bueno y dadivoso. Decía el pastor Miguel Núñez que Jesús no sabe hacer otra cosa sino dar bendiciones. Cuando dice que en Dios no hay mudanza, ahí habla de un Dios que no cambia, que Él es inmutable. No amanece un día feliz y otro día molesto; no hay cambios en su estado de ánimo, porque Él no es un ser pasional como nosotros. Él es el mismo hoy, ayer y por los siglos.

Dios habla de su propio carácter, por ejemplo, en Malaquías 3:6. Vea lo que dice; vayan ahí a Malaquías 3:6, por favor, hermanos. Mira qué hermoso el carácter de nuestro Dios. Malaquías 3:6 dice: "Porque yo, el Señor, no cambio; por eso ustedes, hijos de Jacob, no han sido consumidos. Desde los días de sus padres se han apartado de mis estatutos y no los han guardado". Pero "yo no cambio": "Vuelvan a mí, y yo me volveré a ustedes".

En este pasaje el Señor le muestra a su pueblo Israel que no han sido consumidos, y la razón de eso es que Él no cambia, porque su propósito sigue siendo hacer el bien a sus criaturas, a su pueblo. Es decir, su carácter no es de un Dios que busca la destrucción y el mal de sus criaturas, sino lo contrario: Él busca el bien de ellas. Él nunca ha cambiado en su ser y nunca cambiará. De hecho, si pudiera cambiar de pensamiento, o arrepentirse, Él no sería perfecto, porque todo cambio implica moverse para algo mejor o para algo peor. Pero Dios es perfecto, y Él no cambia, Él no se arrepiente. Dios no está siendo perfeccionado, no está siendo mejorado; Él es perfecto, y por tanto inmutable.

Y esto quiere decir que si Él no cambia, su voluntad queda también sin cambiar. Y es precisamente esta inmutabilidad de su voluntad el fundamento de nuestra fe, hermanos, y nuestra esperanza. Él es la roca que nos asegura aquello que nos promete: si Él prometió, Él va a cumplir; lo dijo el hermano Wilfredo en la mañana. Escucha, hermano, hermana: Él es siempre bueno, siempre dispuesto a hacerte bien, porque Él no cambia, porque esa es su naturaleza. Ni siquiera en medio de tus muchas ofensas y pecados Él se mueve un milímetro de su posición de hacerte bien.

Si vuelves a Él y le pides con fe, apelando a su carácter, que es siempre dadivoso y bueno; si confías en que Él tiene la disposición de darte lo que necesitas, como el Padre perfecto que Él es, Él te lo dará, aun desde ese lugar lejos de Dios y apartado de su voluntad. El Señor le dice a su pueblo en Deuteronomio 4: "Pero desde allí buscarás al Señor tu Dios, y lo hallarás, si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. En los postreros días, cuando estés angustiado y todas estas cosas te sobrevengan, volverás al Señor tu Dios y escucharás su voz. Pues el Señor tu Dios es Dios compasivo; no te abandonará, ni te destruirá, ni olvidará el pacto que Él juró a tus padres".

Así que no hagas caso de nada. No importa lo lejos que estés: persigue aquello que se te ha prometido. No mires a tus pecados, no mires a tu debilidad; mira a Aquel que ha prometido, que está dispuesto a hacerte bien; mira a Aquel que no tiene mudanza ni sombra de variación, y vuélvete a Él en arrepentimiento, en fe, porque Él ha prometido darte vida, y vida en abundancia. Dios no te va a engañar dándote una cosa en lugar de otra. A lo mejor tu padre terrenal lo hizo, pero Dios no lo hará: "¿Cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?".

El Espíritu Santo a los que se lo piden

Me encanta, porque Lucas, relatando el mismo discurso, dice: "¿Cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?". Y es que, en el contexto de la búsqueda de una justicia superior del reino, es el Espíritu Santo el que nos imparte poder para andar en sus estatutos, para guardar sus preceptos y ponerlos por obra. No hay otra manera de poder hacerlo sino siendo llenos del Espíritu de Dios. Esas cosas buenas que el Padre está dispuesto a dar son el fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Y aquí me gustaría mencionar rápidamente una aplicación práctica: ¿cómo exhortamos nosotros a otros a orar? ¿Simplemente les decimos: "Tienes que orar más, tienes que orar sin cesar", como una especie de cliché? ¿O apuntamos a la falta de justicia en los demás, diciéndoles: "Te falta orar más"? Más bien, apelamos y exhortamos a otros a orar porque Dios es bondadoso y generoso, porque Él está dispuesto a darnos cosas buenas.

Y esto debe ser más como la jovencita del pueblo de Israel que era esclava en Siria. Era sirvienta de la mujer de Naamán, ¿se acuerdan?, el sirio. Y Naamán era un hombre con lepra, y esta jovencita le dice a su señor, a Naamán: "¡Oh, si supieras que hay un Dios y un profeta en Israel! Si estuvieras con él, él te sanaría". ¿Cómo aconsejamos a otros en la oración? ¿Apelamos a sus esfuerzos, apelamos a su fuerza de voluntad, o apelamos a Dios, que es grande, que es poderoso, que es sanador, que es libertador? Dice el Salmo 34:8: "Prueben y vean que el Señor es bueno". Es una invitación: prueba y ve que el Señor es bueno. En otras palabras, saborea la dulzura de su bondad.

Llenos para dar

Hasta aquí espero que haya quedado claro para nosotros cómo, ante la altura de este monte —es decir, la vida de justicia superior, que es la justicia del reino que Dios demanda a sus discípulos—, tú no eres suficiente para esto, ni yo soy suficiente para esto. Pero Dios está dispuesto a dar lo que necesitas; Dios da a manos llenas. Y una vez que estemos llenos, estamos listos para cumplir con esta justicia. Leamos el verso 12: "Por esto…", "por eso" —fíjate que esa es la conclusión de lo que el Señor está diciendo aquí—, "por eso, todo cuanto quieran que los hombres les hagan, y también hagan ustedes con ellos, porque esta es la ley y los profetas".

Y esto que está aquí es revolucionario en el contexto de las relaciones sociales y religiosas de los tiempos de Jesús, pero también de nuestros tiempos. ¿Por qué? Porque nuestro tiempo se basa en esta idea del quid pro quo, o algo a cambio de algo. Y la sociedad nos dice: "¿Qué gano yo en esta relación?". Tiene en la mente el ganar-ganar, que es un término común en los negocios: pues no se hace algo a menos que se reciba algo a cambio, ¿verdad? Y aquí Jesús está siendo radical en su pensamiento; eso hay que entenderlo.

El principio de la justicia del reino no es: "¿Qué tienes tú a cambio de darme a mí, por el bien que pienso hacerte?". Ese no es el principio. No es reciprocidad; no se trata del fifty-fifty, 50-50, como comúnmente algunos matrimonios dicen: "No, él da el 50 y yo el 50, y estamos bien". No. Lo que Jesús está enseñando aquí es que la justicia de los que pertenecen al reino no depende de esperar algo a cambio para dar. Es decir, esto es actuar por el puro deseo de hacer el bien, como el Padre lo ha hecho con nosotros. El parámetro aquí es hacer a otros lo que quisiéramos que hagan a nosotros. Y fíjate que no está diciendo aquí: "hasta que sepas que te van a responder con el mismo bien, entonces hazlo tú con ellos". No, sino que simplemente dice: haz el bien que te gustaría a ti recibir de otros, sin que necesariamente se te regrese de vuelta, sin esperar algo a cambio. ¿Y cómo podemos cumplir con esta regla de manera práctica? Como ya dijimos anteriormente, es necesario recibir del Padre bueno aquello que necesitamos. No puedes dar lo que no tienes. Así que primero debes recibir la bondad, probar la benignidad del Señor en tu propia vida, el amor de Dios en tu vida.

No puedes amar a tu enemigo, no puedes perdonar a aquel que te hizo daño, no puedes perdonar a tu padre que abusó de ti, no puedes orar por aquel que te hace mal, no puedes perdonar a aquella iglesia que te hirió, excepto si tú has sido perdonado, y si tú has sido amado, y si has saboreado su bondad. Si obtenemos lo que necesitamos del Padre, entonces estaremos llenos para dar. Y aquí es donde yo doy el 100, no el 50, sin esperar a cambio. Aquí es donde yo pierdo lo mío para bendecir al otro. Aquí es donde yo amo, aunque sea amado menos.

¿Entiendes? Deja de llevar esa carga pesada de "tengo que amar porque soy un cristiano". No: tú tienes que amar porque has probado y has visto la bondad de Dios en tu vida. Solo cuando somos un vaso que obtiene su llenura de Dios puedes verter esa vida hacia afuera, hacia otros, con buenas cosas; después de que Dios haya pasado, como lo hace con Moisés en el monte Sinaí, después de que Él pasa toda su bondad delante de él. No puedes ser un esposo, hijo, padre, predicador, maestro amoroso de la manera que quieres, hasta que no experimentes primero el amor de Dios en tu vida.

Un parámetro humano

Ahora, fíjate que aquí en nuestro texto no dice "todas las cosas que quieras que Dios…". Más bien, no dice: "todas las cosas que quieras que Dios haga por ti, hazlas a otros", porque el Señor sabe que no somos Dios, sino hombres, ¿verdad? Y lo que sí dice es: "todo lo que quieres que los hombres hagan contigo, haz con ellos". Aquí Agustín, San Agustín de Hipona, dice: "¿Qué es más justo y menos gravoso que esto?". No se nos pide ser dioses en nuestra manera de hacer bien a los demás, como haciendo lo imposible; se nos llama a ser aquello que está dentro de nuestros límites humanos.

En un sentido, nosotros siempre damos solo un poco de lo mucho que Dios nos ha dado. No nos pide dar exactamente de la misma manera como Él lo ha dado. ¿O acaso hay alguien aquí a quien Dios le ha pedido que se sacrifique por otro? No, hombre, puede ser, pero aun así no sería un sacrificio por los pecados de todos los hombres bajo la ira de Dios, como lo hizo Cristo por nosotros. Por más difícil que sea nuestra tarea de amor, no estaríamos alcanzando ni los talones de la bondad equivalente que hemos recibido de Dios en Cristo.

La virtud, entonces, que se nos demanda va acorde, hermanos, con nuestra naturaleza; se nos da un parámetro humano aquí: lo que quieras que otros te hagan a ti, ve y haz tú con ellos. "Ah, que quiero que mi esposo me diga que me ama": ve y dile que lo amas. "Ah, que quiero que mi esposa sea cariñosa": ve y sé cariñoso con ella. "Ah, que quiero que me paguen a tiempo en mi trabajo": ve y paga a tiempo tus deudas. "Ah, que quiero que otros tengan paciencia conmigo": ve y ten paciencia conmigo… con otros. Perdón, eso no fue intencional, pero sí, ténganme paciencia.

Mi punto aquí es que el Señor nos está instruyendo; ¿te das cuenta? Nos está instruyendo qué hacer con nuestro prójimo. Si yo tengo un deseo, que quiero que me hagan, yo debería usar ese deseo para hacerlo a los demás. Así de claro es el Señor; no busques más. "Ah, que no sé qué tengo que hacer con mi esposo, cómo tratarlo". ¿Cómo quieres que te trate? Haz eso tú con él. Así de sencillo, así de claro.

La ley y los profetas

Dice la última parte del verso 12: "porque esto es la ley y los profetas". El libro de Mateo enfatiza el cumplimiento de la ley y los profetas en Cristo. Y esto es muy interesante: más adelante, en Mateo 22, del verso 35 al 36, Jesús está hablando en este contexto, y dice que uno de los fariseos, que era un intérprete de la ley, para ponerlo a prueba le pregunta a Jesús: "Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?". En otras palabras, este intérprete de la ley le está preguntando si hay un gran mandamiento que englobe, o que sumarice, o que sea la suma de la ley.

Y Jesús le contesta: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento". Y no se queda ahí, continúa: "Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos dependen toda la ley y los profetas". Es decir, estos dos grandes mandamientos son la suma de toda la ley y los profetas. Si cumples estos dos mandamientos, estás cumpliendo toda la ley, y estás cumpliendo las profecías, los profetas, valga la redundancia. ¿Ves cómo se trata del cumplimiento de la ley aquí, en el discurso del Señor? De esto se trata el Sermón del Monte: de una justicia superior que cumple la ley y los profetas en espíritu y en verdad, y que se expresa, en el contexto de nuestro pasaje, en el amor al prójimo.

Ver la costa desde la cruz

A manera de conclusión: saber es la raíz del actuar. Necesitamos saber lo que se nos ha prometido, que es seguro, que es certísimo, para pedirlo, buscarlo y llamar con fe; y entonces ser saciados, y entonces saborear la bondad del Señor. Y así, obteniendo nuestra llenura de un Padre bueno, podemos cumplir la justicia del reino amando a nuestro prójimo. ¿Sabes cómo vemos y saboreamos esa verdad? ¿Dónde? Hay un lugar donde podemos ver en todo su esplendor la bondad y la gracia de nuestro Señor: en su muerte y en su resurrección.

El Señor nos ha asegurado, a través de su sacrificio, llegar a la meta. Él nos ha asegurado también todas las cosas que necesitamos para andar en ese camino que lleva a la vida eterna. Dice en Romanos 8:31: "El que no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?". Podemos sobrepasar la incertidumbre y llegar al monte alto al ver la bondad del Señor a través de la cruz. Solamente en el Calvario está la certeza de la provisión amorosa del Padre delante de nuestros ojos.

Florence Chadwick llegó a la costa al otro lado solamente después de visualizarla como alcanzable y segura; eso le dio la fuerza para culminar con éxito su travesía. ¿Es posible alcanzar las alturas de una justicia superior? Muchos dicen que no. La pregunta que yo les hago a ustedes, iglesia: ¿han visto y saboreado la provisión del buen Padre? Si es así, ves la costa, y puedes tener la fuerza y la certeza para nadar hasta allá. En Él, y solo en Él, es posible. Es posible si pedimos, buscamos y llamamos, mientras confiamos en obtener del Padre bueno lo que necesitamos. Que Dios les bendiga, iglesia; que Dios les infunda de su Espíritu y les llene de poder para andar en estas alturas. Que Dios los bendiga.

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