Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Gálatas 2:11-21GálatasRodrigo Gómez

JUSTIFICADOS POR LA FE SOLA

Transcripción

Introducción y lectura de Gálatas 2:11-21

Buenos días, hermanos. ¿Ya? Sí. Bueno, bueno. Bueno, vamos: después de esta cosa de la tecnología, que a veces parece que es mejor no tenerla, vamos a analizar Gálatas 2, del 11 al 21. Lo primero que quiero hacer es leerlo, para que podamos repasar, pasar por ese pasaje, y después de eso vamos a ir analizando ciertos aspectos de por qué Pablo está escribiendo esta carta. Si bien nuestro hermano Jonathan ya nos dio un contexto en general el domingo pasado, creo que hay cosas importantes que deberíamos de resaltar del capítulo anterior y de los versículos del capítulo 2 —gracias, hombre— que nos van a ayudar a entender cómo llegamos aquí, e incluso analizar por qué Pablo está haciendo lo que está haciendo en Antioquía frente al, junto con el apóstol Pedro.

Así que les voy a invitar... Yo voy a estar leyendo desde la Nueva Biblia de las Américas, así que es probable que se vea algo diferente si tienen alguna otra versión. Entonces empezamos, Gálatas 2, del 11 al 21. La Palabra del Señor dice:

"Pero cuando Pedro vino a Antioquía, me opuse a él cara a cara, porque él era digno de ser censurado. Porque antes de venir algunos de parte de Jacobo, él comía con los gentiles, pero cuando aquellos vinieron, Pedro empezó a retraerse y apartarse, porque temía a los de la circuncisión. Y el resto de los judíos se unió en su hipocresía, de tal manera que aun Bernabé fue arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban con rectitud en cuanto a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: 'Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué obligas a los gentiles a vivir como judíos?'. Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores de entre los gentiles; sin embargo, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley, puesto que por las obras de la ley nadie será justificado. Pero si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros hemos sido hallados pecadores, ¿es Cristo entonces ministro del pecado? ¡De ningún modo! Porque si yo reedifico lo que en otro tiempo destruí, yo mismo resulto transgresor. Pues mediante la ley yo morí a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano". Amén.

Cómo llegamos a este momento

Entonces, hermanos, llegamos a este momento. Es un momento particularmente... hay pocos momentos como estos en la historia de la primera iglesia, y de la iglesia en general. Creo que si estuviera pasando hoy, tal vez veríamos algunos asuntos diferentes. Pero hay algunas cosas que quiero destacar antes de entrar particularmente al texto, y es, como nos decía Jonathan el domingo pasado, algo que está pasando en el objeto, o el objetivo, de esta carta: que Pablo está escribiendo a los de Galacia porque claramente está viendo que hay un problema en lo que se está enseñando. No solamente es un tema de una actitud. Hay algunas personas —dice por ahí en el capítulo 1—, personas que se infiltran, ¿no?, a escondidas, que están dando otro evangelio.

E incluso una parte importante del juicio de Pablo, y se puede decir de tal manera así, es que él dice que están anunciando... incluso advierte a la iglesia: si alguien, quien sea, si nosotros o un ángel del cielo viene y les anuncia un evangelio diferente, es una maldición; considéralo una maldición, ¿no? Y no lo dice una, sino dos veces a lo largo de estos primeros capítulos. Por otro lado, y también haciendo un recuento de eso, Pablo, cuando por el poder del Espíritu Santo es confrontado por Jesús en el camino a Damasco, automáticamente —y aquí lo dice, ¿no?, él está contando qué es lo que hizo enseguida, enseguidita— no fue y dijo: "Voy a hablar con las personas importantes de la iglesia en Jerusalén, porque necesito que alguien me respalde". Él se fue y dijo: "No fui enseguida que pasó esto, sino me fui a Arabia; pasé tres años", seguramente estudiando; yo diría procesando todo lo que le había sido revelado en el camino a Damasco.

Y otra de las cosas que es importante es: "Ya después de eso fui a Jerusalén", ¿no? Y ahí nos habla más o menos en el capítulo 1, ahí en el versículo 18, dice que subió a Jerusalén para conocer a Pedro, estuvo con él 15 días, y dice después que no vio a ninguno de los otros apóstoles, sino a Jacobo, el hermano del Señor, y después fue a Siria y Cilicia. Y en ese momento de su ministerio era muy pronto; nadie lo conocía como el apóstol Pablo, misionero, que ha hecho todos estos viajes, el que había de anunciar a los gentiles el evangelio de Jesucristo. Pero la gente... y pienso en esto, ¿no?, el calificativo de Pablo, y que Pablo particularmente lo escriba así.

No sé si se acuerdan: Pablo en otras cartas habla de toda su —digámoslo así— su preparación, que era un fariseo, que era de la tribu de Benjamín, etcétera. Y él en otras cartas les dice —y lo vamos a ver más adelante—: "No quiero gloriarme en esto; tengo toda esta preparación, tengo todas estas credenciales, pero eso no es lo que importa", ¿no? Y es algo que es consistente en las cartas a las iglesias. Pero en este caso todavía creo que da un paso más Pablo al presentarse así en su carta: "La gente ni siquiera me conocía; lo único que sabían de mí es: 'Este era el que perseguía la iglesia, y ahora ya no, y ahora predica'". Entonces no tenían mucha referencia.

Pasaron otros 14 años, hermanos, para que Pablo regresara a Jerusalén, ¿no? Y ahí es muy enfático Pablo, diciendo en el capítulo 2, en la primera parte... él no quiere... él dice: "Yo no fui con nadie que tuviera una reputación; no voy porque necesite la reputación de esas personas". Pero claramente necesitaba que entendiera la gente que estábamos hablando del mismo evangelio, ¿no?

Judíos y gentiles en la primera iglesia

Una de las tentaciones que había —y ahorita lo vamos a ver más profundamente conforme avancemos—, una de las tentaciones que había en la primera iglesia era este mundo de los judíos y los gentiles, ¿no? Los judíos, si bien entendían y llegaron a la fe en Jesús, seguía ahí, ¿no?, seguía algo como molestando. Había algo de orgullo étnico, digamos, o nacionalista, ¿no?, como que los judíos no acababan de dejarlo ir. Y eso habla de estos que se meten a escondidas en la iglesia enseñando este otro evangelio, este otro evangelio que tiene que ver con hacer cosas, con ser judío, ¿no?

Entonces, aquí habla Pablo en los versículos previos, del 1 al 10: "Y me acerqué a esta iglesia, regresé, porque era muy importante que habláramos de estas cosas, que esto no podría seguir siendo así. Yo tenía que hablar incluso con los apóstoles para decirles: 'Oigan, está pasando esto'". Y es un problema, porque si el camino hubiera seguido de esta manera, hoy el cristianismo podría verse de dos formas distintas, depende de dónde vienes, ¿no?: "¿Eres judío? Tú vives el cristianismo y tu fe en Cristo de esta manera: tienes que vivir conforme a la ley judía".

"¿Pero crees en Jesús?". Y los gentiles hubieran dicho: "Yo no puedo hacerme judío; entonces tengo que vivir conforme solo a la fe". Y entonces se verían radicalmente dos vías completamente, pues sí, en su práctica, distintas del cristianismo, ¿no? Gloria a Dios, porque eso no sucedió, y el Señor a su tiempo encaminó el verdadero evangelio a todos, a judíos y a gentiles. E incluso en este encuentro, después de... ahora piénsenlo así: después de 17 años se acerca Pablo a la iglesia en Jerusalén, se encuentra a estos apóstoles, y él dice: "A mí no me obligaron, no nos obligaron a hacernos como judíos". Perfecto, ahí está.

Pero cuidado: hay personas ahí que están enseñando un evangelio diferente. Ni siquiera Tito, que era griego —o sea, era gentil como tal—, fue obligado a circuncidarse. Perfecto, ¿no? Y dice aquí que los apóstoles le extendieron la diestra de compañerismo. Eso significa que avalaban su ministerio, en un sentido de que todas las iglesias, todos los que vinieran a la fe en Jesús, iban a entender: "Claro, ellos les predican a los judíos; ellos, Pablo y Bernabé y Tito, les predican en este momento a los gentiles, pero es el mismo evangelio. OK, sí, todos estamos de acuerdo. Perfecto", ¿no?

Pedro en Antioquía

Y entonces parece muy particular lo siguiente que pasa, y lo que acabamos de leer, ¿no? Se dan la diestra de compañerismo, "estamos perfectamente de acuerdo", y lo primero que pasa en este pasaje que estamos analizando hoy es que ya no fue Pablo a Jerusalén, sino Pedro visita Antioquía. Y al parecer, por cómo se dan los hechos, Pedro llega antes que otros hermanos de la iglesia en Jerusalén, porque dice que él estaba comiendo, y los días anteriores él comía feliz con todos, se sentaba a la mesa.

Ahora, es bien importante, hermanos, que entendamos ciertos contextos sobre la situación. Cuando dice que se sentaban a comer, no solamente se refería a sentarse a comer el desayuno o la comida, como si fuera solo el alimento. Es muy probable que mientras comían, en alguna de las comidas, los primeros cristianos celebraban —porque lo dice Hechos— celebraban la Cena del Señor. Entonces no solamente era un aspecto de saciedad física; era un aspecto de saciedad espiritual, era una declaración, mientras comían, de la unidad del evangelio. Así que el que se diera esta situación era un problema grave.

Pero por eso digo que parece muy, muy particular esta situación: porque vienen de darle la diestra de compañerismo, de decir "sí, tenemos un solo evangelio", y de repente llega Pedro, ¿no? Y como vemos las cosas, un día está bien, comparte con todos; al día siguiente llegan sus amigos de Jerusalén y ya no se sienta con ellos, ¿no? Y el que no se siente con ellos, como lo decía, no solamente es un tema de —y lo diríamos hoy— de tribus o de grupos: "Ay, no, pues es que ya vinieron mis amigos, quiero ver cómo les fue en el viaje, me voy a sentar con ellos". El aspecto que realmente estaba mostrando era una división, y estaba alejando o separando a los que no eran judíos de la participación, incluso, de la mesa del Señor durante las comidas. Entonces, claro que era un tema grave.

Y lo digo porque quiero que piensen también en las reputaciones, que también creo que es algo importante y que está en juego, entre líneas, en estos pasajes. Pedro, para este momento, muy probablemente era, si no el más respetado, uno de los pastores de la primera iglesia más respetados de toda la primera iglesia. Entonces, que llegue alguien que unos años antes era solo conocido por haber sido perseguidor de la iglesia, y después hablar de alguien que no era judío, ¿no?, alguien que lo enfrente cara a cara...

Quiero que imaginen esto. A veces pasa, y quiero que lo veamos... a lo mejor en unos términos más modernos nos va a ayudar a verlo. Imaginen algún video que han visto, ¿no?, de alguien que sube a redes sociales, y se están peleando, y entonces, claro, está evidente, y uno se pone de un lado y otros del otro, y uno le habla fuerte, y grita, y todo, ¿no?, y lo expone, y cada quien toma su partido. Pero imagínense que están en una reunión que se supone que es para celebrar, ¿no?, celebrar el partimiento del pan, el compartir la copa, estar todos juntos, la unidad del evangelio que salva tanto a judíos como a gentiles. Y de repente se para alguien en Antioquía, que era la iglesia de Pablo, y dice —Pablo—: "No estoy de acuerdo contigo". Pero no solo "no estoy de acuerdo contigo": dice aquí que era digno de censurar; otras versiones dicen "digno de condenar".

Entonces piensa en esto: el apóstol más respetado, posiblemente, de la primera iglesia, siendo confrontado por otro judío que además les anuncia a los gentiles. Y no sé si se dieron cuenta en estas palabras —digo, es importante—: en el versículo 15 dice: "Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores de entre los gentiles". Para los judíos, no ser judío era automáticamente ser pecador, o sea... Y de hecho había una palabra que significaba, en este caso, "perro", ¿no? O sea, todos los que no eran judíos eran perros, ¿no?; o sea, no merecían sentarse a la mesa, no merecían eso. Era como: "Ustedes no están aquí invitados". Y ahí se expresa de esa manera porque Pablo estaba atestiguando un problema muy, muy grave.

Hipocresía, no herejía

Ahora, el problema no era tan grave como para decirle algo que nosotros a veces, en nuestros tiempos, nos apresuramos a hacer: decirle hereje a Pedro. No, no le estaba diciendo... ni siquiera le estaba diciendo: "Estás anunciando un evangelio diferente, sea anatema lo que estás diciendo". Porque no, eso no es lo que está diciendo aquí. Lo que estaba pasando es —y se dan cuenta, y es importante poner atención en las palabras precisas—, dice aquí, en el versículo 14: "No andaban con rectitud en cuanto a la verdad del evangelio". De cierta forma, se habían desviado del evangelio.

Ahora, Pablo usa la palabra "hipocresía". Hipocresía es cuando yo sé algo y no actúo conforme a eso; soy hipócrita en ese sentido. Entonces, si yo no ando conforme a la verdad del evangelio... Claramente Pablo sabía que Pedro conocía el evangelio, ¿no? Eso no está en tela de juicio, ni llegó a pensar incluso Pablo que Pedro estaba en una situación, pues, ya así de herejía, ¿no?, o de abandono de la fe, o de apostasía.

Sino que, si ustedes recuerdan, en Hechos 10, una de las primeras cosas que pasa con Pedro es que Pedro —claramente su personalidad lo llevaba a eso— había un celo judío en él. Y en Hechos 10 se habla de esta visión que tuvo Pedro, ¿no? Dios le da una visión a Pedro para decirle —Jesús—, para decirle, bajando todos estos animales, ¿no?, estos animales que eran considerados impuros, que claramente no se podían comer siendo judíos; bajan del cielo, ¿no? Y entonces le dice: "Nada de lo que Dios ha limpiado es inmundo. Entonces ya basta con estas cosas". Y claramente por eso Pedro estaba comiendo con los gentiles, porque eso ya, en su cabeza y en su corazón, era verdad.

El miedo de Pedro

Pero entonces, ¿qué pasa? Algo se mete. ¿Cuál es la razón por la que Pedro reacciona así? No era porque ya no creía eso. Dice aquí: por miedo a los de la circuncisión. Entonces hay un factor externo que mueve, o que estorba, en la vida de Pedro, como reflejo de lo que él había creído. Él lo sabía así, completamente; había recibido una visión de parte de Dios. O sea, no podía decir: "Alguien me contó que ya podíamos comer de todo". Jesús mismo se reveló en sus sueños, en una visión, diciéndole: "Todo es puro, ya hagan esto", ¿no?

Pero aquí le da miedo. Le da miedo... puede ser... podemos preguntarnos: su reputación o su nombre. Tal vez le había pesado muchísimo esto, ¿no?; le había pesado ser uno de los apóstoles más influyentes de toda la primera iglesia, el pastor de la iglesia de Jerusalén, ¿no? O sea, tal vez solo estoy asumiendo, porque claramente esto no lo dice; solo dice que le daba miedo, ¿no?, le daba miedo lo que pensaran otros. Y eso trajo mucha desdicha a este pasaje.

La valentía de Pablo

Ahora, la otra posibilidad es que en este contexto Pablo se echara para atrás, y él, por miedo, no hablara, ¿no?, de la misma manera que Pedro no comía con los gentiles después de que llegaron sus amigos de Jerusalén, ¿no?, sus feligreses, la gente que confiaba en él. Pablo podría haber tomado la misma actitud, y por miedo a ser censurado, o por miedo a que no validaran a los gentiles, ¿no?, o por miedo a decir: "O sea, ¿tú quién eres?", ¿no? O sea: "Sí, claro, tú estás aquí, pero todos los judíos nos vamos de este lado". Y es aquí donde se hubiera podido producir esta separación incompatible con el evangelio, ¿no?, donde todos eran iguales y recibidos y adoptados por la fe en Jesús.

Pero Pablo no tuvo miedo. Pablo dijo: "No importa; esta situación es tan digna de censurar, de condenar; estamos hablando del evangelio mismo". Y creo que lo hacía por su iglesia, por los gentiles; lo hacía por la iglesia en Jerusalén, pero también lo hacía en amor a Pedro, ¿no? O sea, aunque trabajaban en lugares diferentes, había algo que los unía tan fuerte que podía decir: "Lo siento, tal vez va a ser un trago amargo, tal vez voy a echarme a gente encima, tal vez va a haber personas que tengan una opinión, o van a decir: '¿Por qué fuiste tan duro, Pablo?'". No... "No tienes que decírselo enfrente; podías agarrarlo atrás y decirle: 'Oye, mira, pero ¿qué onda?, ¿qué te está pasando?'". O sea, podría haber pasado eso.

Pero lo que está pasando aquí es que el asunto es de tanta relevancia —que es la verdad y la centralidad del evangelio— que lo que hace Pablo es: "Quiero que tú escuches, y quiero que todos escuchen, porque estamos hablando del evangelio. No estoy diciendo nada que no diría enfrente. Entonces hagámoslo, platiquemos: tengo que decirte esto".

Una actitud que parece inocente

Y ahora, una vez que hemos entendido un poco el contexto, quiero tocar algunos temas. Lo que ya venía diciendo es que lo que estaba haciendo Pedro, en una sola actitud, parece tan inocente... Yo no sé ustedes qué piensen; yo me puse a pensar en estos ejercicios de, pues, de imaginación, ¿no?, pensando qué hubiera pasado, qué pasa hoy. Es más: si yo veo a alguien de mi iglesia o de otra iglesia que está haciendo algo diferente, ¿qué es lo primero que hago?, ¿no? Y la respuesta puede variar, ¿no? O sea, pero a lo mejor lo primero es que, depende de qué tan cerca está eso de mi corazón, va a haber una reacción más fuerte o más sutil, ¿no?

Entonces voy a poner un ejemplo —y claramente esto sería digno de condenar como lo hizo Pablo con Pedro—, pero imaginen que vamos a una iglesia que es de otra denominación y hacen las cosas diferentes. Nuestros hermanos, en una iglesia, cantan con mucho ánimo, bailan en sus lugares y aplauden mientras cantan. Y yo voy ahí, ¿no?, y vengo de una tradición que es mucho más formal, ¿no?, todos nos vestimos bien; esos hermanos además se visten con jeans y playera. De nuevo, ¿eso sería digno de condenar hoy? A ese punto voy. Pero ¿cuál sería mi primera reacción? Es muy probable que en algunas situaciones yo reaccionara y dijera: "Este hermano no anda conforme al evangelio". ¿No estaría yo equivocado? O podría tomar la otra postura y decir: "No, pues es que en el evangelio todo está permitido; somos tan libres que podemos hacer exactamente lo que queramos". Y de nuevo estaría en uno de los dos extremos, que no son el evangelio.

Y lo que está pasando, hermanos, aquí es que, como les decía, no está hablando de apostasía o de herejía; está hablando de un desvío, y un desvío que era momento de ser corregido. Y era un desvío que se reflejaba en una actitud tan sencilla como no sentarse a comer con alguien, o, aparentemente, como no sentarse a comer con alguien. Y eso es algo que vemos aquí, ¿no?, y voy a llegar a ese tema también, hermanos. Pero la causa que había —y ya lo dije—... hay tres causas por las cuales esto estaba pasando, y son cosas que pueden afectarnos hoy a nosotros, posiblemente de maneras distintas.

La ley nos persigue

Nosotros somos gentiles, ¿no? Entonces no tenemos ese problema. Pero a veces la ley, y las obras de la ley, y la justicia que es por la ley, nos persigue. Yo no sé ustedes, pero a veces, sin querer, ya estoy viendo mal a un hermano, o estoy pensando algo de un hermano; o alguien postea o publica algo en redes sociales luego luego, y digo: "Este hermano anda bien mal", ¿no? Y me dan ganas de pararme enfrente y hacerlo enfrente de todas las personas, como lo hizo Pablo, ¿no? Estoy exagerando, no haría eso; pero a lo que voy es: eso se convierte en un mensaje, en un comentario en Facebook, ¿no? Y entonces vemos que alguien pone algo, y: "Hermano, tienes que tener cuidado, porque mira la Biblia...". Y entonces damos una lección ahí de moralidad, o de conocimiento enorme, que nos pone en una situación...

¿No? A veces no somos lo suficientemente valientes como para defender el evangelio en situaciones como lo hizo Pedro, ¿no? Nos echamos para atrás y decimos: "No, esto no", o "No es la mejor manera", o "Bueno, ya el Señor le enseñará". No, creo que a veces tomamos esas actitudes. Y aquí nos damos cuenta de que si hay algo que atenta contra el evangelio, es digno de ser confrontado de una u otra manera. Tal vez las formas y los métodos sean distintos, tal vez nuestras personalidades influyen, pero si vemos a alguien —y el llamado es claro—, o sea, vemos a alguien que está desviándose del evangelio; si está empezando a creer cosas que no tienen que ver directamente con su salvación, con su fe; si empezamos a ver a un hermano o una hermana que crecen raíces de amargura en su corazón, porque dicen: "Es que quiero hacer esto y no puedo, quiero hacer esto y no puedo"; y empezamos a ver a un hermano tan enfocado en lo que hace, en cómo se ve exteriormente...

Si estamos en esta situación, es lo que nos dice este pasaje: acérquense y confróntenlo, hablen con él, porque el evangelio es más importante que su reputación, incluso que producir un momento amargo, incluso que producir incomodidad, ¿no? Jesús mismo dijo, ¿no?, que el evangelio divide, es una espada, ¿no? Entonces tenemos que tener eso en la mente cuando analizamos pasajes como este, cuando pensamos en las obras y en la fe.

Porque creo que la mayoría de nosotros, si tenemos suficiente en el Señor, y hemos escuchado y leemos nuestra Palabra, creo que la mayoría podríamos afirmar esto: la justificación es por fe en Cristo Jesús solamente, y no por obras. Sin embargo, a veces nos encontramos en situaciones en que sí queremos reproducir esas acciones; sí queremos decir: "Híjole, yo hago esto y yo hago lo otro". Vemos incluso gente que dedicó su vida entera, y lo vemos en esta parábola de Jesús, ¿no?, cuando están estos dos, ¿no?, los cabritos y los chivos, frente a Él en el juicio final, y Jesús les dice: "No los conocí". Ellos dicen: "Pero hice esto, y esto, y esto, y me paraba bien, me vestía perfecto, hablaba bien, no perseguía...; la forma en que me comportaba en la iglesia siempre era buena, leía mi Biblia todas las mañanas, era gentil con las personas, nunca robé, nunca maté. Entonces, Señor, ¿cómo que no puedo entrar?", ¿no?

Y aquí está claramente... creo que está claramente expresado que podemos pensar cosas de nosotros mismos, y la tentación es creernos mejores de lo que somos, creer que podemos controlar hasta cierto punto las obras que hacemos, las cosas que cumplimos, y tendemos a menospreciar las cosas que no cumplimos. Tendemos a vivir con la idea de que vivimos por fe, de que todo ha sido cumplido por Jesús, de que no hay nada que no pueda ser perdonado por Jesús, y sin embargo nos encontramos haciendo cosas, exigiendo cosas, a veces viendo de reojo, mal, a una persona que no hace las cosas como nosotros las hacemos. Y claramente aquí está diciendo: si está atentando contra el evangelio, haz esas cosas: habla, pelea, discute, enseña, exhorta. Pero hay cosas que no lo son, y aun así peleamos. La mayoría de las cosas que nos dividen muchas veces como iglesia no tienen, precisamente de manera esencial, que ver con el evangelio; tienen que ver con nuestras prácticas, con nuestros gustos, con nuestro carácter, con nuestra personalidad.

Y eso atenta contra el evangelio; está presentando un evangelio diferente. No como el que estaba presentando Pedro, sino como el que estaban presentando todos estos maestros que se estaban metiendo; le estaban diciendo a la gente: "Oye, sí, crees en Jesús, está perfecto, pero tienes que comer kosher, pero te tienes que vestir así, pero tienes que observar todas las fiestas judías; además, no puedes mezclar estas cosas". Y yo una vez estaba estudiando Deuteronomio, y hay una de esas leyes que nunca se me olvida, cuando quiero dar un ejemplo de una ley que no entiendo y que claramente tenía su... apuntaba al evangelio, y es: "No cocerás el cabrito en la leche de su madre", ¿no?

Y entonces hay muchas cosas; no quiero entrar en detalles de eso. Pero a lo que voy es: si fuéramos exagerados, podrían decir estos judíos: "Sí, crees en Jesús; vas a ser salvado por la fe en Jesús, pero no se te olvide que cuando estés en tu casa no cocines el cabrito en la leche de su madre", ¿no? E imponían... Y creo que, digo, Fran nos dio hace un par de miércoles una buena lección de las leyes de los sacrificios y ceremoniales, ¿no? Entonces, si quieren ver, vean Levítico, levanten Levítico, y digan, piensen en esto: los judíos —perdón—, la iglesia, los que están discutiendo con los gentiles, estaban diciendo esto: "Crees en Jesús, pero no es suficiente; tienes que creer en Jesús y hacer todas las cosas que dice Levítico, y cumplir todo lo que dice Deuteronomio así, al pie de la letra; si no, como que no estás haciendo lo que deberías de estar haciendo, y Dios no se va a agradar de ti, y posiblemente no te vas a salvar", ¿no?

La mesa dividida

Y lo que estaba causando esto —y ya se los contaba—, principalmente la preocupación, no solo era la actitud de Pedro. Era lo que Pedro, como representante de la iglesia en Jerusalén, de la predicación del evangelio y de la adopción de los judíos ahora como una extensión, como el pueblo de Dios —pero ya no el pueblo de Dios por las obras y por su dignidad, sino por la fe en Jesús—... Ya no solo era eso; era: "Tú les estás enseñando a otras personas que eso está bien. Tú estás creando una serie de personas y de iglesias que creen que tienen que hacer cosas. Y vas a ver a unos débiles en la fe que se lo van a tomar muy en serio, ¿y sabes cómo van a terminar? Tristes y amargados, porque no pueden vivir así", ¿no? Y entonces causaba división.

Imagínense una mesa gigante, como las que luego hacemos aquí, y juntamos a todos. Y entonces de repente llega Pedro, y Pedro está platicando con ustedes, está diciendo: "Sí, la fe en el Hijo de Dios; todo está consumado; Jesús entregó esto". Y les cuenta algunas historias, e incluso a lo mejor les cuenta cuando pudo confesar, por revelación de Dios, que Cristo era el Hijo del Dios viviente. Ya, a lo mejor les cuenta todo esto, ¿no?, y está con todos los gentiles. Y al día siguiente es: "Pedro, Pedro, te guardamos un lugar", y Pedro haciéndose hacia un lado y diciendo: "Creo que no escuché. Ah, oigan, es que tengo que estar... O sea, tengo que estar con mis amigos; ya vinieron, quiero ver cómo están". Y de repente hacen esto, y lo que les decía: son perros contra judíos; gente que no merece nada, según la tradición judía, y personas que lo merecen todo porque son judíos, pero además ya creen en Jesús, ¿no?

Y entonces los ven allá, y de repente pasan con el pan, y dicen: "Vamos a partir el pan", y por la actitud de los de Jacobo, los que venían de Jerusalén, digan: "Ustedes no; no vamos a pasarles los vasitos ni el plato con el pan, porque ustedes no tienen esto. Ustedes no están respetando la ley judía, no están comiendo las cosas que deben de comer, no se están vistiendo, no están actuando, no están haciendo todo lo que se supone que hagan como cristianos". Pero quiero que escuchen esto. O sea, parece tan exagerado, pero el problema con esta declaración, con esta actitud de la iglesia de Jerusalén, de los judíos, era que estaban diciendo muchas cosas. Estaban diciendo: "Lo que Cristo hizo no es suficiente; tienen que agregarle algo, tienen que hacer algo".

¿Cómo se ve eso hoy?

¿Y cómo se ve eso hoy para nosotros, hermanos? Creo que es una pregunta sensata que hacer. ¿Creemos completamente en la suficiencia de lo que Jesús hizo en la cruz, que al declarar antes de morir "consumado es" en verdad está consumado? ¿O hay un celo en nosotros, hay un rigor en las cosas que se hacen, que produce en nosotros una actitud que rechaza a otros, una actitud que dice: "Híjole, es que este hermano ya viene mucho, y tiene un montón de tiempo acá, y no deja eso; ese hermano, que se vaya para acá; ese no puede comer con nosotros"? ¿O cómo se ve que un hermano, por la forma en que creció en una iglesia, tal vez de otra tradición o de otra denominación, llegue acá, y lo único que recibe cuando le hace una invitación en redes sociales a alguien es ver una serie de memes burlándose de la manera en que él mismo se expresa, alzando las manos mientras canta?

Entonces parece tan sutil, hermanos, pero este engaño es tan profundo, y es algo que llevamos más de 2000 años viviendo, ¿no?, esta forma que, desde la entrada, tal vez desde los púlpitos en muchos casos, se enseña. Pero también la manera en que nosotros, como miembros de la iglesia, como gente que hemos creído el evangelio, a veces tendemos a tomar actitudes que dicen: "Cristo no es suficiente". Y anunciamos un evangelio diferente, somos hipócritas, hacemos a un lado a la gente. Y posiblemente es porque eso nos hace sentir mejor con nosotros mismos; puede ser porque nos sentimos más acogidos con otras personas; puede ser porque encontramos nuestro grupo, ¿no?

Mi propia historia

Y de verdad, hermanos, durante estos últimos años... y lo cuento así, ¿no? Yo crecí en una iglesia muy fundamental en sus preceptos. Yo durante mucho tiempo creí que las cosas que hacía eran más importantes que lo que yo creía. Y claramente no lo expresaba así, ¿no?; no iba con todo el mundo a decir: "Lo que yo hago es más importante que lo que creo". Pero claramente lo que yo hacía, y la manera en que yo vivía... O sea, yo me sentía orgulloso por no tomar, o por no fumar, o por no decir groserías, o por ir seis o siete días a la semana a la iglesia, o estar en un montón de ministerios, o hablar con muchas personas, o subirme al metro a predicar, ¿no?, sin temor y muy valiente: Rodrigo, que hacía estas cosas.

Y después de 20, 21 años de intentar vivir por mis propios esfuerzos —que, aunque yo creía la verdad, y aunque creía que había poder en lo que Jesús hacía, era más importante para mí lo que yo estaba haciendo—, entonces, ¿qué pasó? Mi suficiencia se rompió. Y en lugar de correr a los brazos de Jesús y decir: "Jesús, quiero creer que esto es real, que esto es suficiente, que no hay nada que yo pueda hacer por mí mismo para salvarme, que todo lo has hecho Tú", en lugar de eso, lo que dije es:

"Jesús debe estar muy decepcionado de mí; seguramente no quiere gente como yo ahí, como parte de sus hijos o de gente que sirve". Y esa suficiencia, esa autosuficiencia —que es muy chistoso que uno usa esa palabra, porque uno no es suficiente—, pero esa suficiencia que creía tener en mí mismo me hizo alejarme de Dios; alejarme de Dios ocho años. Y no les cuento esto porque sea más importante mi testimonio, pero quiero que vean el impacto profundo que tiene creer este falso evangelio, esta —aunque parezca pequeña— desviación de la centralidad del evangelio.

La solución: justificados por la fe

Y entonces, ¿cuál es la solución, hermanos, a esta mentira, a este error, a esta falta de consideración, a este creer que vivimos por nosotros mismos, creernos mejores, a criticar... lo que nosotros somos buenos y a escondernos en lo que nosotros no somos buenos? ¿No? ¿Cuál es la solución? Y Pablo... no hay, hermanos —yo podría decir, al menos en esta carta—, no hay una declaración más real de la justificación solamente por la fe que el versículo 16, ¿no? Dice: "Sin embargo, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley, puesto que por las obras de la ley nadie será justificado".

Entonces no hay categorías de personas especiales que sí van a ser justificadas por la fe; no existen. Si Cristo no es suficiente, o si no creemos que Cristo es suficiente, entonces estamos perdidos, hermanos. Vamos a pasar nuestra vida entera creyendo que estamos haciendo méritos, subiendo en el cuadro de honor, siguiendo en la lista de gente que está más cerca de Dios, o que creemos, para darnos cuenta de que Él nunca nos conoció.

Así que en esta declaración, hermanos, lo que está queriendo decir Pablo, de nuevo, no es decirle a Pedro y a los de Jerusalén: "Ustedes son apóstatas", sino: "Tienen que hacer así: reencaminen, realicen, regresen a las cosas que son suficientes". Y en ese caso, hermanos, hay algo muy particular, y hay una pregunta que parece un poco extraña, porque uno diría: "¿Cómo te atreves a hacer esta pregunta?", ¿no? Pero Pablo la hace, y claramente no como una declaración, sino solamente como un ejercicio: "Quiero que entiendan esto", ¿no?

¿Es Cristo ministro de pecado?

Dice aquí, en el versículo 17: "Si buscamos ser justificados en Cristo, también nosotros hemos sido hallados pecadores, ¿es Cristo entonces ministro de pecado? ¡De ningún modo!". Entonces piensen en esta otra frase de la Palabra, en una de las cartas de Pablo, donde dice: "¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?". Es otra forma de decirlo, y Pablo mismo lo dice, y dice: "De ningún modo". En este caso está diciendo: "Oigan, pero a ver, yo soy un judío. Entonces lo que digo es: si ustedes solamente son justificados por lo que creen, por la fe en Jesús, y nada más, y no por comer kosher, o por vestirse así, o por celebrar todas las fiestas; si no hacen eso, entonces, cuando ustedes no cumplen... o sea, tienen esa fe, ¿cómo se supone que se justifique esto?".

O sea, porque para los judíos era eso. O sea, los judíos podían pecar, y traían su sacrificio, y se lo presentaban al sacerdote; el sacerdote lo presentaba y decía: "En el nombre del pueblo, Señor, pedimos esto para que traigas perdón", ¿no? Y el mismo sacerdote, el sumo sacerdote, pedía perdón por sus propios pecados. Entonces yo creo que es una pregunta sensata en estos momentos de la primera iglesia: "Toda nuestra vida nos han enseñado que si yo hice algo que ofende a Dios, traigo mi sacrificio, ¿no?, y depende del tamaño de mi sacrificio, pues voy a estar mejor con Dios; se lo entrego al sumo sacerdote y ya estoy bien. Entonces, ¿ustedes solo creen? ¿Cómo funciona eso? No, no entiendo. Entonces, cuando ustedes pecan, ¿entonces es culpa de Jesús, porque ustedes creen eso? Porque entonces Jesús tendría que haberlos ayudado; si ustedes creen esto, Jesús tendría que hacer que ustedes no pequen, ¿o cómo?, ¿no?".

O sea, y son todas estas preguntas que yo me hacía de manera sensata para tratar de entender qué es lo que estaba pasando con estas personas. Estaban tan cerca de su ley sacrificial, estaban tan cerca de su celo étnico... Debe haber sido un shock. O sea, piénsenlo así: el pueblo de Dios, con todas las promesas desde Abraham, Isaac, Jacob, ¿no?, y todas las tribus, y de repente le están diciendo: "Mira, todo eso ya fue cumplido; ya no tienes que depender de eso". Como que: "No, yo pienso... ¿y esto?, como que ya no tengo nada en la mano; ya no sé cómo ayudarme, ya no sé cómo estar en paz con Dios, porque no acabo de creer esas cosas".

Y lo que está diciendo Pablo aquí, en respuesta: "En ningún modo". No se trata de eso; no se trata de lo que tú vivas, no se trata de lo que tú hagas, no se trata de añadir absolutamente nada a lo que Jesús hizo. Pero la pregunta permanece; la pregunta de los judíos permanece: ¿cómo se supone que haga esto? ¿Cómo se supone que viva la vida cristiana? ¿Cómo se supone que lidie con el hecho de que sigo pecando, aunque creo en la justificación por la fe, aunque creo que Jesús hizo todo? ¿Cómo vivo? ¿Cómo vivo de tal manera que estoy seguro de que estoy haciendo las cosas que debería de estar haciendo, y que cuando llegue delante de Dios voy a ser encontrado justo? ¿Cómo lo hago? Porque no entiendo, no entiendo.

Pasos y preceptos

Cuando yo hago cosas es más fácil; digo: "Hice lo que tenía que hacer". Y por eso son tan atractivas hoy las predicaciones que escuchamos donde te dicen: "Tres pasos para hacer mejor las cosas delante de Dios", "Tres pasos para encontrar la voluntad de Dios", "Cinco pasos para...". Y eso a la gente, diría, nos encanta, porque nos da un terreno, de una forma, un poco más firme, o creemos que nos da un terreno más firme, porque hicimos: "Ah, claro, ahora voy a hacer estas tres cosas". Hago tres cosas: "Perfecto, ya hoy las cumplí: me levanté temprano, empecé con el proceso de mi oración, donde primero es adoración, reconozco a Dios; confesión después, y al último pido por mí. Perfecto, ya cumplí". Podemos convertir cosas que están reveladas en la Palabra en preceptos, creyendo que al seguirlos vamos a estar en mejor posición con Dios. Y a veces creemos...

Y de nuevo vuelvo un poco; es la mejor forma de representarlo, porque el Señor ha abierto mis ojos en ese sentido. Yo recuerdo, hermanos, que cuando era joven, los últimos meses, tal vez, antes de irme de la iglesia y de alejarme de Dios por completo, yo me sentaba y me ponía a orar, ¿no?; me hincaba en la iglesia todos los días —y no les digo, de verdad—, me hincaba una hora y lloraba y decía: "Señor, es que no puedo con esto, no estoy pudiendo ser obediente; las cosas que ya había dejado están regresando y no puedo. Ayúdame a dejar esto", ¿no? Y soy enfático con eso porque, de nuevo, mis oraciones estaban atacando mis acciones; no estaban atacando mi fe, mi dependencia, mi suficiencia en lo que Jesús había hecho. Estaban, de nuevo, pidiéndole a Dios: "Hazme capaz, haz que pueda hacer todas estas cosas", ¿no?

Porque entonces yo creía que si hacía esta serie de cosas, Dios estaba en deuda conmigo. No yo con Él —yo estaba en deuda con Él—: Él estaba en deuda conmigo, porque decía: "Tú prometes que si yo me humillo, y oro, y pido, Tú vas a traer esto. OK, OK, vamos a hacerlo así". Entonces se hacía paso uno, paso dos, paso tres, y luego, cuando no recibía la respuesta de Dios, era: "Dios, aquí no estamos jugando parejo". Y perdón que me exprese así, pero sí eran las cosas que, por inmadurez, y por supuesto por el pecado en mi corazón, pensaba y hacía, hasta que dije: "OK, Señor, si Tú no puedes hacerme una mejor persona, entonces no quiero nada". Y Jesús dijo: "Va", ¿no? Y me dejó vivir ocho años viviendo para mí mismo, y viendo las cosas donde mi autosuficiencia, para otras cosas, pareció tener éxito; sin embargo, era un éxito que no valía la pena tener.

Muerto a la ley para vivir para Dios

Así que después, conforme avanzaba este pasaje... voy a regresar al pasaje; perdón, hermanos, no quiero desviarme del mensaje principal. Pero si queremos contestar esta pregunta —¿la justificación por la fe solamente consiente el pecado?—, aquí Pablo lo dice, pero también podemos nosotros llegar a la conclusión de que no, no consiente el pecado, porque entonces... Y la respuesta magistral del evangelio está en los siguientes versículos, hermanos, y es algo fantástico. Dice Pablo aquí que él murió a la ley para vivir para Dios.

¿Y qué pasaba? Un tipo que era tan bueno siguiendo la ley se había dado cuenta, hermanos, de que mientras él observaba la ley tan celosamente, mientras él perseguía a unos que declaraban otra cosa —y perseguía para matarlos a esos cristianos a los que ahora les predicaba—, es muy probable que él tenía en su mente esta idea de decir: "Yo vivía así". Pero cuando vivía así... la convicción de su corazón, la convicción de Pablo era: "Cristo es suficiente; la ley no es suficiente, porque la ley me muestra mi pecado, pero además, al mismo tiempo, me enseña que no puedo obedecer. No hay forma en que yo lea Levítico y cumpla absolutamente todas las cosas, aun por error; no hay forma".

Entonces Pablo dice: "Yo tengo que morir a la ley. Tengo que morir a mi desempeño, a la manera en que vivo, a las cosas que hago, a las cosas que creo, incluso sobre qué me va a dar una mejor posición delante de Dios, o qué va a poner más contento a Dios, que yo puedo hacer, ¿no? Tengo que morir a eso para vivir para Dios". Porque mientras Pablo vivía para la ley, vivía para sí mismo, para su orgullo, para su satisfacción, para ponerse enfrente de todos y decir: "Yo soy mejor que ustedes, y ustedes están condenados por esto".

Y claramente eso fue algo que Jesús cambió; Jesús lo cambió en su revelación en Damasco, y en estos 17 años en que ha podido procesar Pablo toda esta información, para decirle: "Pablo, no eres suficiente. Lo que tú tienes que anunciar es que Yo soy suficiente, en que cumplí la ley. La ley siempre te dejará decepcionado, decepcionado de ti mismo, y además no va a ganarte nada con Dios. Así que deja de gastar tu vida, deja de gastar el tiempo, tus esfuerzos, en hacer cosas que no funcionan".

La fe acompañada de obras

Y ahora quiero aclarar esto: no funcionan, uno, por nuestra actitud respecto a esas obras, claramente. Y busqué, y me adelanté: Jacobo... no sabemos si estaba ahí; solo dice "los de Jacobo". Eso quiere decir que seguramente son los de la iglesia de Jerusalén, nada más. Pero si ustedes van —y nada más se los dejo ahí— a Jacobo, capítulo 2, ahí vemos que Jacobo siempre tenía esta pelea, ¿no?, y hablaba mucho entre la fe y las obras, ¿no? Y él dice: "Bueno, tú dime, o sea, que tienes fe sin obras, y yo te enseño mi fe por mis obras", ¿no? Claramente él tenía una visión, y otra visión completa el evangelio cuando juntamos estas dos cosas.

Pero creo que aprendió su lección Santiago, Jacobo, cuando dice que nadie va a ser justificado por estas cosas. Él, creo que... yo imagino —y perdón, esa es la manera en que funciona mi cerebro—, yo imagino perfectamente que todos estos, después de haber presenciado... muchos de los judíos que venían de Jerusalén junto con Pedro regresaron, se encontraron con Jacobo y le dijeron: "Jacobo, pasó esto: estamos equivocados, hemos estado haciendo..., y Dios nos hizo ver que nos estábamos desviando del evangelio; nos hizo ver que hay maestros que debemos apartar de la iglesia si no se arrepienten, porque están enseñando un evangelio diferente". Y Jacobo después escribió y dijo: "Claro, esto es verdad: el evangelio no es por las obras, pero sí es acompañado por las obras".

Y eso es muy importante que lo entendamos también, hermanos. Porque ¿cuántas personas no conocemos, o somos, o hemos sido, diciendo: "Yo creo en Dios, yo creo en la suficiencia de Dios"? "Oye, pero ¿por qué vives así?", ¿no? Y completamos esto... perdón: respondemos esta pregunta diciendo: "Pero entonces, ¿es ministro del pecado? No, no es ministro del pecado; pero como yo creo en la justificación, yo ya soy justificado, yo ya soy como Jesús; entonces no importa lo que haga, Dios siempre me va a ver...". Y entonces por eso vemos un montón de personas viviendo vidas completamente ajenas al evangelio, contrarias al evangelio. Incluso yo creo que genuinamente ellos creen que siguen el evangelio, y son las mismas personas a las que, como Pablo, deberíamos de ir y hablarles y decirles: "No es suficiente, y vivir así está demostrando que no entiendes el evangelio. Y te lo digo porque te amo, porque te amo, como alguien que ha sido rescatado por Cristo, que ha llegado a esta justificación, o a creer en la justificación por la fe sola, solamente por la fe sola", ¿no?

La vida centrada en el evangelio

Entonces creo que algo que hace en este caso, hermanos —y termino con este punto—, es la vida centrada en el evangelio, que es una frase que escuchamos muchísimo en muchos contextos, pero aquí tiene mucho sentido. Porque lo que queremos hacer, hermanos, o lo que quiere hacer el verdadero evangelio, lo que va a lograr en este pasaje, y en la vida cristiana, el resto de la vida cristiana, es enseñarnos cómo vivirla. ¿Cómo se supone que respondamos? "Bueno, si ya no tenemos estas cosas que creo que me hacen más certificado delante de Dios, o me hacen más acepto delante de Dios, o me hacen sentirme mejor que otros, ¿no?". Yo puedo responder solamente... lo puedo hacer a través de la fe y el sacrificio de Jesús, y lo que Él logró de su obra, no de la mía. Y puedo contestar: "¿Es ministro del pecado? ¿Tendría que seguir pecando?".

Porque entonces mi pregunta a mí mismo, si estuviera en esta situación, es: ¿cómo estoy viviendo?, ¿cómo estoy viendo la vida cristiana? ¿Estoy encontrando verdaderamente una suficiencia en lo que el Señor hace, no solamente para creer que Él hace todo, sino para vivir en consecuencia? ¿Eso puedo olvidar? Y el Señor me puede ayudar a no olvidar que no es por las cosas que hago, sino porque Él lo hizo; no es por mis buenas intenciones, sino por lo que Él completó. ¿Puedo hacerme esa pregunta y decir, ante mi propia vida, cuando me miro al espejo: "¿Qué hay? ¿Cómo vivo? ¿Eso es un reflejo del verdadero evangelio, centrado solamente en la cruz? ¿O estoy trayendo estas cositas, estoy acercando algunas cosas, estoy adornando, según yo, el evangelio de Jesús, creyendo que puedo hacerlo más hermoso, o más completo, o más glorioso de lo que ya es?". Entonces esa es una pregunta, hermanos, que deberíamos de estarnos haciendo hoy.

Y entonces, lo que quiere hacer Pablo con Pedro, y lo que quiere hacer a través de esto el Señor con nosotros, es realinear nuestras prioridades; es decir: "Ustedes están yendo por acá: regrésense", ¿no? "Ah, bueno, es que pensé..." —y dan un par de vueltas por acá—. "No importa, regrésense: este es el verdadero evangelio". Y lo que hace el verdadero evangelio es revertir estas cosas que ya vimos en Pedro. ¿Qué es lo que pasaba con Pedro, se acuerdan? Voy a regresar: tenía miedo, y estaba inseguro, por las razones que fueran, y por eso dejó de comer con los gentiles. Eso provocó división entre los judíos y los gentiles, y eso estaba catalogado de esa manera, como hipocresía, porque claramente Pedro sabía la verdad que no estaba siguiendo.

El evangelio nos da seguridad

Ahora, ¿cómo el evangelio, o una vida centrada en el evangelio, revierte o realinea estos esfuerzos? Primero, nos da seguridad. Ya no tenemos... ya no hay razón para tener miedo, miedo de no ser lo suficientemente buenos para Dios. Primero, ¿por qué? Porque no lo somos, y no lo vamos a ser nunca en nuestros propios términos.

Eso debería de darnos seguridad, hermanos. Creo que tendemos a ver a veces nuestras vidas en términos de nuestra fortaleza, de nuestra sabiduría; y si bien son cosas dignas de ser perseguidas, hermanos, esas no son las razones por las que Dios nos acepta por medio de Jesús. Es imposible que nosotros vivamos así. Así que podemos estar seguros de que lo que está cumplido en Jesús, lo que se hizo en la cruz, es suficiente. Entonces yo ya no tengo que tener miedo de mi reputación; ya no tengo que tener miedo de confrontar a alguien y decirle: "Este es el verdadero evangelio"; ya no tengo que tener miedo de no ser suficiente, porque entonces ya no depende de mí.

Cristo vive en mí

Y es este versículo que yo podría casi asegurar que el 99 % de los cristianos se lo saben, ¿no? Y lo decimos así: "Con Cristo he sido justificado, ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano". Entonces esta declaración yo me la sé; siempre la recito en Reina-Valera.

Pero una de las cosas, hermanos, es que el verdadero evangelio nos dice... nos da... yo creo que hay dos formas de ver esta declaración; bueno, más bien, produce dos actitudes esta declaración. Cuando decimos "yo he sido crucificado con Cristo", no es un sinónimo de decir: "Yo estaba ahí con Jesús y yo hice algo por mi salvación". De ninguna manera, ¿no? "Y ya no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí". Entonces, cuando vemos esto... y Pablo estaba diciendo: "Yo tuve que morir a la ley para vivir para Dios; tuve que morir a ser un celoso seguidor de la ley para realmente ahora darle la gloria a Dios por lo que Él está haciendo". Y lo que está diciendo aquí es: si Cristo vive en mí, entonces puedo vivir la vida cristiana. Esa es la única manera de vivir la vida cristiana, hermanos.

Sí, a veces, creo que de manera sutil, a veces de manera tal vez sin darnos cuenta, empezamos a desviarnos un poco, y empezamos a atribuirles cosas a nuestras vidas y a nuestro desempeño. Y a veces eso hace que nos comportemos de cierta manera con otros hermanos, principalmente con los débiles en la fe, con hermanos que vienen de otras denominaciones, en cosas que ni siquiera son centrales al evangelio, pero son en las que nos concentramos todo el tiempo. O sea, yo veo muy poco, a veces, cuando veo redes sociales, un juicio real con base en algo que es esencial para la fe cristiana. Normalmente veo un montón de discusiones con cosas que son artículos accesorios a la fe; incluso pueden ser verdaderos, hermanos. Pero damos la falsa imagen a las personas que nos ven, a las personas que no son cristianas, a los nuevos cristianos tal vez, de...

Ah, no sé si les ha pasado, pero es: "Ah, ¿tú eres cristiano? Tú no haces esto, ¿verdad? ¿Puedes hacer esto? ¿No puedes hacer esto?". Y son las preguntas que nos hacen. No nos dicen: "¿Qué hay en tu corazón que produce una vida como esta? ¿A dónde ves? ¿A dónde miras? ¿Por qué no estás preocupado por estas cosas?", o "¿Por qué no vives...?". O sea, no nos hacen esas preguntas; nos preguntan si hacemos o no hacemos algo, si se nos está permitido o no, si somos divertidos o aburridos en consecuencia de eso. Y eso nos da una muestra bastante clara de que podemos estar dándole un espacio a la justificación por las obras, por nuestras obras, y no total dependencia a la justificación solamente por la fe. Y es donde tenemos que tener mucho, mucho, mucho, mucho cuidado, hermanos.

El retrato de Dorian Gray

Y hablaba con unos hermanos hace poco, y recientemente me parece un gran ejemplo. Hay un libro que la mayoría seguramente leyeron en la escuela, tal vez, o han escuchado, que es El retrato de Dorian Gray. Y Dorian Gray se trata, rapidísimo, de un tipo que exalta la belleza de sí mismo y dice: "Yo quiero vivir así para siempre". Hay un intercambio mágico en el que todo su pecado —y es así, no habla nada más...—, todas sus malas acciones, todo su pecado, se ve reflejado en el cuadro y no en él. Él vive joven, ¿no?, y no se ve. Y la gente incluso lo ve y dice: "¡Ay!, alguien tan bello, alguien con esta cara de inocencia, alguien tan joven, no puede ser malo". Y él vive así, ¿no?

Entonces él empieza en una espiral en la que él se siente mal cuando comete su primer pecado; ve el cuadro, ve la transformación, y dice: "Ya no voy a vivir así; voy a portarme bien, y voy a hablarle, y voy a ser gentil, y voy a dar todo lo que tenga para poder ser bueno", ¿no? Pero el pecado se siguió interponiendo. Llegó un punto en el que el pecado era tan... el placer que le producía era tan poco, que empezó a hablar con otros, y a confundir a otros, y a decir: "Vengan, vamos a portarnos mal todos", ¿no? O sea: "Ustedes sí se van a ver; yo me voy a ver joven y bueno toda la vida". Pero no; o sea: "Yo necesito arrastrar a otros a lo que yo pienso", ¿no?

En algún punto llega un momento en su vida, donde han pasado unos 20 años, donde dice: "Ya fue suficiente". Y en ese momento logra portarse bien, logra evadir un pecado, y el tipo se siente feliz, y entonces dice: "Genial, esta es mi nueva vida. Sí, he hecho muchas cosas malas, pero esta es mi nueva vida, y ahora voy a vivir así. Así que voy a ir a ver el cuadro, porque tal vez el cuadro me ayude a ver cómo es que esto se está revirtiendo; cómo a lo mejor ya hay una arruga menos, o ya hay una mirada menos de maldad, o ya se borró un poco la sangre de mi mano", ¿no? O sea, de todas las cosas que había hecho había ciertas señales.

Y entonces va a un lugar oscuro, donde lo tenía guardadito con una tela, y lo que dice el libro es que lo que descubrió le asombró y le aterrorizó: lo único que vio en ese cuadro fue una mirada de astucia y una sonrisa como de hipocresía, ¿no? Entonces él se sentía muy mal, porque... y de verdad se reflejan estas palabras de Pablo en sus cartas, donde dice: "¿Qué voy a hacer con este cuerpo de muerte?", ¿no? "Lo que quiero hacer, no lo hago; y lo que no quiero hacer, eso es lo que hago", ¿no? Eso es lo que le pasó a este tipo, porque él, de nuevo, creía que era más importante cómo se veía, cómo lo veían los demás; era más importante lo que él hacía para salvarse.

Vivo por la fe en el Hijo de Dios

De la misma manera, creo que una de las cosas que más puede aterrorizar y más puede afectar a la iglesia cristiana hoy, hermanos, es dejar de mirar la cruz, dejar de mirar la suficiencia que hay en lo que Jesús hizo, y pensar que de alguna manera vivo para Dios cuando en realidad vivo para mí mismo, hermanos. Y cuando Pablo dice aquí "la vida que ahora vivo en la carne" —y cuando habla de "en la carne" no habla de la carne de pecado; habla de la vida cristiana, de cómo vivo hoy—: "lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien se entregó a Sí mismo por mí".

Entonces es muy importante, hermanos, la razón y el respaldo de esta afirmación: la única forma de vivir la vida cristiana —y se los decía— es entendiendo que somos justificados, y aceptados, y adoptados solamente por la fe en Jesús: por lo que Él hizo, por lo que Él ganó, por lo que Él promete, por lo que promete hacer en el futuro cuando venga por su iglesia.

Y que de alguna manera providencial y milagrosa va a convertir a estos creyentes, a esta iglesia —sí, a esta Iglesia universal, pero también a la iglesia de Cuajimalpa—; de alguna manera providencial va a ser justificada delante de Dios, para que cuando Dios vea a estos cristianos vea a su Hijo Jesús y no nos vea a nosotros; no vea nuestros esfuerzos torpes por ser buenas personas, por ser mejores cristianos, por ganarnos el favor de Dios. Que de alguna manera milagrosa Dios va a ver a su Hijo, y no va a ver nuestras ganas de dividirnos por cosas tan superficiales como la forma en que nos vestimos, los lugares que visitamos, la música que escuchamos o los libros que leemos.

Convicción y esperanza

Así que, de alguna manera, hermanos, podemos ver esto como una convicción: que yo puedo saber y tener la seguridad de que, si yo confío en Jesús, si Jesús por medio de su Espíritu Santo me da la convicción para verlo a Él, para vivir por fe, si Él me escoge para eso, hermanos, entonces yo puedo estar seguro de que de alguna manera yo voy a vivir esa vida, y voy a poder vivirla. Aunque me vea en el espejo y diga: "Tú no puedes vivir esa vida cristiana, Rodrigo", de esta manera puedo verme al espejo, y de la misma manera que Dios, voy a ver a Jesús, y voy a decir: "Jesús, confío en que Tú vas a vivir esta vida por mí, y me vas a capacitar para hacer estas cosas que te glorifiquen; y que cuando me equivoque, puedo regresar a tu cruz, y soy justificado por eso. Y que cuando me equivoque 500 veces con la misma cosa, si creo en que Tú me vas a justificar, en que soy hecho hijo de Dios por medio de tu sacrificio, voy a vivir, y voy a poder vivir esa vida cristiana".

Lo puedo ver con convicción, pero también lo puedo ver con esperanza, hermanos. Hay una historia de un ladrón que estuvo en la cárcel, fue condenado por robar, y llega a una iglesia, a una iglesia cristiana, y ve los Diez Mandamientos. Entonces ve el mandamiento que dice "No robarás", ¿no? Y entonces cuenta esta historia: que él, cuando entró a la iglesia, se sentía observado, y se sentía juzgado, y decía: "Sí, este es el pleno recordatorio de que nunca voy a poder cambiar". Y conforme escuchó la Palabra de Dios, conforme pasó el servicio, el tono en su cabeza de esa voz ya no se oía como una condenación, sino como una esperanza, como una seguridad, diciendo: "Te aseguro que ya no vas a robar".

Y eso es lo que Cristo hace cuando creemos en Él, en su justificación: que podemos vivir así. Ya no es una condenación; por eso dice Pablo: "Ya no hay más condenación". Por eso Cristo no es ministro del pecado; sino que Él cambia nuestros corazones de tal manera que seamos capaces de hacer esto, y vivamos para Dios, y seamos crucificados en nuestra carne; que nuestra carne no tenga absolutamente ningún poder sobre nosotros, porque el poder que actúa en nosotros es la fe en el Hijo de Dios, Ese que, por su amor y por el gozo puesto delante de Él, sufrió la cruz, hermanos.

Libertad para vivir

Y por último, hermanos, eso nos da libertad para vivir. Ya no estamos angustiados, ya no estamos preocupados, ya no estamos todo el tiempo diciendo: "¿Qué hice mal, Señor, otra vez?". Y porque ese es el otro lado: podemos sentirnos orgullosos de quienes somos como cristianos, pero también podemos sentirnos insalvables, hermanos. Y de los dos lados estamos equivocados; los dos lados son un desvío total del evangelio, que lo único que va a pasar es una maldición, y una maldición para nuestras propias vidas, porque vamos a vivir empeñados en vivir de una manera que absolutamente nos va a atar. Y vean lo irreal de esto: creyendo vivir para la libertad en Cristo Jesús, vamos a vivir atados por nuestras propias ideas de salvarnos a nosotros mismos, o de pensar que no podemos salvarnos por nosotros mismos.

Y cualquiera de esas realidades... es verdad: no podemos salvarnos a nosotros mismos, no podemos hacer nada para eso. Pero si no logro... y no le ruego y suplico al Señor: "Señor, si de alguna manera mi corazón se ha desviado de tu verdad, ayúdame; no quiero dar un paso más lejos de tu evangelio. No quiero llegar al punto en el que viva para mí mismo, me dé cuenta de que no puedo hacerlo y diga: 'Dios nunca me ayudó', cuando en realidad fue mi propio corazón, mi propio pecado, mi propia dureza, lo que me hizo irme lejos de Él".

Y que esto, hermanos, tenga impacto en la libertad que hay también para vivir de distintas formas la vida cristiana; que podamos ver a nuestros hermanos de otras iglesias, a nuestros hermanos en esta iglesia, hermanos, y seamos más misericordiosos, más amorosos; que tengamos también el deseo de confrontar más cuando sea necesario, hermanos, pero que no haya una sola palabra que no esté impregnada de esta verdad: que solamente seremos salvados por la fe en Jesús; que no hay nada, hermanos, en este mundo que nos va a ganar un poquito la gracia de Dios. Porque la gracia es eso, y lo hemos escuchado muchas veces: el regalo inmerecido de Dios para sus escogidos, solamente a través del sacrificio de Jesús, por el cual podemos vivir vidas que de alguna manera llegarán al cielo, hermanos.

Cristo hará todo por ti

Y quiero leerles, para terminar, una frase de Tim Keller sobre este pasaje, que creo que es muy contundente, hermanos. Sí, quiero que se queden con esto, y que esta sea nuestra oración y nuestra esperanza. Dice esta frase: "Cristo hará todo por ti o no hará nada. No puedes combinar el mérito y la gracia. Si nosotros mismos nos pudiéramos salvar, la muerte de Cristo sería inútil y no significaría nada. Si nos damos cuenta de que no nos podemos salvar, la muerte de Cristo significaría todo para nosotros, y pasaremos la vida que Él nos ha dado en un gozoso servicio a Él, viviendo en cada área completamente de acuerdo al evangelio". Amén.

Vamos a... hermanos, nos vamos a... vamos a cantar, y después...

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