Gálatas 4-5:1-15GálatasChuy Yáñez
Abracemos la libertad a la que hemos sido llamados en Cristo
Transcripción
Saludo desde Toluca
Hermanos, pues me da mucho gusto verlos, poder estar en comunión con ustedes, como mucho tiempo lo hice, y verlos, ver que la gracia de Dios se está extendiendo, y, bueno, ver rostros nuevos. Y tengan el saludo de la gente de allá de Toluca que se está reuniendo; están muy animados. No dejen de orar; les agradecemos mucho sus oraciones. Y, bueno, pues esperemos que en algún momento podamos convivir todos, y como cuerpo de Cristo, como lo que somos. Y de verdad que estoy muy agradecido por estar aquí y poder compartir la Palabra el día de hoy.
Bueno, pues vamos a continuar con el estudio de Gálatas. Y escuchando las alabanzas, escuchando las participaciones, pues, cómo el Señor trabaja y nos ayuda a que constantemente estemos recordando Sus verdades. El Señor es incisivo en lo que debemos de creer, en lo que debemos de pensar y en cómo debemos de actuar. Y este versículo, Gálatas 2:20: "En Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí", que murió por mí. Esto es algo que debe de quedar guardado en nuestra mente y nuestro corazón.
Creo que todo el libro de Gálatas se resume en eso: la justificación es solo por la fe en el Hijo de Dios. No hay más; es todo lo que debemos de saber: que solo en Cristo, y es en Cristo, que vamos a alcanzar la libertad.
Vamos a orar. Bendito Padre, Señor nuestro, te damos gracias por este tiempo. Te damos gracias, Señor, por la bendición que nos das de estudiar Tu Palabra, de saber que Tú eres Dios, Señor, el único Dios verdadero, y que solo hay un solo evangelio, Señor. Que sea Tu voz la que se escuche y que sean Tus palabras las que se escuchen. Prepara los corazones de mis hermanos y sus mentes para que Tu consejo quede guardado en su corazón. Tú sabes de mi incapacidad; suple, Señor, todo lo que a mí me haga falta. Señor, Tú conoces mejor que yo qué es lo que necesitan mis hermanos escuchar, y si hay alguien que aún no te conoce, Señor, haz Tu obra. Te damos gracias en el nombre de nuestro Señor Jesús. Amén.
Judaizantes y gálatas gentiles
Bueno, siguiendo con el estudio, para el momento en el que estamos ya sabemos cuál es la problemática que existe con los Gálatas. Existía un grupo de liderazgo de judíos que estaban muy celosos de las tradiciones, y especialmente había algo que les hacía mucho ruido, que era la circuncisión. Este tema de la circuncisión no era algo a lo que ellos se aferraran nada más porque sí, sino porque ellos traían toda la enseñanza de que esto era parte de un pacto que se había hecho con Dios; era la señal de un pacto. No era algo menor para ellos; era algo que era sumamente importante y no lo podían dejar de lado. Y por eso querían obligar a todos aquellos que se estaban convirtiendo al cristianismo a que, precisamente, formaran parte de ese pacto para ser pueblo de Dios. Sin embargo, ellos estaban dejando de lado que había un nuevo pacto, y que ese pacto era el pacto que había hecho Cristo con nosotros.
Y tenemos a los Gálatas gentiles, que no venían de esa tradición judía, pero sí venían de una tradición seguramente llena de idolatría, de supersticiones. Ellos eran politeístas; no como nosotros, que creemos en un solo Dios, sino que creían en muchos dioses que tenían características humanas, y estas características humanas se reflejaban en la ira, en la vanidad, en muchas cosas que no son virtudes de un ser humano, y obviamente no son propias del carácter de Dios. Nosotros tenemos un Dios santo, eterno y que nunca cambia. Ellos creían en falsos dioses que cambiaban constantemente.
Entonces, ¿cuál era la preocupación de estos gentiles? Que ellos tenían que hacer algo para ofrendarlo a sus falsos dioses, y que estos dioses pudieran ser aplacados. Sin embargo, nosotros sabemos que lo único que puede aplacar la ira de Dios es el sacrificio perfecto de Cristo Jesús en sustitución nuestra. Cristo dio Su vida por nosotros.
Agar y Sara: la historia de Génesis
Y eso es realmente lo que vamos ahorita a ver: cómo Pablo, el apóstol Pablo, para este momento utiliza una historia que es una historia conocida, y que la podemos ver en el libro de Génesis 17 —capítulo 17— y capítulo 21, en la que vemos cómo Abraham recibe una promesa, que es de lo que hemos estado hablando. Esta promesa es que él iba a ser padre de todas las naciones. Pero ¿cuál es el problema? Abraham tenía 99 años y Sara era una anciana estéril.
Sara, queriendo ver reflejada esa promesa, decide que era momento de que Abraham se allegara a su esclava. Esta esclava, que era más joven que Sara, podía darle un hijo, y así ver la promesa de Dios cumplida en Agar. Y no había otra cosa más equivocada que eso. Era la fuerza de Sara, con la ayuda de Agar y el consentimiento de Abraham, tratando de ayudar a Dios, cosa que es imposible. De ahí nace Ismael: Ismael, hijo de Abraham, pero no era hijo de la promesa. Dios lo rechazó de esa manera, y Dios insistió, y Abraham confió, y mucho tiempo después, a Su tiempo, Abraham tiene un hijo de Sara, Isaac. Y ese es el cumplimiento de la promesa, y de ahí ahora nosotros somos parte, y somos herederos de ese pueblo santo, solo por la gracia de Dios.
¿Y qué pasa? Que Ismael empieza a tener una actitud, como diríamos ahora, de bullying, ¿no?, hacia Isaac. Empieza a ofender a Isaac, empieza a burlarse de él. Y Dios dice: "Tienes que mandar afuera a Agar y a Ismael. No te preocupes, porque Yo voy a extender Mi gracia sobre de ellos, pero no son la promesa". Se retiran, y finalmente la historia de Israel y del pueblo de Dios sigue tal y como Dios lo había planeado. Dios es soberano y tiene control sobre todos los actos y toda circunstancia, pero no todos los actos ni todas las circunstancias necesariamente reflejan Su voluntad.
Lectura de Gálatas 4:21-31
Y aquí viene el ejemplo de lo que vamos a leer en el libro de Gálatas, capítulo 4, versículos 21 al 31:
"Díganme, los que desean estar bajo la ley, ¿no oyen a la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la libre. Pero el hijo de la sierva nació según la carne, y el hijo de la libre por medio de la promesa. Esto contiene una alegoría, pues estas mujeres son dos pactos. Uno procede del monte Sinaí que engendra hijos para ser esclavos; esta es Agar. Ahora bien, Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, porque ella está en esclavitud con sus hijos. Pero la Jerusalén de arriba es libre; esta es nuestra madre. Porque escrito está: Regocíjate, oh estéril, la que no concibes; prorrumpe y clama, tú que no tienes dolores de parto, porque más son los hijos de la desolada que de la que tiene marido. Y ustedes, hermanos, como Isaac, son hijos de la promesa. Pero así como entonces el que nació según la carne persiguió al que nació según el Espíritu, así sucede ahora. Pero ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la sierva y a su hijo, pues el hijo de la sierva no será heredero con el hijo de la libre. Así que hermanos, no somos hijos de la sierva, sino de la libre".
Dos pactos: esclavitud o promesa
El apóstol Pablo está utilizando esta historia como una alegoría, un hecho real, para demostrar cómo queremos vivir: si vamos a descansar en nuestras buenas obras o en la gracia de Dios; si vamos a descansar en el cumplimiento de la ley o en lo que verdaderamente es importante, que es Cristo. Y el mensaje es el siguiente: hace ver que Agar es una especie de pacto; es un pacto de esclavitud, el pacto hecho hacia la ley. Pero ese pacto no te lleva a la salvación. Este plan que se había elaborado en las fuerzas de Sara y de Abraham y de Agar no era la promesa, y nosotros ya pertenecemos a la promesa.
Si realmente nosotros le estamos dando oportunidad a que la ley sea nuestra guía como medio para alcanzar la salvación, estamos anulando el nuevo pacto, que ese pacto, según la alegoría que está utilizando Pablo, es Sara. Y dice: ustedes son hijos de Sara. Nosotros somos hijos de Sara, somos hijos de la promesa, y parte de esa promesa que Dios le hizo a Abraham: pueblo santo. Y si recordamos Génesis 3:15, que dice que finalmente Él iba a mandar la salvación a través del hijo, de la simiente de la mujer, que vencería el poder de Satanás. Era un hombre; era alguien que iba a poder suplir nuestra deficiencia para pagar nuestros pecados, y así restablecer esa relación que se había roto con Dios, que la rompieron desde Adán y desde Eva. Un pueblo santo, escogido por Dios, es lo que el Señor ha venido guiando durante toda Su historia de la redención.
Pablo está refiriendo incluso a Agar como la Jerusalén actual. Es decir, si nosotros ahorita estamos confiando en la ley, y estamos confiando en lo que es material y temporal, y en los deseos de la carne, estamos situándonos en el empeño de creer que somos aceptados por nuestra propia apariencia bondadosa, por los éxitos personales, profesionales o ministeriales que con nuestro esfuerzo hemos conseguido, y pensar que somos merecedores de la gracia de Dios. Eso es lo que los judíos estaban queriendo enseñar a los Gálatas. Estaban diciéndoles que su tradición era importante, que lo que estuvieran haciendo en este momento, y la apariencia de una piedad y una bondad, los iba a añadir a Jesús, los iba a llevar a la salvación.
Y eso nos puede estar pasando a nosotros ahora: el creer que la falsa piedad, que nuestras buenas obras, que nuestra buena conducta abona a la obra de Cristo. Pero no es así, y eso lo deja claro Pablo. Y vemos a Pablo, cuando llegamos aquí, que Pablo está molesto, pero está molesto y preocupado por los Gálatas, porque estén aprendiendo una falsa doctrina que no los conduzca a la salvación, porque la salvación solo viene por Cristo y por la fe en Cristo.
La ley, efectivamente, como lo han venido diciendo nuestros hermanos, como dijo el hermano Jonatán, solo nos produce una conciencia de que no podemos cumplirla; solo nos confronta con nuestro propio pecado y con nuestra incapacidad. Si eso no nos está produciendo la ley, estamos pecando de soberbia, estamos pecando de creer que nosotros podemos ocupar el lugar que Cristo ocupó por nosotros. Pero cuando nos demos cuenta que no podemos cumplir la ley, cuando nos demos cuenta que somos incapaces, lo único que va a venir a nuestra vida es un sentimiento de culpa y no de libertad.
La Jerusalén de lo alto: la fe de Abraham
Abraham esperó en fe que, siendo viejo, y Sara una mujer estéril, Dios cumpliría Su promesa. Y por eso Pablo lo llama la Jerusalén de lo alto, esta ciudad que encuentra su punto de apoyo solo en la fe, igual que Abraham, que fue declarado justo delante de Dios solo por la fe. Es por la fe, hermanos, que nosotros podemos alcanzar la justicia. Pero no es por el tamaño de nuestra fe, ni por lo que nuestra fe hace, sino por el lugar en donde estamos poniendo la fe. Esa fe poderosa para salvarnos, esa fe poderosa para transformar nuestras vidas, y que tengamos una conciencia del pecado y que podamos caminar hacia la santidad en convicción, es solo la fe que podemos poner en Cristo Jesús, en el Hijo de Dios.
Y esa fe también tiene unas consecuencias hermosas y bondadosas, que es que ahora podemos ser parte de la familia de Dios. Todos los que hemos creído en Jesús y confiamos en la obra perfecta de Cristo Jesús somos hijos de Dios y somos familia eterna. Hermanos, lo que estamos viviendo en este momento es temporal. Lo que estamos gozando, disfrutando, lo que estemos incluso en aflicción sufriendo, es meramente temporal. Y los que estamos reunidos por la causa de Cristo Jesús somos familia eterna, y todo lo que está aquí pasará, y algún día estaremos juntos todos, amándonos para la gloria de Dios. Somos hijos de la promesa, pero para eso tenemos que descansar en lo que es importante, y lo único que es importante es Cristo.
Nacer de nuevo
Ahora bien, hay un problema: hay unos que no han nacido de nuevo. Porque es importante que nosotros nazcamos de nuevo. Dios hace Su trabajo en desiertos y en huertos estériles, porque lo que Dios hace es sobrenatural. Cuando nos es revelado nuestro pecado, y nos es revelada la santidad de Dios, nos damos cuenta que no tenemos nada que ofrecer, que somos un huerto estéril, que no podemos ofrecer nada para ganarnos esa salvación. Cuando entramos en eso, nos damos cuenta que somos parte de algo más allá y de algo eterno que nosotros no habíamos podido concebir por sí solos. Esa es la obra del Espíritu Santo, que nos hace creer y mantenernos perseverantes en la fe.
Pero siempre tenemos un religioso dentro de nosotros; siempre tenemos alguien que se quiera atar al pasado, alguien que no nos deja liberarnos, y puede estar dentro de nosotros mismos o fuera de nosotros mismos. Hay muchas tentaciones a nuestro alrededor, y hay muchas cosas que nos hacen regresar a creer que nosotros podemos aportar y abonar a la obra de Cristo, que nosotros podemos ser esos guías naturales para encontrar la verdad, alejados de Dios. Pero nadie puede realmente llegar al camino final de la santidad si no es guiado por el Espíritu de Dios.
No convertirnos en Ismael
Si una persona te persigue porque tú crees que la salvación vino a ti solo por la fe en Cristo, gloria a Dios. Ante la gracia de Dios, los religiosos siempre son los que más amenazados se sienten, los que buscan que sus obras sean un aporte a su relación con Dios. Esta inseguridad los hace hostiles al evangelio, algunos de manera consciente y otros de manera inconsciente, pero se niegan a creer que sus actos son inútiles ante Dios. Y nuestros actos son inútiles ante Dios; eso nos tiene que quedar claro, hermanos: que nuestros actos son inútiles ante Dios. A todos nos pasa, en mayor o menor medida. Tengamos cuidado de no convertirnos en ese Ismael y perseguir a nuestros propios hermanos. Nunca debemos olvidar que el Señor es quien nos capacita para ser iglesia; no somos nosotros. Y el testimonio que ahorita vemos de la familia Zacarías, algo que dicen es que, pues, finalmente es la obra de Dios. Nadie está apto para las misiones, nadie está apto para predicar la Palabra de Dios; es Dios el que capacita, es Dios el que nos da esa gracia para que nosotros nos atrevamos a compartir el evangelio aun a quien sepamos que nos va a rechazar.
Hijos de la libre: la familia de Dios
Pablo es enfático en recordarnos que no somos hijos de la esclava; somos hijos de la libre. La familia de Dios no es una familia étnica. No es que nacimos judíos, pero también no es que nacimos cristianos. Porque hoy podemos decir: "Bueno, es que nací en una cuna cristiana, nací en una familia cristiana". Sí, pero la salvación es estrictamente personal. Si tú no crees en esa promesa, si tú no crees en Cristo Jesús como esa promesa, aunque hayas nacido en cuna cristiana, posiblemente no eres cristiano. Tienes que tener esa fe en el Salvador, en el Hijo de Dios, y confiar en Él, y no en lo que te ha venido dado en la carne.
La familia de Dios es un reflejo de Cristo, es reflejo del cuerpo de Cristo, y es un reflejo de que ya no vivimos nosotros y que ahora vive Cristo en nosotros, y que con Él estamos juntamente crucificados, y lo que vivimos en la carne lo vivimos en la fe del Hijo de Dios. Aflicción, prosperidad, cualquier cosa que vivimos, lo tenemos que vivir como si Cristo lo estuviera viviendo con nosotros. Modelar a Cristo no es solo en la iglesia, no es solo con nuestro grupo de amigos cristianos; es en toda actividad que hagamos en nuestra vida: cuando somos padres, cuando somos hijos, cuando somos estudiantes, cuando somos maestros, en todo tiempo.
Y lo más importante de este pasaje que llevamos hasta ahorita es que descansemos en la gracia, que confiemos en que la justificación es por Cristo. Y esa gracia nos ayuda a no perseguir a quienes difieren de nosotros; nos ayuda a amarlos y a mostrarles el evangelio de manera completa, y la hermosura de Jesús. Esta libertad que nos ha dado tiene consecuencias y tiene responsabilidades.
Lectura de Gálatas 5:1-12
Y quiero leer aquí... vamos a pasar al capítulo 5, del 1 al 15, y dice el apóstol Pablo:
"Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud. Miren, yo, Pablo, les digo que si se dejan circuncidar, Cristo de nada les aprovechará. Otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la ley. De Cristo se han separado, ustedes que procuran ser justificados por la ley; de la gracia han caído. Pues nosotros, por medio del Espíritu, esperamos por la fe la esperanza de justicia. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión significan nada, sino la fe que obra por amor. Ustedes corrían bien; ¿quién les ha impedido obedecer a la verdad? Esta persuasión no vino de Aquel que los llamó. Un poco de levadura fermenta toda la masa. Yo tengo confianza respecto a ustedes en el Señor de que no optarán —no optarán— por otro punto de vista; pero el que los perturba llevará su castigo, quienquiera que sea. Pero yo, hermanos, si todavía predico la circuncisión, ¿por qué soy perseguido aún? En tal caso, el escándalo de la cruz ha sido quitado. ¡Ojalá que los que los perturban también se mutilaran!".
¿Por qué soy perseguido?
Ahorita continuamos con el 13 al 15, pero hasta ahí. Vemos aquí una pregunta que hace el apóstol Pablo: ¿Por qué yo soy perseguido aún? Si yo soy un judío de nacimiento, que estoy circuncidado conforme al pacto, que cumplo la ley, ¿por qué soy perseguido? La persecución viene precisamente por la ruptura cultural y tradicional que está haciendo Pablo aquí, al decir que no es necesario el cumplimiento de la ley, sino que estamos obligados a vivir en libertad bajo la buena noticia de Cristo, la buena noticia del evangelio, y que solo hay un solo evangelio, y que ese evangelio ya lo conocen y ya les está dado. "¿Por qué se empeñan?", les dice a los Gálatas, "¿por qué se empeñan en regresar al cumplimiento de la ley?". Si el yugo de ahora es más fácil: solo por fe, es solo por creer y confiar en el sacrificio perfecto de Cristo, en esa sustitución que Cristo ha hecho por nosotros.
Y, hermanos, cuando estuve estudiando esto, dije: "Esto es tan repetitivo". Y dije: "Claro, Señor, es repetitivo porque constantemente olvidamos que hemos sido salvados, y que el evangelio es lo que transformó nuestra vida, y no nuestra persona". Somos olvidadizos, y constantemente estamos creyendo que somos mejores que los demás; constantemente estamos pensando que nosotros estamos siendo fieles al Señor, y no nos damos cuenta que el Señor es fiel a nosotros. Nuestra fidelidad es tan pequeña y tan endeble.
El apóstol Pedro lo vivió: "Señor, contigo hasta el fin del mundo". Pero antes de que cantara el gallo, lo negó tres veces. Hermanos, nos puede pasar lo mismo. Hoy podemos decir desde aquí: "Estamos dispuestos, Señor, contigo hasta la muerte", pero a la mínima aflicción estamos queriendo resolver los problemas en nuestra fuerza. Cuando nos es encomendado un ministerio, creemos que depende de nuestro buen desempeño: "Así vamos a acomodar esto, así vamos a cantar estas alabanzas, y mira, vamos a predicar esto", y vamos a infinidad de estrategias para alcanzar a los perdidos. Cuando nos damos cuenta que todas esas estrategias no alcanzaron a nadie, nos damos cuenta que el único que puede alcanzar a esas almas perdidas, sedientas por escuchar el evangelio, es el evangelio, es Cristo.
Tenemos que recordarnos constantemente cuál es el evangelio y por qué estamos aquí. Estamos aquí por el evangelio y no por ninguna otra cosa. Es por Cristo que nuestra vida ha sido transformada, y que el Espíritu Santo ahora mora en nosotros.
Tradiciones y libertad
Y entendemos estas cosas cuando escuchamos de los Gálatas; decimos: "¿Por qué pueden estar creyendo esto? ¿Cómo es posible que crean esto?". Pero también en las iglesias evangélicas se vienen generando tradiciones que hoy las damos por ciertas y como obligatorias para todos, sin importarnos el contexto cultural de los demás. Tenemos que ser amorosos y entender a cada una de las culturas, y saber cómo podemos contextualizar para poder llegar a ellos, y que el evangelio sea esa semilla fértil en un terreno infértil. Y cuando hablamos de eso, no estamos hablando necesariamente de las montañas ni de la selva, sino que estamos hablando de tu propia familia: cómo alcanzar al que está perdido en tu casa.
Esa es la libertad que tenemos en Cristo Jesús. Es la libertad que tenemos para demostrarles a los demás que Él ha transformado nuestra vida, y que si hoy caminamos en santidad no es porque nadie nos obligue a caminar en santidad; que si hoy nos esforzamos en obedecer la ley, no es porque queramos agradar a un grupo de personas con las que nos reunimos los domingos. Es porque queremos agradar a Dios por lo que Él ha hecho por nosotros, por la adoración que nos produce el que nos haya librado de nuestra vida pasada, de la esclavitud del pecado, y que hoy libremente podemos amar a quienes incluso eran nuestros enemigos. Pero eso no es algo que nosotros podamos hacer; es algo que Dios ha puesto en nuestro corazón.
La distancia entre la santidad de Dios y mi pecado
El principio de la vida cristiana ocurre cuando me doy cuenta de la distancia que existe entre la santidad de Dios y mi naturaleza pecaminosa. Si no hay una conciencia de que yo soy pecador, el evangelio no está transformando mi vida. Si no hay una conciencia de que la santidad de Dios es inalcanzable, el evangelio no está transformando mi vida. Tenemos que ver esa distancia entre la santidad de Dios y nuestra actitud pecaminosa, que sigue en nuestra carne y que va a seguir habitando ahí hasta el último día de nuestras vidas.
Y de esto habla Pablo. Dice: si tú estás empeñado en poder conseguir tu salvación, porque te crees lo suficientemente apto para hacerlo a través del cumplimiento de la ley, a través de un pacto como es la circuncisión —un pacto humano que, si bien es cierto, en algún momento fue una ordenanza de Dios, Dios ya había dejado eso atrás por el cumplimiento de Jesús—, le estás diciendo precisamente a Jesús que lo que sufrió en la cruz, que lo que vivió en la cruz, que toda la humillación que recibió en Su Calvario, no fue suficiente; que tú tienes una opción mejor. Que por qué estaría bien que, si yo quiero tener un hijo, me allegue a mi esclava. Eso es lo que le estás diciendo a Dios: el sacrificar a Su Hijo no fue suficiente.
Y es que solo mediante la gracia del Espíritu Santo podemos alcanzar esa conciencia en nuestra mente y en nuestro corazón. Una vez que Cristo dio cumplimiento, resucitó, cumplió Su obra de manera completa, el Espíritu Santo, cuando nosotros creemos, el Espíritu Santo empezó a guiar nuestra vida; nos dio una conciencia que nosotros no teníamos. Dios ya nos conocía, pero nosotros conocimos a Dios en parte, en lo que podemos conocerlo humanamente y en lo que nos es permitido. Nos damos cuenta de la realidad de quién es Dios y Su majestad, y me permite descansar en esa obra perfecta de Jesús, y agradecer cada vez más esa gloriosa luz que me salvó.
Jesús dijo: "El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él", Juan 14:23. La santidad te lleva a amar a Dios y a obedecer Sus mandamientos, pero es por la obra transformadora del evangelio, solo en Cristo; y solo en Cristo hay salvación.
Llamados a libertad para amarnos (Gálatas 5:13-15)
Y los versículos 13 al 15 dicen: "Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado, no sea que se consuman unos a otros".
Amarnos. Creo que esto lo hemos escuchado muchísimas veces: amarnos unos a otros. Y creo que cualquier persona a la que yo le pregunte aquí me diría que entiende ese mandamiento, y que es un mandato, y nadie diría: "Lo estás inventando", ni podría objetar lo que está diciendo Pablo aquí. Pero, en realidad, ¿estamos viviendo ese amor? Y en realidad, ¿nos estamos amando? ¿Tenemos ese corazón dispuesto a servir? ¿Tenemos esa disposición de morir a nosotros mismos para darle vida al de al lado? Esposos, ¿están amando a sus esposas como Cristo amó a la iglesia?
A mí me cuesta trabajo pensar en eso. Ahora que tuvimos esta conferencia de matrimonios, recuerdo que esa era la frase continua: amar a tu esposa como Cristo amó a la iglesia. Esto es extensivo: amar a los demás como Cristo amó a la iglesia; amar a tu vecino como Cristo amó a la iglesia; amar a tus alumnos como Cristo amó a la iglesia; amar a tus hijos como Cristo amó a la iglesia; viendo primero por los demás antes que por tu comodidad y por lo que tú quieres, en este amor egoísta que vive dentro de ti, que vive dentro de mí.
Tenemos que mirarnos al espejo tal como somos, sin maquillaje, sin ningún filtro que nos pueda maquillar quienes en realidad somos. Tenemos que pedirle al Señor en nuestras oraciones que nos refleje quienes realmente somos, cuáles son nuestros pecados ocultos, que ni siquiera nosotros vemos, y que a lo mejor los otros tampoco los ven, pero que están ahí, dándonos la gloria a nosotros mismos. La libertad es para que podamos glorificar al Señor con todos los actos de nuestra vida. "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí". Tenemos que ser modelos de Cristo, hombres y mujeres que creen en Cristo, modelos de Cristo en cualquier lugar a donde vayamos.
Y esta pregunta nos la tenemos que hacer: ¿qué estoy haciendo yo con esa libertad que me ha sido dada? ¿Me amo a mí mismo más que a los demás, o en realidad sí estoy cumpliendo con ese mandato de amar a Dios sobre todas las cosas, y a mi prójimo como a mí mismo? Y amar más aún —también se las pongo más difícil, porque se las puso Jesús, no yo— a tus enemigos: aquel que te cueste trabajo, aquel que no quieres ver, aquel al que no has podido perdonar. A ese tienes que amar, y la mejor manera de amarlo es compartiéndole aquella buena noticia que transformó tu vida.
El nuevo nacimiento refleja un nuevo espíritu, el Espíritu de Dios, santo, eterno e incorruptible, que nunca cambia, y no le da ocasión a la carne, sino que está dispuesto a servir. En palabras de nuestro Señor Jesucristo, dice: "Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros; que como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros. En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros", Juan 13:34 y 35. Si esto no se ve en nosotros, tal vez no somos discípulos de Jesús.
Perdonar al prójimo incómodo
Cualquier pecado puede ser perdonado; el único pecado que no será perdonado es el de la incredulidad. Entonces, hermanos, todos nuestros pecados han sido perdonados si creemos en Cristo Jesús: todos nuestros pecados. Y el pecado también, el que te incomoda, de tu vecino, el de tu hermano, el de tu amigo, el de tu papá, el de tu mamá, el de tus hijos, también ha sido perdonado. Tienes que amar y reflejar el evangelio, y esa es una muestra de amor, y es perdonando aun el pecado de tu prójimo incómodo que te está molestando.
Los cristianos tenemos que enfocar nuestras mentes hacia nuestra identidad en Cristo, recordándolo constantemente, sabiendo que somos herederos de Dios, y que por la hermosura de Cristo nosotros somos realmente bellos a los ojos de Dios. Eso lo dijo también nuestro hermano Jonatán: somos bellos a los ojos de Dios, porque Dios ve la hermosura de Cristo, y gracias a Dios no nos ve a nosotros tal y como somos, aunque Él conoce quiénes somos mejor que nosotros. Pero si Él nos ve hermosos, y Él ve hermoso a tu hermano, ¿por qué tú quieres negar esa hermosura?
Conclusión
Hermanos y amigos, el cumplimiento de la ley es Cristo, y todos estamos necesitados de la gracia de Dios. Abracemos la libertad a la que hemos sido llamados en Cristo, y solo en Cristo. Hermanos, antes de terminar en oración, quiero llamar al grupo de alabanza, invitarlos para que adoremos juntos a nuestro Señor, y recordemos que nosotros sin Cristo no somos nada; con Cristo somos todo; que la verdadera libertad se vive a través del Hijo de Dios. Vivamos esa libertad a la que hemos sido llamados.
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