Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Salmo 121SalmosAlfredo Carrillo

Cristo el rey guardián perfecto

¿Qué pasa con tu fe cuando el líder en quien confiabas ya no está? El Salmo 121 nace justamente ahí: David, solo y perseguido después de la muerte de Samuel, levanta los ojos a los montes y se pregunta de dónde vendrá su ayuda. En este mensaje, Alfredo Carrillo recorre los ocho versículos del salmo para mostrar que la única protección que no se cansa, no se duerme ni falla es la de Cristo, el rey guardián perfecto.

Transcripción

Aviso: evangelismo durante el Mundial

Bueno, rápido voy a dar un aviso. Como ustedes saben, el Mundial ya está en puerta; entonces he estado haciendo la invitación para que vayamos a hacer evangelismo en el Mundial. Los que estén interesados pueden comunicarse conmigo. El viernes 5 de junio va a haber un entrenamiento para asistir a evangelizar afuera del Estadio Azteca. El 11 de junio se planea ir; es la convocatoria a ir a evangelismo junto con otras iglesias. Son los hermanos de un grupo que se llama Awaken, que están con Billy Graham.

Entonces, hermanos, pueden acercarse a mí. No tienen que ser hombres nada más; las mujeres también. No quiero decir esto como para que se sientan obligados a ir. Oren, pónganlo en su corazón, que Dios les dé el tiempo, y pensemos en que es una oportunidad más para alcanzar almas.

Lectura: Salmo 121

Y bueno, entrando en materia, vamos a abrir nuestras Biblias en el Salmo 121, por favor. Salmo 121. Es un salmo que muchos conocemos, que muchos oramos o que muchos cantamos —tenemos un canto aquí que nos gusta: «Alzo mis ojos a los montes»—. Y dice así la Palabra del Señor.

Cada Biblia tiene, de acuerdo al traductor, de acuerdo a la editorial, un encabezado. En el caso de la que tenemos, o la que la mayoría de aquí usamos, dice: «El Señor, guardador de Israel». Y dice así, cántico de ascenso gradual:

«Levantaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda. Jamás se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. El Señor es tu guardador; el Señor es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te herirá de día, ni la luna de noche. El Señor te protegerá de todo mal; Él guardará tu alma. El Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre.»

Vamos a orar.

Padre santo, gracias, Padre, porque hoy pudimos celebrar nuevamente que tú nos has guardado a través de tu obra en la cruz, a través de tu resurrección, y a través de que fuimos rescatados y perdonados. Lo único que te ruego, Señor, esta mañana, es por mis hermanos, Señor: que estén atentos, que sus corazones estén prestos, Señor, a guardar tus enseñanzas, no las mías. Y para mí te pido, Señor, que pueda ser un instrumento; y reconozco delante de ti que necesito de ti. Reconozco mi incapacidad, Señor. Ayúdame. Te ruego que tu Espíritu Santo sea sobre mí. En Cristo Jesús, amén.

Contexto: un salmo de peregrinos

Quiero empezar un poquito dando un contexto acerca de este salmo. Este es uno de una serie de salmos —son quince— a los que les llaman salmos de ascenso o salmos graduales. ¿Qué quiere decir esto? Bueno, estos salmos los usaban los peregrinos cuando iban hacia la ciudad santa, ¿verdad? Conforme iban avanzando —porque ellos venían, digamos, de abajo, y la ciudad estaba más arriba—, venían cantando cada uno de estos salmos. Y este salmo se cantaba tradicionalmente por estos peregrinos, los cuales, de donde venían, tenían que pasar por muchas vicisitudes: climáticas, geográficas, poblacionales —me refiero a lo que pudiera pasar y con lo que se encontraran ahí—.

Y este salmo se le asocia a David, porque realmente no dice ahí que es un salmo de David como tal, pero este salmo se asocia a David. Se cree que se escribió por David después de la muerte de Samuel. Entonces, la tradición asocia este salmo con David. Después de la muerte de Samuel, David se sintió desprotegido, se sintió solo, abandonado, ya que estaba siendo perseguido por Saúl. Y al estar meditando David sobre el Señor, precisamente encuentra él mismo la respuesta: que la protección venía, y la ayuda venía, de Dios únicamente.

Ahora, este salmo lo escribe David tras la muerte de Samuel. Samuel era su mentor, ¿verdad?, este profeta al cual Dios le dijo que ungiera a David.

Y yo, cuando estaba estudiando este salmo, estaba recordando una situación que sucedió hace años, y es una situación que se da común en algunas iglesias, o en muchas iglesias. A veces confiamos en los líderes, y cuando ya no están nos turbamos y decimos: «¿Qué va a pasar ahora con nosotros?». A veces, cuando muere un pastor de una iglesia, las iglesias se desintegran, se empiezan a dividir, porque la confianza ciertamente está en el hombre y no está en Dios.

Cuando eso sucedió aquí en Cuajimalpa, yo tuve como temor y dije: «¿Y ahora qué vamos a hacer? ¿Y ahora qué va a pasar?». No estaba confiando en que el Señor iba a proveer, porque la iglesia es de Cristo, y Él es el que la sustenta. Él es el que la va a guardar.

Y por otro lado, hay líderes que no son responsables del cuidado de la iglesia. Y ahora que estamos estudiando Samuel, vemos —y también en Reyes y en los libros de las Crónicas— cómo pone gobernantes el Señor, y cada uno falla; falla en el cuidado que Dios les puso.

Este salmo lo titulé precisamente, como dice ahí en la pantalla: «Cristo, el rey guardián perfecto». Y vamos a estudiar estos cuatro puntos que podemos encontrar. No son definitivos —quizás alguien encuentre más, alguien encuentre menos—.

1. La ayuda del Señor (Salmo 121:1-2)

El primero es que vamos a encontrar de quién es la ayuda: la ayuda del Señor. Empieza este salmo diciendo: «Levantaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi socorro?».

A) El peregrino necesitado que busca ayuda

David, al igual que muchos peregrinos, en el camino, por la geografía, había muchos montes, ¿verdad? Y en estos montes estaban también los santuarios paganos; hacían ahí lugares para adorar a otros dioses, y no al Dios verdadero. También, cuando veían a los montes, podría haber peligros, como ladrones, ¿verdad?, quizás asesinos. Y dice: «Levantaré mis ojos a los montes». Pero, en otro sentido, podría ser que están admirando la grandeza de estos montes, y que hay algo más grande.

Y dice David: «¿De dónde vendrá mi ayuda? ¿De esos montes, en donde hay adoradores a otros dioses, donde están estos ídolos que no pueden rescatarme?». Y David se hace esta pregunta: ¿viene de allí mi ayuda? Y su respuesta es no. Él mismo se contesta que la ayuda viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra.

Entonces, cuando Samuel muere, David comprende que su verdadera protección no venía de las influencias humanas. Nuestra verdadera protección no viene de las influencias humanas. Hay mentores, hay pastores que sí están a cargo de la iglesia —Dios nos puso para cuidar de su iglesia—, pero la ayuda verdadera no viene de los hombres: viene de Dios.

Entonces, la verdadera protección no viene de influencias terrenales, sino de Dios, que es el creador de todas las cosas. Y esto es lo que se contesta David: no va a venir de lo creado; viene de lo alto. David tenía que confiar en el Señor, y tenía que dejar de confiar en un hombre como Samuel, en un hombre como Saúl.

Y es así como David se identifica con estos viajeros en este salmo: viajeros que están desvalidos de alguna manera, porque están pasando solos. No creo que vinieran así como cuando vienen los peregrinos a la Basílica de Guadalupe, que vienen como miles juntos. Iban solos, y siempre estaban buscando el socorro, cómo protegerse. Y nuestra confianza siempre debe estar basada en que debemos ser conscientes de nuestra fragilidad humana.

«Levantaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor»: el peregrino necesitado buscando la ayuda. Cuando estás en algunas situaciones en donde crees que estás solo, ¿qué es lo primero que haces? ¿Estás confiando en tu capacidad? ¿Estás confiando en la capacidad del consejo de otra persona? ¿O lo primero que haces es buscar al Señor y reconocer que necesitas la ayuda? Porque tenemos que reconocer que necesitamos esa ayuda; ayuda que proviene de Él.

B) La ayuda divina encarnada

En este mismo punto vemos que la ayuda viene del Señor: la ayuda divina encarnada. ¿Por qué encarnada? Porque esta ayuda, ahora con nosotros, se cumple en Jesús. Esto que David estaba preguntándose, esto que David estaba diciendo, de dónde vendría su ayuda: la ayuda divina encarnada es Jesús. En Jesús se cumple esta ayuda que viene del cielo, que desciende del cielo, que desciende de lo alto, más allá de esas montañas. Él es quien descendió, dejando su gloria, y luego subió hasta un monte también, para rescatar a la humanidad.

Nuestra ayuda no proviene de métodos terrenales, sino de la soberanía de Dios. Podemos tener muy buenos métodos, muy buenos libros, pero si no estamos viendo hacia la cruz, hacia lo que es el evangelio… Todos esos métodos y ayudas aparentemente son buenos y sirven; pero si no entendemos el evangelio —en el que hay arrepentimiento, miramos a la cruz, en donde Él murió y después resucitó, al tercer día Él resucitó, y a través de eso podemos ser salvos—, ningún método terrenal va a servir.

Cristo no es el peregrino, como lo era David y como eran otros peregrinos. Cristo no es el peregrino que busca el auxilio en la creación: Él es el creador de los cielos y la tierra. Él es el Verbo hecho carne. Dice que Cristo hizo todas las cosas; por Él fueron hechas. Él es el auxilio de la creación. Es lo contrario de David: David buscaba la ayuda siendo un peregrino; Cristo es la ayuda para los peregrinos. Él es el auxilio de la creación.

Los cristianos debemos reconocer que la ayuda no proviene de los montes, ¿verdad? Y eso podíamos hacerlo… No quiero caer en algo que no sea una interpretación correcta, pero a veces podría ser un simbolismo de que los montes son lo humano, ¿verdad?, lo terrenal, o la idolatría. Idolatría —llámese, no solamente alguien que tiene una imagen—: confiamos y hacemos de personas ídolos. Podemos hacer de un libro de cierta persona también un ídolo, y decir: «Ah, este es el libro, este es el método». No: la ayuda proviene de Cristo Salvador, reconociendo nuestra dependencia de Él y el rechazo de cualquier fuente de seguridad fuera de Dios.

Cristo es el rey que triunfó en la cruz y resucitó al tercer día, y su triunfo garantiza nuestra lealtad a Él. Eso lo vimos hace ocho días: dándonos la victoria sobre la muerte y el pecado, porque nosotros no podíamos salvarnos a nosotros mismos. Y hablando de esta lealtad, precisamente, que hace días veíamos hacia un rey que es Cristo Jesús: somos desleales, porque en vez de buscar la ayuda de nuestro rey, queremos buscar ayuda en otras cosas que no son nuestro rey Jesús.

Y no nos podemos salvar a nosotros mismos; porque Cristo venció la muerte, Él nos dio la victoria. Dice en 1 Corintios 15:54-55: «Pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: “Devorada ha sido la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón?”».

No busques ayuda en los montes de este mundo —influencias, dinero, incluso mentores como Samuel, o un gobernante como Saúl, que falló también—, sino en Aquel que hizo los cielos y la tierra.

2. La protección del Señor (Salmo 121:3-4)

Número dos: la protección del Señor. Dice: «Mi ayuda viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra». Y más adelante, en el versículo 3, empieza de esta manera: «No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda. Jamás se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel».

Y aquí podemos ver dos aspectos, digo, de este aspecto de Dios. (Creo que se saltaron una… No, es el número dos. Bueno, ya me distrajeron.) Tenemos dos temas ahí.

A) El Señor es un vigilante minucioso

El primero es que la protección del Señor es la de un vigilante minucioso. Dice: «No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda». Cuando estaba leyendo este salmo, me vino a colación cuando Jesús fue tentado en el desierto y le dice que se arroje, ¿verdad? Es parecido al Salmo 91, que dice que Él mandará a sus ángeles para que cuiden de él. Y este versículo es algo similar: «No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda».

Dios sostiene y gobierna todas las cosas en cada instante, preservando a su pueblo. Dios no solo cuida el universo en general; Dios no solo cuida que haya nubes, que haya lluvia, sino que esta es una protección, digamos, particular: «No permitirá que tu pie resbale». Esta es una providencia particular. Dios es tan personal que se interesa por el cansancio de tus pies también, no solamente por sostener el universo.

Dios se interesa por nosotros; se interesa por nuestro cuidado, de tal manera que no caigamos definitivamente. Sí vamos a fallar como hombres, vamos a pecar, quizás vamos a caer de nuevo en pecados con los que estamos luchando, pero Él no permitirá que sea una caída definitiva —si en verdad eres salvo, si en verdad eres hijo de Dios—. Él protege a sus hijos para que no caigan definitivamente, porque Dios nunca duerme en su cuidado.

David experimentó la protección temporal de Samuel. Él huyó para evitar el sufrimiento, ¿verdad?, de las persecuciones del rey Saúl, porque quizás lo iba a matar. Pero en Cristo experimentarás la protección eterna. Cristo no evitó el sufrimiento físico ni la muerte en la cruz; su victoria y protección se manifestaron en la resurrección, garantizando la preservación eterna de nuestras almas contra el pecado y la muerte eterna. Así de minucioso es este vigilante, nuestro Creador.

B) El Señor es un vigilante constante

En el inciso B: el Señor es un vigilante constante. «Jamás se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel». Dios no duerme ni descansa. Su cuidado es constante, es incesante, y nada ocurre fuera de su voluntad. Nada —aunque parezca, aunque creamos—. Dios está dirigiendo cada detalle de nuestras vidas. Su soberanía está trabajando todo el tiempo.

Dice en el Salmo 139:1-3: «Oh Señor, tú me has escudriñado y conocido. Tú conoces mi sentarme y mi levantarme; desde lejos comprendes mis pensamientos. Tú escudriñas mi senda y mi descanso, y conoces bien todos mis caminos». Todo el tiempo Él está vigilándonos, nos está cuidando. Él gobierna todas las cosas para su gloria.

Mientras que los grandes hombres, como Samuel, o los reyes, mueren, o se cansan, o fallan, Dios es el guardador que ni se adormece ni duerme. Y esta es una prefigura de Cristo con su iglesia: Él la va a sostener, Él la va a cuidar, Él la va a vigilar todo el tiempo. Y eso es en lo que confiamos.

David falló como el guarda humano. David falló como el rey y pastor de Israel. David durmió, descuidó su hogar y falló moralmente: pecó con Betsabé. Descuidó su hogar —lo que pasó con Amnón y su hermana Tamar, con su propio hermano Absalón— y más cosas.

Mas sin embargo, Cristo, el guardián perfecto que vigila, Él cumple a la perfección este verso: «No se adormecerá el que te guarda». Incluso Jesús, en el huerto de Getsemaní, les pide a los discípulos: «Velen y oren, para que no entren en tentación», ¿verdad? Mas sus discípulos se durmieron, pero Cristo permaneció en oración y en una entrega absoluta. No se cansó, no se adormeció, para cumplir su obra redentora, asegurando nuestra salvación. Un vigilante constante. Los hombres fallamos, pero Cristo no falla. Y eso es en lo que confió David cuando escribe este salmo; es en lo que debemos confiar.

3. La providencia del Señor (Salmo 121:5-6)

Número tres: la providencia del Señor. Podemos ver aquí; dice: «El Señor es tu guardador; el Señor es tu sombra a tu mano derecha». Dice aquí que nos protege de las inclemencias.

Y hace rato les comentaba que este salmo lo iban cantando los peregrinos, o lo iban recitando. Bueno, tenían que atravesar desiertos: hacía quizás frío por las noches, calor, el viento con la arena; quizás había fieras, serpientes. David mismo experimentó estas situaciones, estas inclemencias del desierto, cuando estaba huyendo. Y no solamente cuando estaba huyendo, quizás cuando estaba en campaña militar.

Dice: «Es tu sombra a tu mano derecha». Dios es nuestra sombra. Ya dice el Salmo 91: «El que habita al abrigo del Altísimo», o a la sombra del Altísimo. La imagen podría ser esta cercanía de protección constante para su pueblo. Y es un reflejo de la gracia común, y reflejo de una gracia especial también: Dios nos protege tanto en lo físico como en lo espiritual.

Y eso es algo que ayer, cuando estaban hablando de la masculinidad… esa es la manera en que los hombres, en el diseño original: así como Dios protege nuestras almas, Dios nos provee también en lo físico. Es el reflejo del evangelio. El verdadero hombre de Dios no solamente provee dinero, no solamente provee una casa física; el hombre debe ser el reflejo que está aquí en este pasaje, el reflejo de Dios: debe proteger espiritualmente y proveer espiritualmente.

Esta imagen es el acompañamiento de Dios. Y también podemos ver en esto una imagen de la cruz de Cristo. La cruz de Cristo es como una sombra para la protección de nuestras almas. La protección de Dios a veces significa atravesar pruebas, pero la sombra de Cristo nos protege del daño espiritual definitivo. Jesús, en la cruz, recibió todo el calor del juicio de Dios para que nosotros tuviéramos sombra, y para librarnos de este gran mal, que es la separación eterna de Dios. Cristo es nuestra sombra. Cristo, al morir y resucitar, garantiza la seguridad de nuestra alma por encima de cualquier daño.

David fue librado de la fatiga. Ajá. Dice el salmo, promete que el sol no te fatigará ni la luna de noche. David fue cubierto por la sombra de Dios y recibió este alivio en el desierto hostil. Y cuando escribe David este salmo, donde dice que no le afectará el sol y que Dios hace sombra para él, menciona la luna también. La luna también, científicamente dicen que hace daño mucho tiempo de exposición a ella; y en aquellos lugares, en cielo abierto, la luna era tan clara que podía quemar de la misma manera. Entonces, aun en esas situaciones, también Dios es nuestra sombra en la noche, en la oscuridad.

David fue librado de la fatiga; Cristo absorbió la fatiga. Es un gran contraste que podemos ver aquí. Yo fui librado de esa fatiga porque Cristo absorbió la fatiga que me correspondía, para darme esta sombra espiritual. Jesús se expuso voluntariamente al desierto, a este calor que quema, al cansancio y a la oscuridad total. Durante cuántas horas en la cruz, ahí crucificado, absorbiendo la fatiga de cada uno de nosotros.

¿De dónde vendrá nuestra ayuda? De Cristo, que está absorbiendo la fatiga, absorbiendo el juicio divino. Y me gusta hacer esos contrastes entre lo que era David y lo que hizo Cristo por nosotros. Por lo menos a mí me da una luz para entender más a lo que apuntaba, hacia el propósito de Cristo, hacia su ministerio.

4. Cristo es el rey guardián perfecto (Salmo 121:7-8)

Y por último, punto número cuatro: Cristo es el rey guardián perfecto. ¿Por qué? La preservación del Señor está y viene de Él. Dice que «el Señor te protegerá de todo mal; Él guardará tu alma».

A) El Señor nos guarda de todo mal

Bueno, hablamos de un camino que los peregrinos estaban pasando. ¿Y qué significa que nos guarde de todo mal? Volviendo al tema de los peregrinos, que experimentaban peligros —ya sea de muerte por los bandidos, ya sea por un animal, por las inclemencias—: el Señor, cuando habla de todo mal, no dice que nos va a librar de todo, o que nunca nos va a pasar nada, sino que se refiere al mal del pecado, al mal eterno.

Ciertamente sí nos pasan cosas. A veces, cuando se predica el evangelio, se dice: «Ven a Cristo y no vas a tener problemas; tus males se van a quitar». Sí, Dios es fiel, y dice que te va a quitar tus males, pero ese no es el mensaje del evangelio como tal. El mal mayor es que somos enemigos de Dios. Ese es el mal mayor.

Mas sin embargo, también nos protege en lo físico, así como en lo espiritual. David era el escogido de Dios, pero nunca le prometió que no tendría problemas. Ese es un falso evangelio. Somos escogidos de Dios, somos rescatados, pero no quiere decir que no tengamos problemas. Mas sin embargo, Dios nos va a proteger de estos problemas por los que vamos a pasar durante el camino. Vamos a ser librados de estas frustraciones, de riesgos, de aflicciones. En todo este proceso, Dios va a estar guardándonos hasta que lleguemos al final del camino.

Entonces, no significa que no suframos, sino que el mal no tendrá la última palabra. Y es lo que decía David: «El Señor te protegerá de todo mal, y Él guardará tu alma». Si iba a sufrir, si iba a pasar situaciones, mas el mal no iba a tener la palabra final.

Cristo no solo guarda el camino: Cristo se identifica como el camino, el único camino al Padre. Dice en Juan 14:6: «Jesús le dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”». Cristo es el camino seguro. Este es el mensaje del evangelio.

B) El Señor nos preserva del mal

Inciso B: dice que nos preserva del mal. «Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre». Y esta es una especie de bendición, ¿verdad?, que se daba para los peregrinos cuando iban a viajar, cuando iban a salir. Dice: «Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre». Dios iba a mantener a los peregrinos a salvo cuando salieran desde sus lugares de origen, hasta llegar a los lugares donde iban a adorar.

Dios guardó a David en campañas militares, en sus salidas y en sus regresos a Jerusalén, nuevamente, cuando fue perseguido. Dios estará presente con nosotros en todo momento de la vida. No hay nada que se le escape a su cuidado.

Pero también, a través de la obra de Jesús, el creyente es preservado. Y esta es una figura de eso: que Dios, cuando hemos sido rescatados, nos promete que vamos a estar con Él. Él va a preservar, y ha preservado también a la iglesia, bajo este cuidado que dice este salmo: «Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre», a través de la obra de Jesús. Es como la iglesia es preservada, no solo físicamente, sino también espiritualmente. Dios estará presente con nosotros. Y en eso tenemos nuestra confianza: en este rey, que es el rey guardián perfecto.

Y me encanta esto que voy a decir: porque Cristo, como peregrino, salió del cielo. Cristo salió del Padre a este mundo, y después regresó y entró a la gloria celestial. Él también fue un peregrino que salió del cielo, descendió, pasó por problemas, pasó por insultos; mas sin embargo, el Padre lo estaba protegiendo para cumplir su obra, para al final morir en la cruz, resucitar al tercer día, ascender al cielo, y regresar en su entrada triunfal y victoriosa a la gloria celestial, por la cual nosotros podemos tener acceso.

Y esa es la manera en que Dios guardará nuestra salida y nuestra entrada en este mundo. Cristo, que es nuestro rey, es quien nos lleva seguros a través de la vida y la muerte, hacia la presencia del Padre. Él es nuestro rey guardián perfecto.

Conclusión: la perseverancia y la fidelidad divina

Y vemos en la historia de la Biblia cómo los reyes eran ungidos, pero fallaban. Este rey perfecto fue ungido y no falló. Y ahora Él es el que nos cuida; Él es de quien proviene la ayuda.

La victoria de este rey guardián perfecto es nuestra preservación final, la de nuestra salvación. La perseverancia no es automática: Dios usa medios de gracia para sostener la fe —la oración, la Palabra, la iglesia—. Ayer hablamos de hombres, ¿verdad?: hombres estando con hombres. «El hierro con hierro se afila». Es un medio de gracia que Dios puso para la perseverancia de los santos. Los que han sido regenerados por Dios serán preservados hasta el fin.

Dice en Filipenses 1:6: «El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo». Esta ayuda que buscamos, y de la que nos preguntamos de dónde viene, no depende de una fuerza humana, sino del cuidado y de la fidelidad divina. Juan 10:27-30: Cristo nos asegura que nadie arrebatará a sus ovejas de su mano.

¿Tú lo crees? ¿De dónde viene mi ayuda? Bueno: de Cristo, mi rey guardián perfecto. No mires solamente a los montes esperando algo de ahí. Reconoce que la ayuda viene de este rey perfecto.

Vamos a cantar.

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