Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Juan 12:20-26JuanCarlos Llambés

Perseverando hasta el final

Transcripción

Saludo

Buenos días todavía. Sí, buenos días. Que el Señor les bendiga. Damos gracias al Señor por tanto amor, tanta muestra de cariño de parte de esta iglesia, y verdaderamente ha sido un refrigerio para nosotros estar aquí junto a ustedes y poder ver caras conocidas; sobre todo estar en una iglesia que, como decía mi amada esposa, ha orado por muchos años por nosotros, y por eso estamos muy agradecidos.

Y verdaderamente ha sido un gozo, un privilegio estar junto a ustedes, y espero que el mensaje de hoy nos lleve a vivir una vida más rendida al Señor, siguiendo el ejemplo del Señor Jesucristo. Es curioso, es interesante que el Señor nos da vida, pero nos pide que tomemos la cruz y que muramos al yo. Entonces, nos da vida, pero la vida cristiana también implica morir, morir al yo. Y eso lo vamos a ver en más detalle a medida que vamos avanzando en el mensaje.

Lectura: Juan 12:20-26

Si usted tiene su Biblia ahí —espero que la tenga—, le pido que abra su Biblia en el Evangelio según San Juan, capítulo 12, versículos 20 al 26. El evangelio de Juan, capítulo 12, versículos 20 al 26. Y dice así la Palabra de Dios: "Había unos griegos entre los que subían a adorar en la fiesta. Estos fueron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban: 'Señor, queremos ver a Jesús'. Felipe fue y se lo dijo a Andrés; Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús. Y Jesús le respondió: 'Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde, y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna. Si alguien me sirve, que me siga; y donde yo estoy, allí también estará mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre lo honrará'".

Oración

Padre, gracias una vez más por estar frente a Ti, delante de Ti, frente a Tu Palabra, Señor. Te damos gracias, Señor, por este tiempo que Tú nos has regalado durante estos días, Señor, donde Tú has sido el centro, Señor, donde Tú verdaderamente te has glorificado, y esperamos que Tú lo hagas una vez más. Padre, yo reconozco mi incapacidad delante de Ti, y reconozco, Señor, que sin la intervención divina de Tu Espíritu aquí no pasará nada. Pero confiamos en esa intervención, porque Tú que comenzaste la buena obra en nosotros, la perfeccionarás hasta el día de Jesucristo; y Tú, Señor, has prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Y en esa confianza nos paramos firmes, y, Señor, queremos que Tú trates con cada uno de nosotros conforme a la línea de tiempo donde cada uno de nosotros nos encontramos, Señor. Padre, en la medida que vamos avanzando y desempacando lo que Tú tienes para enseñarnos en este texto tan precioso, que nosotros podamos seguir perseverando hasta el final. Ayúdanos, Señor. Ayúdanos a ser ese grano de trigo que cae en tierra y muere para poder llevar fruto, Señor. Gracias, Señor, en el nombre de Jesús. Amén y amén.

La semilla que se siembra y no ve fruto inmediato

Interesante que a través de la historia, en toda la historia cristiana, ha habido hombres y mujeres que en algunos momentos de la historia han sembrado una semilla y no han visto fruto, no han visto mucho fruto en ese momento particular. Pero ha habido algunas de esas personas que han sembrado la semilla del evangelio, como pudiéramos pensar en Jim Elliot, que fue a Ecuador, y fue con ese entusiasmo de compartir el evangelio, de poder ver algo. Y lo que enfrentó allí fue la muerte. Fue la muerte.

Pero años después, años después, cuando su esposa regresa a ese lugar donde ellos habían estado ministrándoles a esos indígenas, allí, allí se dio un gran mover de Dios; de manera que la semilla que sembró Jim Elliot con su vida produjo frutos, pero no frutos inmediatamente, sino frutos a largo plazo, que se vieron mucho después.

Aquí en el texto de hoy hay una semilla que cae —que apunta a la semilla, a Jesucristo—, que cae y lleva muchos frutos; pero también una semilla que nosotros debemos ser para poder llevar fruto en nuestra vida espiritual. A veces, a veces hacemos muchas cosas en la vida cristiana, pero no hemos rendido el yo, no hemos verdaderamente vivido el señorío de Cristo, de tal manera que nosotros podamos entender que la vida cristiana se trata no tanto de lo que hacemos, sino de lo que somos.

Y lo que somos debe ser esa persona sencilla y humilde de corazón que está dispuesta a rendir el yo, a renunciar al yo, para que Cristo sea exaltado en nuestras vidas. Y eso lo vamos a ver.

Juan 12: la bisagra del evangelio

Interesante que este capítulo 12 es como una bisagra en el evangelio de Juan. Antes del capítulo 12, nosotros vemos que Jesús hace muchas señales, comienza haciendo muchos milagros; pero aquí es como que el evangelio de Juan cambia y da un giro. Da un giro, y el giro precisamente comienza aquí, y queremos ver eso, queremos mirar eso en detalle, para ver cómo eso también tiene que ver con cada uno de nosotros.

Note como dice ahí, en el versículo 20, que había unos griegos entre los que subían a adorar a la fiesta. Y la fiesta a la que se refiere aquí es la fiesta de la Pascua, donde venían judíos; pero habían venido, habían llegado griegos aquí a este lugar. Y estos griegos, talmente parece que eran griegos proselitistas; quizás ellos habían abrazado al Dios de los judíos, quizás venían por curiosidad, pero se interesaron, se interesaron en ver a Jesús.

Queremos ver a Jesús

"Estos fueron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: 'Señor, queremos ver a Jesús'". Quizás se acercaron a Felipe porque el nombre de Felipe es un nombre griego, y quizás había cierta afinidad con él, y se acercaron a él para expresar su deseo de ver a Jesús.

Ahora, aquí podemos hacer una pausa y pensar verdaderamente si nosotros, en nuestra vida cristiana, en nuestro vivir cristiano, queremos ver a Jesús manifestado en nuestras vidas. Cuando nosotros venimos a la iglesia, cuando nosotros adoramos al Señor, ¿dónde está la mirada? ¿Dónde está puesta nuestra mirada? ¿Está en los hermanos que están aquí tocando los instrumentos, o está nuestra mirada puesta en Jesús, en Su trono, entronado?

Hermanos, si estos griegos que aún no conocían a Jesús se habían interesado por Jesús, cuánto más usted y yo tenemos que tener ese deseo de encontrarnos con Jesús, no solamente aquí en la iglesia, sino cada día de nuestra vida. Que ese sea el deseo nuestro: encontrarnos cada día con Jesús en nuestro devocional, en nuestra lectura de la Palabra. De tapa a tapa, desde el principio hasta el final, hay un hilo conductor en la Biblia que apunta a Jesús.

Queremos encontrarnos con Jesús como iglesia. Queremos tener un encuentro fresco cada día con Jesús. Tenemos, tenemos que apuntarle a eso, amados hermanos. Tenemos que apuntarle a eso, porque a fin de cuentas Él es el que nos tiene aquí reunidos en esta preciosa familia, donde cada uno de nosotros hemos aprendido a amarnos a pesar de nuestros defectos. Queremos ver a Jesús, Señor; queremos.

Andrés, el que lleva gente a Jesús

Y Felipe fue y se lo dijo a Andrés. Y Andrés, Andrés es uno que siempre está llevando gente a Jesús. Nosotros vemos cómo Andrés tuvo ese contacto con el Señor, y él fue el que le habló a Pedro acerca de Jesús. Andrés es uno que se caracteriza por llevar a personas a Jesús. Esa es otra lección que aprendemos del pasaje.

Nosotros también debemos ser personas que, sea quien sea el que se acerque a nosotros, podamos llevarlos y apuntarles a Jesús. Eran griegos, no eran judíos; eran griegos que habían venido a celebrar la Pascua.

Era algo inusual, no era algo muy recurrente, no era algo que se daba; pero ellos habían escuchado acerca de Jesús. Y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús, y Jesús les respondió. Note cómo Jesús responde, porque esto es importante en el texto, muy importante en el texto.

Ha llegado la hora

Dice: "Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado". El gran teólogo Agustín decía que este pasaje era como una sombra, como una sombra de la obra misionera de la iglesia, porque aquí comienza verdaderamente el enfoque que Jesús tiene no solamente a los judíos, sino que ahora incluye a los gentiles.

Y note también que Jesús, en versículos anteriores en el evangelio de Juan, dice que no había llegado la hora. Repetidas veces Jesús dice: "Mi hora no ha llegado. Mi hora no ha llegado". Pero ahora, ahora dice: "Ha llegado la hora. Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado".

Y ese Hijo del Hombre es importante que nosotros lo tengamos en mente, porque Daniel 7:13-14 habla precisamente del Hijo del Hombre. Y yo dije aquí en estos días que ese era el nombre preferido de Jesús cuando habla de sí mismo en los evangelios: el Hijo del Hombre. Entonces, hermanos, yo creo que es bueno que nosotros podamos ir allí a Daniel, y podamos ver lo que nos dice allí Daniel acerca de este Hijo del Hombre. Porque ciertamente Jesús tiene clara la conexión que hay en el Antiguo Testamento con Su persona y con Su obra.

Y entonces, allí en Daniel 7, versículo 13, dice: "Seguí mirando en las visiones nocturnas, en las nubes del cielo, y había uno como un Hijo de Hombre" —ahí está—, "que se dirigió al Anciano de Días y fue presentado ante Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es un dominio eterno que nunca pasará, y Su reino uno que no será destruido".

Ha llegado la hora. Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. Y esa glorificación apunta a la cruz. Jesucristo le está apuntando a la obra redentora que se va a producir en la cruz, que incluye a gentiles y a judíos. Por eso es que Él responde de esta manera. Yo estoy seguro de que ni los griegos ni aun los discípulos entendieron: "¿Cómo que ha llegado la hora? Si Tú nos decías que la hora no había llegado". Pero ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado.

Su hora también ha llegado

Y podemos conectar eso con nuestra vida también, amados hermanos. La hora suya, la hora suya también ha llegado. La hora suya no para ser crucificado, porque gracias a Dios esa obra ya Jesús la hizo, donde ahí derramó Su sangre preciosa para el perdón de nuestros pecados pasados, presentes y futuros. Ahí ya Él hizo la obra. Pero hay una obra que usted también es llamado a hacer. Hay una obra donde ha llegado su hora, quizás para responder al llamado, al llamado misionero.

Quizás usted ha estado luchando como luchó Jonás cuando Dios lo llamó, o lo mandó que fuera a Nínive, y se fue a otro lado. Pero como dice un pastor amigo: usted va por las buenas o va por ballena. Porque él salió huyendo, pero allí Dios le manda un pez, y ¿qué pasó? Lo arroja en las playas de Nínive.

Así que usted mire a ver si su hora ha llegado, si ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado a través de su vida. Si ha llegado esa hora, usted va a tener que tener una conversación seria con Él, y va a tener que tener una conversación seria con sus pastores aquí de la iglesia, para que se unan a lo que Dios está haciendo en su vida y se unan a donde Dios lo ha llamado a usted. La hora ha llegado.

Una misión con un calendario divino

Una misión… Me maravillo de que la misión de Cristo es una misión con un calendario divino. No hay nada que se deje al azar. No es que los griegos llegaron y ahora Jesucristo se ve inclinado a responder. No, no, no. El plan ya estaba. El plan estaba, y el plan de Dios estaba para la salvación de ustedes mucho antes de la fundación del mundo. Interesante que Dios ya lo tenía en mente a usted antes de la creación del mundo.

Y Jesucristo va camino a la cruz. Por eso es que Él dice: "Ha llegado la hora". Y es ahí en la cruz donde verdaderamente la humanidad tiene esperanza. Esperanza de vida. Esperanza de vida. Entonces dice: "Ha llegado la hora". Entonces, Jesús está hablando de una manera que quizás ellos no entendían, pero nosotros la podemos entender bien a la luz de lo que conocemos de la Palabra de Dios.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere

Dice: "En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto". El grano de trigo al cual Él se refería era Él mismo, que iba a ser clavado en la cruz, e iba a caer, lo que implica una entrega voluntaria de Su parte, y la muerte. Implica quizás una pérdida aparente. Pero dice que si no muere, si no muere, queda solo —quizá una esterilidad espiritual—; pero si muere, lleva mucho fruto. Si muere, lleva mucho fruto.

El grano de trigo no era el fin en sí; es la transformación que se da cuando el grano cae en la tierra, cuando muere, y entonces el fruto nace. Usted puede tener una semilla de mango y ponerla ahí, y usted no va a comer mango nunca en su vida. Pero si usted la entierra, la mete bajo tierra y la riega, entonces va a producir fruto. Usted se va a comer esos deliciosos mangos que hay aquí en México. Ustedes saben de eso. Ustedes saben lo que yo les digo.

Pero dice: "Pero si muere, lleva mucho fruto". La cruz no fue una derrota para Jesús. La cruz fue la siembra del Hijo de Dios para muchos hijos. La siembra del Hijo de Dios para muchos hijos. La siembra de un sacrificio para una multitud redimida, y la siembra de una tumba para una iglesia global. La misión de Cristo nace de un sacrificio, de un sacrificio perseverante.

Morir al yo para llevar fruto

Perseverar hasta el fin, hermanos, es creer que en medio de la oposición, en medio de la persecución, en medio de las dificultades, el fruto vendrá, aunque el proceso a veces parezca oscuro. Y usted y yo… por eso les decía anteriormente que usted y yo tenemos que morir al yo. Interesante que Cristo nos da vida, y nos da vida eterna, pero nos dice que para poder llevar fruto tenemos que ser como Él. Tenemos que ser como Él: estar dispuestos a morir, a ser ese grano que muere y entonces da fruto.

¿Te has hecho quizás la pregunta del porqué? ¿Por qué es que en la vida no vemos fruto? ¿Por qué a veces no vemos fruto en nuestra vida? Yo no sé, pero yo lo puedo conectar al hecho de que quizás, quizás, el yo nuestro no ha muerto. Porque la Palabra me dice: "Pero si muere, produce mucho fruto". Usted y yo… ese yo que nos traiciona, ese yo que saliva como el perro de Pávlov en sus experimentos, que saliva cuando ve la remuneración, o cuando ve lo que nosotros podemos anhelar tener; ese yo nos traiciona y a veces nos aparta de Cristo.

Nos convertimos en personas a las que les interesa más satisfacer los deseos de la carne que verdaderamente rendirnos, rendirnos ante Dios y depender de Dios. La Palabra de Dios, ustedes la conocen —en esta iglesia se predica la Palabra de Dios, ustedes la conocen—: "El que permanece en Él debe andar como Él anduvo". Usted y yo debemos andar como Cristo anduvo.

Ese es nuestro norte. A eso tenemos que apuntarle: a ser cada vez más como Cristo, a parecernos más a Cristo, a ser más humildes como Cristo, a ser más sencillos de corazón como Cristo, a ser más amorosos como Cristo.

Y este yo que nos traiciona, cogerlo así, exprimirlo, exprimirlo, y ponerle quizás una cadena, amarrarlo bien y guardarlo, guardarlo, porque ese yo es traicionero; ese yo compite con las cosas de Dios. Por eso es que a veces, a veces, no vemos fruto; no vemos fruto en nuestra vida, no vemos fruto en las cosas que Dios nos ha llamado a hacer, que todos conocemos. Todos las conocemos.

El mundo no conoce al Señor

Esta es otra de las cosas: nosotros a veces, como cristianos, miramos el estado del mundo, cómo está el mundo, y decimos: "Wow, pero mira todos esos impíos, mira esa locura que están haciendo, y mira esto, y mira…". Y nos convertimos en unos santurrones, en los fariseos más fariseos del mundo. Pero se nos olvida, se nos olvida que el mundo no conoce al Señor.

¿Sabes cómo yo lo sé? Porque Jesús, cuando les da instrucciones a Sus discípulos más adelante… Yo les hablé de la bisagra que gira, ¿no? Señales en los primeros capítulos de Juan, hasta el capítulo 12. Y aquí vira. Entonces, es curioso que el hermano hablaba de esta iglesia, de la tradición que tiene de lavar pies. En el capítulo 13 de Juan, Jesús les está enseñando ahora. Ahora vira el enfoque del evangelio, y entonces Él comienza a enseñar a los discípulos. Así que comienza lavando pies. Después les dice en el 15: "El que permanece…", "permanecer en mí". O en el 16: "permanecer en mí".

Pero al 16 yo quiero que vayamos, porque ahí hay algo importante para que nosotros lo entendamos con respecto a aquellas personas que hay por ahí a las que nosotros a veces miramos prejuiciados: "Ay, pero mira las locuras que están haciendo. Ay, pero mira que están fumando marihuana. Ay, pero mira esto". Pero oye, Jesús, Jesús nos lo dijo. Lo que pasa es que se nos escapa a veces.

Dice en el versículo 1 del capítulo 16 de Juan: "Estas cosas les he dicho para que no tengan tropiezo. Los expulsarán de las sinagogas; pero viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios". Y escuche bien, versículo 3: "Y harán estas cosas porque no han conocido ni al Padre ni a mí".

¿Por qué hacen diabluras? ¿Por qué? Si son hijos del diablo. En Juan 8:44 dice que el que no es de Cristo es un hijo del diablo. Y el hijo del diablo, por naturaleza, ¿qué va a hacer? Diabluras. Y nosotros nos asombramos, nos asombramos con eso, y no somos capaces de compartir el evangelio. Para eso tiene que el orgullo nuestro menguar, y que Cristo crezca en nosotros; que el grano de trigo caiga en tierra y muera.

Y entonces ahora yo comparto el evangelio con el drogadicto, con la prostituta, con el alcohólico, con el que sea, con el que Dios me ponga adelante, sin juzgar su condición. Porque recuerden: muchos de nosotros estábamos ahí. No podemos olvidar eso.

El que ama su vida la pierde

El llamado que Jesús les hace a los discípulos, después de que dice lo del grano de trigo: "Yo voy a morir para dar fruto, para que estos gentiles también puedan tener salvación". Ahora, en los versículos 25 al 26, note lo que dice: "El que ama su vida la pierde, y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna". El evangelio, el evangelio se multiplica cuando los discípulos —nosotros— somos capaces de entregarnos, de entregarnos sin reservas.

Note qué interesante cómo Jesús lo pone: preservar la vida hasta el final. No quiere decir que la vida sea mala. No es que Jesús esté diciendo que la vida sea mala; lo que está diciendo Jesús es que nuestro enfoque no tiene que estar en el aquí y ahora, en esta vida; que nuestro enfoque debe estar mucho más allá, que nuestra mirada debe estar más allá del aquí y ahora. Eso es lo que Jesús está tratando de decir.

Porque la única manera en que nosotros vamos a poder dar un buen testimonio es al morir al ego, al morir al control. Hay personas que son controladoras, yo no sé. Hay personas que, si usted no hace lo que ellos dicen, usted tiene problemas con ellos. Morir al ego: "Yo soy el gran, el gran…". ¿Qué? Usted no es nada. Usted es un siervo inútil. Somos siervos inútiles; no somos nada. "Por la gracia de Dios soy lo que soy", decía el apóstol Pablo. Por la gracia de Dios.

Entonces, morir al ego, morir al control, morir a la seguridad personal, morir a la autosuficiencia. Porque "si alguno me sirve", dice, "sígame". Si alguno me sirve, sígame. La pregunta que yo le hago es si usted es un verdadero seguidor de Cristo. Si usted, al seguir a Cristo, se da cuenta de que es seguirlo, pero como ese grano que está dispuesto a morir para llevar fruto para Él.

Pedro, el cortador de orejas

Hay un personaje en la Biblia que me encanta, porque quizás se parece algo a mí —y estoy seguro de que a alguno de ustedes—: es Pedro, el cortador de orejas. ¿Ustedes se recuerdan de Pedro? Óigame, Pedro era alguien tremendo. Le corta la oreja al guardia, y yo me pregunto, yo digo: "¿Qué hubiese pasado si Cristo no le pega la oreja al guardia?". Pedrito se hubiera ido; se hubiera ido.

Y sin embargo, ese Pedro es el que Dios usa para que 3,000 personas se conviertan cuando predica en Pentecostés. Increíble, increíble eso. Pero Pedro aprendió —yo creo que Pedro aprendió, a veces a las malas— a vivir el señorío de Cristo. ¿Ustedes recuerdan? Y quiero conectar eso de "si alguien me sirve, que me siga", ¿no? Que me siga. Porque Pedro estaba pescando una vez, ustedes lo recuerdan, en Lucas 5:1-11. Abra su Biblia ahí, ¿no?

El pastor aquí dijo que yo iba a ser breve, pero a mí no me importa. Yo voy a seguir. Yo voy a seguir, porque esto es muy rico. Esto es muy lindo. Esto es algo precioso. Y yo quiero que usted se vaya de aquí apasionado por Cristo y viviendo el señorío de Cristo, y que usted se vaya de aquí cayendo en esa tierra para poder dar fruto. Yo quiero que usted se vaya de aquí.

De "Maestro" a "Señor": Lucas 5

Entonces, vamos a ir ahí a Lucas 5, versículos 1 al 11. Vayamos ahí. Mire, note: Pedro, Pedro está pescando toda la noche; está pescando y nada, nada, ni un pez. Y entonces están preparando las redes; ya se van y se acabó el asunto. Pero se apareció el Señor. Apareció el Señor.

Y entonces note, note el versículo 5: "Simón le contestó: 'Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque Tú lo dices, echaré las redes'". El Señor le dice: "Mire, echen las redes allá y ustedes van a ver quién soy yo". ¿Quién? Jesús, demostrando Su grandeza, Su divinidad, Su poderío. "Entonces, echen las redes allá".

"Entonces, cuando lo hicieron", dice el versículo 6, "encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían. Entonces hicieron señales a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían".

Note algo interesante. En el versículo 5 él dice "Maestro". Pero ahora, después de que él ve la demostración del poder de Dios, de Jesús, de quién es Él, del milagro que se da, entonces Pedrito cambia. Y yo quiero que, si usted tiene un Pedrito metido ahí adentro, usted también cambie. Es mi deseo. Dice: "Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: 'Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador'". Señor. Maestro primero; ahora, Señor. Ahora Pedrito está listo para vivir el señorío de Cristo.

Y algo interesante de este pasaje es lo que ya después dice, porque el versículo 9 dice: "porque el asombro se había apoderado de él y todos sus compañeros por la gran pesca que habían hecho; y lo mismo le sucedió también a Jacobo, a Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón".

"Y Jesús dijo a Simón: 'No temas; desde ahora serás pescador de hombres'". Hermanos, si a usted se le da esa pesca milagrosa… Usted es un pescador, usted no ha pescado nada, ese es su negocio, y usted ahora, ¡bum!, la pesca. Entonces Cristo le sale con esto: "Ahora vas a ser pescador de hombres". "¿Cómo? Yo lo que estoy es buscando un abogado para hacer un contrato contigo para salir a pescar todos los días. ¿Cómo que ahora voy a ser pescador de hombres?". Y dice —pero note—: "Y después de traer las barcas a la tierra, dejándolo todo, siguieron a Jesús". Siguieron a Jesús.

¿Qué vas a dejar?

Vamos de nuevo al 12. Dice: "El que ama su vida la pierde, y el que pierde su vida en este mundo, la conservará para vida eterna. Si alguien me sirve, que me siga". Pedro y estos pescadores lo dejaron todo para seguir a Jesús. La pregunta es: ¿qué vas a dejar? ¿Qué vas a dejar? ¿Cuáles son aquellas cosas que son prejuicios en tu vida? Quizás hay que morir a una experiencia profesional, quizás morir al orgullo, quizás morir a la lógica humana, quizás morir a la autosuficiencia.

Entonces, si eso muere, entonces verdaderamente nosotros vamos a poder vivir el señorío de Cristo, porque Cristo toma el primer lugar en nuestra vida. "Desde ahora serás pescador de hombres". El grano cayó: ellos dejan las redes. El grano muere: renuncian a la seguridad. El fruto vendrá: la multiplicación a través de los discípulos llegó.

Vemos un patrón bíblico, amados hermanos, un patrón bíblico que tenemos que abrazar nosotros como discípulos de Cristo. Cristo muere y da fruto eterno. Los discípulos dejan todo y hay expansión del reino. Y la iglesia sufre y el evangelio avanza. La perseverancia no es aguantar pasivamente, sino que es seguir sembrando aunque cueste. Seguir sembrando aunque cueste.

Si Cristo te llama, responde

Algunas aplicaciones. "Si alguien me sirve, que me siga; y donde yo estoy, allí también estará mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre le honrará". No temas, no temas, amado hermano, perder lo que te da tanta seguridad. Si Cristo te llama, responde. Si Cristo te llama… Yo no puedo pensar que en esta iglesia, donde se predica la Palabra, no haya personas a las que Dios esté llamando, especialmente cuando hemos estado meditando en la Palabra y viendo tantos ministerios que se han presentado aquí. Hemos visto… vimos a Nicaragua la necesidad que había, vimos a Líbano, vimos a Egipto.

Yo no puedo pensar… Porque en la iglesia de Antioquía, allí en el capítulo 13, cuando ellos estaban, dice, ministrándole al Señor… Yo creo que eso ha sucedido aquí: que aquí hemos ministrado al Señor a través de la adoración, a través de la oración, a través de la predicación hemos ministrado al Señor. Y dice que el Espíritu Santo llamó a Pablo y a Bernabé. Y ellos les impusieron las manos, oraron, ayunaron. Goodbye. Goodbye.

¡Qué bueno que esta iglesia está dispuesta a decirles goodbye a los mejores de ellos! ¿Sí, pastor? ¿O me equivoco? Si me equivoco, me lo dice. Qué bueno que es una iglesia así, que está dispuesta a enviar a los mejores. Porque, hermanos, la obediencia, la obediencia siempre precede al fruto, y para obedecer hay que morir al yo.

El pozole y el deseo de obedecer

Mire, le voy a decir una cosa. Cuando yo llegué aquí a México… hacía como cinco años que no veníamos a México, ¿no? Seis años. Seis años. Óigame, yo tenía un deseo de comerme un pozole en la casa de Toño y un flancito de la abuela. Yo tenía eso en mi corazón. Y cuando el pastor Nathan me dice: "¿Qué quieren comer?". "¡Pozoles!". "Bueno, vamos, vamos".

Ve, lo que quiero decir con eso es que hay cosas que nosotros debemos añorar hacer para el Señor. Así como mi saliva estaba ahí deseando ese pozole, que nosotros deseemos, deseemos ser parte de esta gran comisión que Dios nos ha dado; que nosotros seamos ese tipo de cristiano que está dispuesto a rendirse, a rendirse. Yo no sé, si Cristo me hubiera dicho: "Oye, no puedes comer pozole", ¿qué hubiera hecho yo?

Pero a veces estamos ahí nosotros… a veces: "No, no dejes esto, no dejes aquello, los familiares, esto, lo otro, lo otro". Nosotros pasamos por eso. Nos criticaron, nos dijeron de todo. Pero al final Dios se ha glorificado con dos personas sencillas, dos personas que no tenemos mucho que ofrecer, pero que sí queríamos obedecer. Porque la obediencia precede al fruto, y la rendición diaria, la rendición diaria, sostiene la perseverancia.

La misión requiere, hermanos, una muerte constante, para que nosotros podamos mirar allá, más allá de nuestras fronteras; mirar más allá y entender que este evangelio que se nos ha dado es poder de Dios para salvación. Tenemos, tenemos la dinamita, el poder de Dios; la tenemos en nuestras manos. Lo que hay que hacer es esparcirla, es regarla.

Conclusión: ¿estás dispuesto a caer en tierra?

En conclusión, Juan 12:24 nos da el principio, nos da el principio de morir al yo. Y en Lucas 5 tenemos la ilustración, la ilustración. El grano de trigo que no muere queda solo. Pero si muere, si el discípulo está dispuesto a morir, entonces se da el fruto. El que muere al yo, el que persevera en el llamado, lleva mucho fruto. Y la pregunta con la que yo quiero dejarles es: ¿estás dispuesto a caer en tierra para que Dios produzca fruto a través de tu vida? ¿Estás dispuesto? Estamos dispuestos.

Oración final

Padre, te damos gracias, Señor. Te damos gracias porque Cristo nos dio el ejemplo del grano de trigo que murió en una cruz, que venció la muerte con poder, que nos dio salvación y vida eterna. El grano murió, pero venció. El fruto está aquí. Cristo sembró con lágrimas, como dice el Salmo 126: "El que siembra con lágrimas segará con gritos de alegría, trayendo sus gavillas". Las gavillas están aquí. Y desde la muerte de Cristo en la cruz se ha hecho evidente, y sigue siendo evidente a través de la humanidad, por el poder de Tu evangelio.

Señor, ayúdanos a cruzar fronteras con el evangelio; no con inteligencia, no con estrategias humanas, sino con el poder de Tu evangelio. Señor, apártanos, guárdanos, guárdanos de introducir algo de nuestra propia invención que se aparte de lo que Tú has establecido en la Palabra. Señor, ayúdanos a ser fieles, fieles a este evangelio.

Ayúdanos, Señor, a confiar en que "toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he enseñado. Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Vamos contigo, Señor. Vamos contigo. Confiamos en Ti, Padre, y Tú no nos dejaste huérfanos. Nos diste el Espíritu Tuyo, que morara en nosotros. ¿Qué más podemos pedir?

Ayúdanos, Señor, a ser discípulos Tuyos que recobran una pasión por Ti cada día, y una pasión por aquellos que aún no conocen de Ti. Te lo pedimos, Señor, en el nombre de Jesús. Amén. El Señor les bendiga.

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