Iglesia Evangélicade Cuajimalpa

Lucas 15:11-32LucasEduardo Saladín

La Parábola del Hijo Pródigo (y el Padre Amoroso)

Transcripción

Introducción

(La grabación comienza con el mensaje ya iniciado.)

…E inmediatamente hay un amor que fluye, que es el amor de Cristo. Qué bueno, qué bueno es habitar los hermanos juntos en armonía.

Mis hermanos, yo quiero pedirles que vayan conmigo a Lucas capítulo 15. Vamos a leer a partir del versículo 11. En el capítulo 15, en el versículo 1, vemos la parábola de la oveja perdida; luego vemos la parábola de la moneda perdida, y hoy vamos a ver lo que llamamos la parábola del hijo pródigo. Aquí vemos el gozo que hay en el cielo cuando un pecador se arrepiente. Pero en esa parábola, yo diría que no es el hijo pródigo en sí a quien debemos ver, no es al hijo mayor, que es como un fariseo, sino a ese padre amoroso y perdonador que está aquí en esta parábola.

Lectura del pasaje

Yo quiero que leamos a partir del versículo 11 hasta el versículo 32. Dice así: "Y Jesús dijo: Cierto hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos le dijo al padre: 'Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde'. Y él les repartió sus bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a un país lejano, y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino una gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se acercó a uno de los ciudadanos de aquel país, y lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Entonces, volviendo en sí, dijo: '¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores'. Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: 'Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus siervos: 'Pronto, traed la mejor ropa y vestidlo, y poned un anillo en su mano y sandalias en los pies; traed el becerro engordado, matadlo, y comamos y regocijémonos; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado'. Y comenzaron a regocijarse.

"Y su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino y se acercó a la casa, oyó música y danzas. Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era todo aquello. Y él le dijo: 'Tu hermano ha venido, y tu padre ha matado el becerro engordado porque lo ha recibido sano y salvo'. Entonces él se enojó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba que entrara. Pero respondiendo él, le dijo al padre: 'Mira, por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya, y sin embargo nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos; pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado'. Y él le dijo: 'Hijo mío, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado'".

Mis hermanos, qué escena más hermosa tenemos aquí del amor y el perdón que nosotros tenemos en ese Padre celestial. Y yo quiero que nosotros nos veamos en esos dos hijos y veamos el amor del Padre por nosotros.

El hijo pródigo: las consecuencias del pecado

Veamos ese primer hijo, ese hijo pródigo, y aquí vamos a ver primero las consecuencias que trae el pecado y la naturaleza del verdadero arrepentimiento. Fíjense cómo nos dice que cierto hombre tenía dos hijos, y el menor le dice al padre: "Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde". Y el padre, dice el texto, les repartió los bienes. "Dame lo mío ahora", es lo que está diciendo este hijo. Parece que este joven se cansó de estar en casa, se cansó de vivir allí en esa hacienda, y él quería vivir su vida lejos del control de su padre. Él estaba convencido que saliendo de su hogar y viviendo su propia vida, él iba a ser "feliz", entre comillas.

Y esta era una petición irrespetuosa, porque pedirle a un padre en vida la herencia es como decirle: "Yo quiero que tú te mueras y yo quiero que me des el dinero ahora". Pero no solamente era irrespetar a su padre, sino también era no tomar en cuenta la situación que él creaba con esto. Porque al pedir la herencia —recuerden que la riqueza allí era una riqueza agraria—, era por la tierra, o era en ganado, o en otro tipo de bien, pero primariamente era esto. Y cómo voy yo, si tengo un terreno, si tengo una finca, si tengo una hacienda: tengo que dividirla o tengo que vender una parte para poder darle la herencia. Y recuerden que esas tierras venían de generación en generación en una familia. Él no estaba interesado en nada; él no quería trabajar por esas tierras. Él le pide al padre: "Dame mi herencia".

Y la herencia en ese tiempo se repartía, si eran dos hermanos, se dividía en tres partes, o también se le daban dos partes de la herencia, dos tercios en este caso, al hermano mayor, y un tercio a este hermano menor que llamamos el hijo pródigo, que era el que estaba pidiendo la herencia. Eso sería, en el día de hoy, para un hijo que su padre tiene un negocio, y a la fuerza le pide, vamos a decirlo así, que le dé parte de la empresa, sin importar que la empresa se descapitalice, que se pierda el capital que tiene, que vaya a la quiebra. ¿Qué vemos aquí en este joven? Bueno, era un egoísta: "Yo quiero mi dinero ahora, y a mí no me importa nada de lo que pase". Él estaba cortando la relación con su padre y la relación con su familia también.

Si usted fuera el padre, usted le hubiera dicho: "No, mi hijo, yo no te voy a dar el dinero. ¿Cómo voy a repartir la herencia? Primero, yo estoy en vida, yo no estoy obligado a hacerlo. Y si te doy la herencia, voy a debilitar el patrimonio familiar; vamos a perder parte de este terreno, o vamos a tener que vender parte del ganado, y yo no lo voy a hacer en este momento". Pero miren lo que dice el texto: el padre le repartió los bienes. Lo que habían tenido durante años, les repartió los bienes a los dos hijos. O sea, que él tomó su tercio de los bienes, y su hermano tenía los otros dos tercios. Ambos hijos, como veremos, eran dos ingratos, no solamente el hijo pródigo.

Aquí este padre le da los bienes, y aquí se está resaltando algo que vemos en la Escritura: Dios nos deja seguir en nuestros propios caminos. ¿Tú quieres seguir tu vida de pecado en tus propios caminos, buscar la felicidad, entre comillas, como tú quieras? Dios te deja. Y aquí vemos esa petición egoísta de ese hijo. Pero él no tomó esos bienes para invertirlos, ni para montar un negocio propio. Todos conocemos muy bien esta historia. ¿Qué hace él? Bueno, dice el texto en el versículo 13: "No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a un país lejano, y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente".

Él toma su dinero y él parte a un país lejano, y parece que fue a una región gentil, fuera del territorio de Israel. Parece que él quería estar viviendo su vida, pecando, fuera de la vista de su padre, fuera de la vista de su familia, fuera de la vista de las personas de su pueblo. ¿Por qué? Porque él sabía que su comportamiento, lo que él quería hacer, era un comportamiento vergonzoso. Y él se va a un país lejano, a muchos kilómetros. Ahora, yo no quiero que tú pienses que esa frase, "un país lejano", siempre significa a muchos kilómetros de distancia. ¿Tú sabes lo que significa un país lejano? Fuera de la voluntad de Dios. Tú puedes estar aquí en esta iglesia hoy y estar en un país lejano. Anoche, en tu habitación, tú puedes haber estado en un país lejano, haciendo cosas fuera de la voluntad de Dios. Jóvenes, ustedes pueden estar en el colegio, en la universidad, y pueden estar en un país lejano. Tú puedes estar en tu trabajo, en tu empresa, y estar en un país lejano. Porque un país lejano, te repito, y valga la redundancia, no siempre está lejos: es estar fuera de la voluntad de Dios. Y en ese sentido, él estaba en un país lejano.

Y dice la Escritura que allí malgastó perdidamente sus bienes. Y la palabra "malgastar" que se utiliza aquí fue que lo derrochó, lo derramó, lo distribuyó; el dinero que él tenía, él lo desparramó y malgastó su herencia viviendo perdidamente, bebiendo. Dice más adelante su hermano, en el texto que leímos, el versículo 30, que estaba con prostitutas. Él toma todo su dinero, sale con todo su dinero y malgasta todo ese dinero. "¡Qué bárbaro!", diríamos nosotros, ¿verdad?, que no dejó unos centavitos, unos pesitos guardados para cualquier emergencia que se pudiera presentar.

Así somos nosotros

Mis hermanos, esos somos nosotros. Ese no es el hijo pródigo solamente; nosotros somos así: egoístas, orgullosos, tercos. No queremos tener, o no queríamos tener, ninguna comunión con Dios. Cada cual quería seguir por su propio camino, como dice el texto: "Como ovejas nos descarriamos, cada cual se apartó por su camino". Todos nosotros, si nos dejan en nuestro propio ser, en nuestra propia naturaleza, lo que hacemos es gastar nuestro tiempo, nuestra fuerza, nuestro intelecto, nuestros afectos en otras cosas que no nos aprovechan. No pensemos en ningún momento que nuestra naturaleza es diferente a la naturaleza del hijo pródigo.

Lo que pasa es que cada uno gasta su dinero, sus esfuerzos, enfoca sus deseos en las cosas que le gustan. Unos van detrás del dinero; otros van detrás de ciertos placeres; otros son esclavos de la lujuria. Todos estamos en una búsqueda de felicidad, porque todos nosotros tenemos un vacío en el corazón. Dios ha puesto eternidad en el corazón, y nosotros queremos llenar esa eternidad con cosas materiales. Pero esas cosas materiales nunca nos satisfacen, nunca nos satisfacen, porque la eternidad solamente Dios la puede llenar.

Pero nosotros vivimos así. A uno le pasa que cuando uno entra al colegio a estudiar, quiere graduarse del colegio y entrar a la universidad. Bueno, uno dice: "Cuando esté en la universidad y me gradúe, y sea licenciado o tenga un oficio del cual vivir, yo voy a ser feliz". Pero resulta que terminamos el colegio, salimos del colegio, vamos a la universidad, y seguimos iguales, igual de insatisfechos. Aprendemos un oficio y seguimos igual de insatisfechos. "No, cuando yo me case voy a estar satisfecho; cuando tenga un carro, cuando tenga una casa, cuando tenga a mis hijos, cuando tenga un buen trabajo". Y vivimos buscando esa felicidad, y nunca llega.

Mis hermanos, nosotros somos como este joven aquí. Él se fue a un lugar lejano buscando esa felicidad. Pero te digo algo: el hombre sin Dios vive buscando esa felicidad, y es como comprar a crédito cuando no tiene dinero para pagar. Mira cómo hace, mira cómo nosotros vivimos. Usted se quiere ir de viaje, y entonces usted no tiene un solo centavo, pero ese viaje le va a dar felicidad, ¿entiende usted? Entonces usted compra el pasaje a crédito, toma un préstamo para el dinero en efectivo que necesita del viaje, o lo toma por la tarjeta; toma la tarjeta de crédito y va a un hotel allá, y vive como un príncipe durante los diez días que dure el viaje. Va a los mejores restaurantes y vive como un rey.

Llega aquí a su bello país y resulta que está todo bien; usted pasó quince días en su viaje. Pero a los otros quince días lo llaman del banco para pedirle que pague el préstamo que usted tomó; llegan las cuentas de la tarjeta de crédito vencida, y ya la diversión se convierte en tristeza. Empiezan a llegar las presiones, empiezan a llegar las demandas legales para que pague la deuda, y lo que era una delicia se convierte entonces en una tortura. ¿Ustedes saben por qué? Porque estamos en búsqueda de esa felicidad, pero los placeres del pecado son efímeros, también son cortos.

Cuando se acaba la fiesta

A este joven, cuando desapareció el dinero, la fiesta terminó. Cuando había gastado, o malgastado, todo, bien, un problema: vino una gran hambre sobre la tierra. Porque fíjense cómo son las cosas: él no tenía un centavo; pudo haber conseguido un trabajo, pero viene una crisis, vino una depresión sobre la tierra, y él empieza a pasar necesidad. Pero recuerden que él vivía como un príncipe, gastando los centavitos que le habían entrado, y empezó a no tener lo suficiente, y llegó a desesperarse.

¿Dónde estaban los amigos de él en este momento? Ya lo habían abandonado. Los amigos que iban con él de fiesta, de bebedero, gastando el dinero, ya no estaban ahí. Y él era un extraño en tierra extranjera, sin tener dónde acudir. Él disfrutó de todos esos supuestos placeres, pero ya terminó la fiesta, ya había una hambruna en la tierra. Y siempre que nosotros nos alejamos de Dios, vamos a tener hambre en un país lejano. Disfrutamos temporalmente del pecado, pero cuando se acaba el dinero, se acaba la música, se acaban los placeres, y enfrentamos una situación difícil.

Yo recuerdo una vez que yo aconsejaba a un joven que usaba drogas. Él por la mañana fumaba marihuana antes de ir al trabajo, y estaba bien, creía que se estaba llevando el mundo por delante. Iba a trabajar, luego iba a la universidad, bebía mucho alcohol. Un día estaba bebiendo en un restaurante cerca de la universidad, en un bar, y perdió la conciencia por beber mucho, y se desmayó. Ese joven, la última vez que supe, estaba internado en un centro de adicciones. Él creía que estaba disfrutando de la vida y de los placeres, y no fue así.

También estaba otro caso, de una joven que se iba a casar. Pero ella empezó a salir con amigas y con amigos a tomar, y empezó a llevar una vida licenciosa. Y estaba comprometida para casarse, y dejó a su novio, se apartó de él; esa vida licenciosa que la va a llevar a embarazos, abortos, problemas. Nosotros pensamos que el pecado nos va a satisfacer, pero siempre que nosotros nos alejemos de Dios —oigan esto—, siempre que nos alejemos de Dios, vamos a tener hambre, desesperación, necesidad, porque en este mundo no hay nada que nos pueda llenar.

¿Qué hace ese joven en la desesperación? Se acerca a uno de los ciudadanos del país, y él lo manda a cuidar cerdos. Y cuando dice el texto que se acercó a uno de los ciudadanos del país, es que él era un hombre que estaba mendigando, y parece que se acercó persistentemente a alguien para pedirle que lo ayudara. Y era tanta la insistencia que parece que ese hombre lo envía a cuidar cerdos, pero parece que no tenía la intención de pagarle. Ahora, imagínense lo que era para él, un muchacho de dinero, de buena posición, israelita, que lo manden a cuidar cerdos: algo tan degradante para ellos, porque venía de una buena posición y era israelita, y este era un animal inmundo.

Pero no solo eso: parece que él cuidaba a los cerdos y había otras personas que lo alimentaban, porque dice el texto que quería comerse, del hambre que tenía, hasta las algarrobas que comían los cerdos. Ahí está ese hombre, solo, abandonado, sin dinero; lo había perdido todo. Fíjense cómo caen aquellos que se consideran poderosos. Miren cómo caen aquellos que piensan que se van a llevar el mundo por delante. Miren cómo caen aquellos que piensan que pueden vivir de espaldas a Dios. Miren, el pecado es duro y es inmisericorde. Y lo malo es que uno se viene a dar cuenta de que esos placeres no satisfacen cuando ya estamos pagando un precio sumamente alto por eso: alcoholismo, aquel que disfrutaba mucho del alcohol; adicción a las drogas, aquellos que pensaban que se estaban llevando el mundo por delante, como este joven que yo les dije, que en ese momento en que yo hablaba con él tenía unos 23, 24 años. Y yo hablaba con él y se sonreía; él creía que se estaba como burlando del mundo usando la droga, y no. Fíjense cómo hay personas que tienen una relación adúltera y piensan que nadie lo va a saber, que no va a pasar nada, y sin darse cuenta se van envolviendo en un mundo de mentira. La esposa le pregunta, cuando llega a la casa, dónde estaba; ya tiene que mentir, porque estaba con la amante en algún lugar. Tiene que hacer gastos extraordinarios; puede llegar un embarazo indeseado, un aborto; y cuando todo eso se descubre, se destruye ese matrimonio.

Yo veía una serie que explica acerca de las drogas, cómo se manejan en diferentes países, y cómo las personas empiezan utilizando la droga de una manera social, y cómo quedan atrapados, con la vida destruida, viviendo en la calle sin tener un solo centavo, teniendo que vender su cuerpo en la prostitución. Es esta insatisfacción: esa felicidad que decíamos al principio que toda persona busca, no la va a encontrar en nada de este mundo. Todos nosotros tenemos esa hambre interior, y solamente Jesucristo la quiere llenar. Si tú estás aquí sembrando para la carne, pensando que de la carne vas a encontrar satisfacción, lamento decirte que los que viven solo para satisfacer los deseos de la carne cosecharán condenación eterna, destrucción, simple y llanamente.

Óyeme bien: el pecado promete libertad, pero lo que trae es esclavitud. La paga del pecado es muerte. Ese joven pensó que se iba a encontrar a sí mismo, que todo iba a estar bien, y miren a la situación que llegó. Mis amados, Dios muchas veces nos deja que toquemos fondo, porque hasta que no estamos en la pocilga de los cerdos comiendo algarrobas, no miramos hacia arriba para poder verlo a Él. Y solo, oye bien, solo cuando tocamos fondo es que pensamos entonces en volver a casa. Y si tú estás en esta situación, hay una solución para ti, y es hacer lo que hizo este joven.

Los pasos del verdadero arrepentimiento

Miren lo que dice el versículo 17: "Entonces, volviendo en sí, dijo: '¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores'". Él volvió en sí, él se arrepintió, él se dio cuenta de lo que había hecho. Y aquí vemos los pasos de un verdadero arrepentimiento.

Él recobró su sentido, recobró la conciencia, y se daba cuenta que aun los jornaleros, aquellos trabajadores a los que se les pagaba por día en casa de su padre, estaban mejor que él, porque no solamente tenían un jornal: tenían abundancia de pan. Él se dio cuenta que esa vida de pecado no tiene sentido, porque el pecado, mis amados, es una forma de locura temporal. Alejarse de Dios y querer vivir tu vida de espaldas a Él, como dije, es una locura, porque te estás apartando de Aquel, o de aquello, que tiene un valor eterno, para seguir las cosas de este mundo que no te van a satisfacer. Tú te estás alejando del agua pura y viva para beber agua de una alcantarilla. Eso es lo que tú estás haciendo.

No sabemos el tiempo que él estuvo con los cerdos allí; no sabemos el tiempo que estuvo deseando comer esas algarrobas. Pero él dice: "¿Qué estoy haciendo yo aquí? Allí, en la casa de mi padre, los jornaleros tienen abundancia de pan". Él vio su pecado y decide entonces ir a la casa de su padre; decide volverse de su pecado: "Me levantaré e iré a la casa de mi padre". Se arrepiente de su pecado. Él tiene un cambio de mente; él quiere cambiar la dirección de su vida. Él va a la casa de su padre porque sabe que nadie más lo podía ayudar. Se había quedado solo, no tenía amigos, no tenía recursos, no tenía cómo suplir sus necesidades básicas.

Mientras tú creas que eres autosuficiente, mientras tú creas que te puedes llevar el mundo por delante, tú no vas a buscar a Dios. Pero él se da cuenta que no era autosuficiente. Él no fue orgulloso. Él no dijo: "Yo me metí en este hoyo, en este problema, y yo voy a salir por mi propio esfuerzo". Él no dijo: "Yo voy a tener un nuevo comienzo, yo voy a conseguir un nuevo trabajo, yo voy a ahorrar dinero para yo echar hacia adelante". Él no fue orgulloso. No dijo: "Yo no quiero que mi padre, mi familia y que las personas en la aldea me vean en esta situación, en esta condición; yo no quiero que sepan de mi fracaso; yo tengo demasiada dignidad; yo voy a volver a la casa de mi padre luego que me haya bañado y comprado una nueva prenda de vestir". Él no dijo nada de eso.

Mis hermanos, y nosotros somos así, nosotros somos así: queremos salir por nuestro propio esfuerzo. Pero él se arrepintió. Eso es lo que hace el Evangelio con nosotros. El Evangelio son las buenas nuevas de salvación. El Evangelio nos lleva al final de nosotros mismos; nos lleva al final de nuestros recursos, de nuestros esquemas, de nuestros estilos de vida, al final de todas aquellas cosas en las cuales nosotros confiamos. ¿Sabe para qué? Para llevarnos directamente ante Dios. Y allí lo único que podemos hacer, ¿tú sabes qué es? Nuevamente clamar a Dios por misericordia.

No podemos venir delante de Dios y mostrarle lo bien que lo hemos hecho sin Él. No, no podemos salpicar de perfume el mal olor de haber estado en la pocilga con los cerdos y esperar que Él no se dé cuenta entonces de lo mal que estamos oliendo. No podemos enviar un regalo, no podemos enviar un amigo para tratar de arreglar las cosas. Solamente podemos ir a la presencia de Dios y decirle: "Padre, he pecado; ya yo no soy digno de ser llamado tu hijo". El arrepentimiento debe dirigirse personalmente hacia el Dios contra el cual hemos pecado.

Y este joven vuelve en sí, él ve su verdadera condición y decide regresar a la casa de su padre, o sea, volverse de su pecado a Dios. Pero él no va adonde el padre haciendo un show, un espectáculo. Bueno, piensa ir allá y le va a decir: "He pecado contra el cielo y contra ti". Él no va a ir donde su padre poniéndole excusas, y no se justifica. No va a decir: "Bueno, yo no hubiera pecado si mi padre no hubiera sido tan severo, porque era un hombre inflexible, y por eso yo me rebelé". Él no está diciendo: "La culpa es de mi hermano mayor, porque al ser el mayor mi papá tenía preferencia con él y me hostigaba a mí". "Oye, yo no hubiera tenido problemas si papá hubiera sido un poco más consciente y hubiera visto mi madurez, y no me hubiera dado la herencia completa, porque sabía que yo no tenía capacidad para manejar todo ese dinero". No dijo nada de eso: "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti". Él asume la responsabilidad por lo que había hecho.

Y otro punto que vemos: él fue humilde. "Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores". Señores, piensen en este joven: él estaba en la pocilga ensayando lo que le va a decir a su padre. Él no estaba pensando hacer ningún trato con su padre. Él no iba a volver a la casa poniendo condiciones: "Bueno, yo voy a volver a la casa, pero si vuelvo, mi papá tiene que nombrarme administrador de la hacienda, o tiene que darme un salario mensual". No, él no estaba pensando en nada de esto, porque él estaba verdaderamente arrepentido, dolido, avergonzado por lo que había hecho. El verdadero arrepentimiento no negocia con Dios, mis amados. El verdadero arrepentimiento no hace tratos con Dios.

Pero aquí vemos también que el verdadero arrepentimiento tiene una medida de fe. Él sabía que si él iba donde su padre, su padre lo iba a perdonar, porque era un padre amoroso y misericordioso. Lo que le podía suceder delante de su padre no era peor que lo que él estaba atravesando, porque él sabía que su padre lo iba a tratar con la misma misericordia con la cual él trataba a sus jornaleros. Su padre era un hombre generoso, y él sabía que si iba allí, iba a encontrar ese perdón y esa reconciliación.

Y quizás tú estás aquí en esa situación porque no conoces al Señor. Pero quizás tú eres un creyente y tienes un pecado oculto que no has confesado, y tú sabes que tienes que ir a la presencia de Dios a confesar ese pecado, y estás buscando justificaciones en tu mente día a día. Fíjense que él no buscó ninguna justificación. Y dice el texto: "Y levantándose, fue a la casa de su padre". Cuando él tuvo que moverse, él se movió; no esperó más. Él no empezó a justificarse y a darse razones. Él no dejó, como dicen, que la hierba creciera debajo de sus pies.

Si tú estás aquí, haz lo mismo que él. No digas, como dicen muchas personas: "Yo me voy a levantar, pero mañana iré a la casa de mi padre; voy a ir la próxima semana; me voy a arrepentir de mis pecados y me voy a volver hacia Dios el mes que viene". Ese pecado que tú estás ocultando, y tú te justificas: "Y si no, porque si lo confieso ahora, puede traer tal o cual problema, o tal o cual situación". Él no dijo nada de eso. Él no dijo: "Deme tiempo para pensarlo". Él enfrentó su pecado, él enfrentó su realidad, y ese hombre se levantó, dice el texto, y fue a la casa de su padre.

Aquí vemos un verdadero arrepentimiento, aquí vemos una verdadera conversión. Cuando las buenas nuevas de salvación llegan a nosotros, lo que hacemos es eso: nuestro corazón es movido, es movido, y nosotros somos movidos. Pero no piensen que solamente esto es para los inconversos. El arrepentimiento y la fe son para nosotros también; continuamente, como creyentes, tenemos que estar ejerciendo arrepentimiento y fe en cada momento de nuestras vidas.

Él no tuvo un falso arrepentimiento. Hay personas que derraman lágrimas, tienen remordimiento, el deseo de ir, pero no van. Él se levantó, y al irse no solamente se había vuelto de su pecado hacia Dios, al perdón: él había dejado atrás esa vana manera de vivir. Él se apartó de esa vida; él puso distancia con esa vida que él había estado viviendo.

El primer paso

Mi amado, ¿qué hay en tu vida? Y quizás tú estás pensando que te encuentras en una situación en la que es difícil regresar de un país lejano. Recuerde lo que es un país lejano: estar fuera de la voluntad de Dios. Y otra cosa: pregunta, ¿qué tan difícil es regresar de un país lejano? Es difícil dar un primer paso. Eso fue lo que hizo este joven: dar un primer paso para volver a casa. Pero les digo algo, mis amados: el primer paso es el paso más difícil. Un viaje de mil kilómetros empieza con un primer paso.

Y yo te pregunto: ¿tú estás viviendo en un país lejano? ¿Tú estás alejado de Dios? ¿Tú estás pensando que lo que tú has hecho no tiene perdón? Cuando veía esa serie de Netflix, ese estudio de las drogas, había un traficante que decía: "Yo no tengo perdón, porque yo he matado a muchas personas; yo tengo mucha sangre en mis manos". Él no conocía a nuestro Padre amoroso y perdonador. Y este joven dio el primer paso. El primer paso es el más difícil, pero es el que te lleva a la mitad del camino a casa. Y ese es el paso que tú tienes que dar aquí hoy, en este día.

Estamos viendo a este hijo pródigo: cómo se fue, cómo malgastó los bienes, cómo se arrepintió, cómo volvió en sí, cómo decide ir a la casa de su padre, o sea, volverse de su pecado a Dios; cómo planea, cómo piensa confesar su pecado a Dios en humildad, y cómo tuvo la confianza de partir para ir a la presencia de su padre. Ahora, tengo otra pregunta para ustedes, mis hermanos: ¿cómo creen ustedes que se sintió en el camino a casa? Digo, si fuera yo, yo estaría muerto de miedo, como quizás tú estás aquí, por fruto de tu pecado que no te atreves a confesar, o el paso de volverte a Dios que no te atreves a dar.

Pero vamos a ponernos en el lugar de él. ¿Cuántas preguntas habría en su mente? "Oye, ¿qué va a decir papá cuando yo llegue a casa?". Y yo me imagino a este hombre caminando avergonzado, humillado, sucio, maloliente, con la ropa rota. "¿Mi papá me va a recibir? ¿Y qué va a pasar cuando él me vea? ¿Y qué me dirá cuando yo le confiese el pecado? ¿Me va a hacer sentar fuera de la aldea, donde va a estar todo el mundo, y todo el mundo me va a ver en esa condición? ¿Me va a poner…, me va a decir las condiciones y los trabajos que tengo que realizar para reponer el mal que hice?". Nosotros pensamos en Dios muchas veces en función de cómo eran nuestros padres. Si nuestro padre era un hombre inflexible, estricto y poco amoroso, pensamos que Dios es así. Si nos castigaba por cualquier cosa pequeña, imagínense cómo él debía estar pensando, por lo que él había hecho. Ese es este hombre; esa es la situación que él tenía.

El padre amoroso

Y hemos visto a la primera persona en cuestión; veamos ahora al padre de este hijo pródigo: la abundante misericordia de Dios hacia esos pecadores que se arrepienten. Este hombre va caminando, dice el texto: "Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio". ¿Y por qué su padre lo vio? Porque su padre, me imagino, cada día se paraba en la casa y miraba el camino para ver si su muchacho venía, su muchacho, su hijo. Y ese padre estaba sufriendo en silencio, esperando que su muchacho regresara. Y dice que lo vio.

Y el padre pudo haber, pudo haber dicho: "¡Ja! Y ahora… Yo sabía que se iba a gastar el dinero, iba a venir humillado, destruido. Yo voy a dejar ahora que él venga, y esperar que pase por el pueblo primero, para que todo el mundo se burle de él. Y cuando llegue aquí, voy a esperar que él venga, y cuando él llegue a la puerta de la estancia, o de la finca, de la casa, yo me voy a devolver y voy a entrar, y voy a llamar, le voy a decir a un criado: 'Mira a ver qué quiere ese joven que está allí afuera'. Voy a dejar que se arrastre, que venga humillado delante de mí, y luego le voy a decir que se limpie y se haga presentable antes de venir donde mí para hablar conmigo. Y luego, ¿tú sabes lo que voy a hacer? Le voy a leer la cartilla, le voy a decir las reglas de esta casa, lo mucho que me humilló, lo mucho que me hizo sufrir, y que si quiere venir a mi casa, de ahora en adelante va a tener que seguir mis órdenes, porque en esta casa tiene que andar derechito, porque si no, lo saco de la casa".

¿Usted nunca ha dicho eso a sus hijos? De eso me río, porque nos vemos todos retratados; ahí nos vemos. Pero mira lo que dice el texto: "Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él". Sus entrañas fueron conmovidas. Y yo me imagino: él venía caminando, y el papá ve a su muchacho, a su hijo menor, que viene cansado, derrotado, y al verlo así, ya él asume que su hijo viene arrepentido y está triste por lo que ha hecho. Pero no se queda a esperarlo: dice el texto que él corrió. Y era un hombre de cierta edad, y en esa parte del mundo no era digno que un anciano estuviera corriendo, pero es su hijo el que está viendo, es un muchacho que viene arrepentido ahí, que lo ve, y nadie puede impedirle que él empiece a correr. Y recuerden que en esa época los hombres utilizaban una túnica larga, así que él tiene que recoger la túnica, amarrarla con el cinto y empezar a correr. Seguro él no quería que su muchacho atravesara la aldea y todo el mundo empezara a burlarse de él cuando lo reconocieran, si los demás lo vieran. Compasión, misericordia de ese padre por su hijo, y eso lo lleva a entrar en acción antes de que su hijo sea maltratado.

Y dice el texto: "Y se echó sobre su cuello". Ese muchacho olía mal, muy mal, y la ropa que tenía seguro estaba en una condición terrible. Pero dice el texto —la idea que nos da cuando se echa sobre su cuello— que agarró a su muchacho, lo abrazó profundamente y lo besó. Y la idea que nos da el texto es que lo sofocó con besos. Y aquí vemos el amor, la aceptación, el perdón, la reconciliación, mis amados, que Dios nos brinda cuando venimos a Él en arrepentimiento y fe. Este recibimiento de parte del padre, de ese padre que había sido ofendido, se llevó a cabo solo por el amor y la gracia de Dios, no por ninguna obra del muchacho.

Y él empieza, el hijo, a decirle su discurso: "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado…". Pero no pudo mencionar la última frase, que era la importante: "Hazme como uno de tus trabajadores". ¿Tú sabes por qué él no pudo mencionar esa última frase? Porque ya no tenía que obrar más para ser restaurado y reconciliado con su padre. Su padre había recibido a su hijo. Él no tuvo que arrastrarse pidiendo perdón, sino que él fue perdonado al instante. Dios le otorgó misericordia.

Y eso es lo que Él hace con nosotros, pecadores; eso es lo que Él hace con sus hijos cuando nosotros pecamos. No importa lo que tú hayas hecho, no importa tu pecado: tú te puedes volver de esa tierra lejana adonde tu Padre celestial, y tu Padre te va a perdonar.

Un perdón completo

Y ese padre demuestra de una manera visible el perdón que le había otorgado. Fíjense que dice en el pasaje, versículo 22: "Pero el padre dijo a sus siervos: 'Pronto, traigan la mejor ropa y vístanlo; pónganle un anillo en su mano y sandalias en sus pies; traigan el becerro engordado, mátenlo, y comamos y regocijémonos; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado'. Y comenzaron a regocijarse".

Un perdón completo. El beso, signo de perdón. La túnica se utilizaba para ocasiones especiales; la utilizaba solo el patriarca: señal de honor. El anillo era el anillo con que se sellaban los asuntos familiares, los negocios; esto es señal de autoridad. El padre dice: "Busquen el anillo"; "Yo le estoy otorgando los privilegios, el derecho y la autoridad de un hijo". "Pónganle unas sandalias". Él venía descalzo. ¿Ustedes saben por qué la sandalia? Yo no lo sabía, pero los esclavos en su mayoría andaban descalzos; ellos no usaban sandalias. Eso significaba la total restauración a la condición de hijo. Y eso es lo que Dios hace con nosotros cuando nos acercamos delante de Él con nuestras manos vacías.

Y hace una fiesta en señal de bienvenida: "Traigan el becerro engordado". Ese becerro se guardaba para ocasiones especiales. Y él hizo una fiesta e invitó a todo el mundo, porque el becerro engordado daba abasto para muchas personas. Así se muestra el perdón completo de nuestro Padre celestial. ¡Guau, mis hermanos, qué abundante es la misericordia de Dios sobre pecadores arrepentidos! Nuestro Dios no nos da poco a poco; Él derrama abundantemente. No importa lo que hayamos hecho: somos perdonados libremente, nuestros pecados son borrados.

No tienes que prepararte delante de Dios para darle tu charla, a decirle lo tonto que has sido, lo malo, lo rebelde, porque allí no hay burlas, allí no hay reproches en nuestro Padre amante y perdonador. Mis amados, es lo que tenemos aquí. Y Él solo derrama gracia, bendición, restauración sobre nosotros. Él se alegra cuando nosotros vamos a su presencia en confesión de nuestros pecados. Es nuestro Padre celestial. ¡Alabado sea el Señor, mis hermanos! Es nuestro Padre. Por eso yo digo que esta parábola debería llamarse la parábola del Padre amante y perdonador, porque en Él hay perdón para que sea reverenciado. Esto es el Evangelio, mis hermanos; esas son las buenas nuevas de salvación; ese es nuestro Dios.

El hijo mayor

Pero quizás tú estás aquí y tú dices: "Pero yo no he sido tan malo; yo no he andado en esos caminos de drogas, perverso; yo me he criado en la iglesia, y estoy aquí tranquilo". Veamos otro ejemplo que tenemos aquí, que quizá sea tu caso. Porque la historia no termina con una nota de felicidad; aquí no nos dice "y vivieron felices para siempre", sino que había otro hermano que estaba ahí en la casa. Y dice el versículo 25, para que lo vean en la Escritura: "Su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino y se acercó a la casa, oyó música y danza".

Él estaba trabajando, supervisando a los trabajadores en la finca, en el terreno, en la estancia. Pero parece que era tan grande que él ni siquiera oyó la música y la fiesta que había. Llama a uno de los criados; el criado le dice: "Tu hermano ha venido, y tu padre ha matado el becerro engordado porque lo ha recibido sano y salvo". "Tu hermano vino en paz", es lo que le está diciendo, "y aquí hay fiesta por eso". ¿Qué debía haber hecho el hermano? Regocijarse: "¡Guau, llegó mi hermano, qué bueno!". Pero dice la Palabra en el versículo 28 que él se enojó y no quería entrar. Él explotó. Él tenía una ira, parece, contenida por años, y en ese momento esa ira se desborda.

Su padre sale y le ruega que entre, pero él no quería entrar. Pero el padre le muestra el mismo amor y la misma compasión a ese hijo que estaba afuera, disgustado. Y él le dice: "Por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya, y sin embargo nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos; pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado". Y la amargura, el resentimiento, se desbordan ahí, en ese momento. Él no está honrando a su padre.

"Tantos años te he servido", y esa palabra que se utiliza ahí es "servido" como un esclavo. Para él, trabajar bajo las órdenes de su padre había sido una esclavitud: no había amor, no había respeto, simplemente trabajo y monotonía, quizás esperando que su padre muriera para él poder heredar, aunque ya su herencia se la habían dado. Él quería lo mismo que el hermano menor. Pasa que el hermano menor salió y lo gastó todo. Él quería tener sus bienes para su propio uso, pero él eligió un camino diferente para obtenerlo.

Mire lo que dice en el texto: "Nunca te he desobedecido". Pero el padre le rogaba que entrara, y él no quería entrar. Él no estaba viendo su maldad; él no vio su pecado de ira. Cuando él se enoja, él no ve la desobediencia. Él le dice: "No me has dado ni siquiera un cabrito para regocijarme con mis amigos". "Papá, tú nunca me has felicitado por lo bueno que yo soy. Papá, tú nunca has reconocido mi buena conducta. Mira, mira cómo yo te sirvo aquí". Pero a él se le olvidaba que el padre quizás, como él decía, no le había dado el cabrito, pero le había dado la tercera parte de la herencia, de las propiedades. Y seguro que, como él estaba junto con su padre, y el padre era tan benevolente con los jornaleros, era sumamente benevolente con su hijo.

Él acusa también a su padre de favoritismo con su hermano menor. Se refiere a "ese hijo tuyo", que gastó lo que tenía, que hizo las cosas; las puso de una manera siniestra. ¿Por qué? Porque se consideraba bueno, moral, justo. Él no se alegró por el regreso de su hermano; él se queja por el recibimiento que su padre dio a su hermano. ¡Qué cosa más grande, qué cosa más grande! Los que se creen buenos, que por sus propias obras van a ser salvos, que son muy morales, que no quieren juntarse con los drogadictos, ni con las prostitutas, ni con los que están malolientes, ni con los que tienen la ropa hecha jirones, ni con los que han tenido una vida de promiscuidad, con drogas, alcohol, en su sexualidad, lesbianismo, homosexualidad. Él no pudo compartir el gozo que había en la casa porque había llegado su hermano menor, porque vino arrepentido, sino que él pensó mal y se llenó de envidia, porque él pensó que él era sumamente bueno.

Y el padre le dice: "Mi hijo, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero hoy es necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado". El padre no se enoja con el hijo; no reacciona como nosotros hubiéramos reaccionado: "Mira, muchacho, ¡inmediatamente entra para la casa!", y ya le hubiera dado una buena bofetada. Eso lo hubiera hecho otro padre: "¡Respétame!". No: "Mi hijo, tu hermano estaba perdido, tu hermano ha regresado; regocijémonos, estaba perdido y ha sido hallado". No le habla mal, no le da una bofetada por su insolencia; se dirige a él con la misma ternura, amor y compasión que mostró a su hijo menor.

Y cuando le dice "hijo mío", la palabra que utiliza ahí es "mi niño": "Niño, tú también eres mi niño, tú eres mi hijo; tú siempre has estado conmigo, tú siempre has estado conmigo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos". Aquí vemos el gozo de Dios al recuperar a pecadores perdidos.

Dos caminos equivocados

Ese hijo menor simboliza a quienes buscan la salvación de Dios por medio de la gracia. En ese hermano mayor vemos a aquel que trata de buscar la salvación por medio de las obras. Y aquí vemos cómo los pecados de orgullo, de justicia propia, de creerse buenos, son tan fatales como los pecados de la carne. Aquel gastó su dinero en una vida disoluta; este era un moralista. Si no se arrepentían, ambos iban a una condenación eterna. Ese hijo mayor era un fariseo; él miraba con desprecio a los demás.

Ahora, miren la ironía, como dice un autor de este pasaje: el hermano que estaba afuera llega a la casa y es bienvenido a la fiesta; el hermano que nunca se había alejado llega de trabajar todo el día, pero se queda fuera enojado, enojado; no quiso entrar. Todo lo que él necesitaba estaba dentro de la casa, pero su vida, su orgullo, su legalismo, lo mantenían alejado de la generosidad y la alegría de la mesa de su padre. Y ¿ustedes saben algo? La parábola no nos dice si el hermano mayor se quedó fuera o entró a la fiesta en algún momento. Jesús deja la historia ahí para que nosotros consideremos nuestra propia respuesta.

¿En cuál de los dos grupos estás tú? ¿Eres tú como el hermano menor? ¿Eres tú como el hermano mayor, que te consideras mejor que los demás porque tú asistes a la iglesia, porque no has tenido una vida disoluta, porque no estás con las prostitutas, con los alcohólicos, con los drogadictos, con los que han tenido una vida sexual disoluta, y te crees bueno? ¿En qué grupo estás tú? No importa en el grupo en el cual tú te encuentres, siempre hay una oportunidad para tú volver a casa, porque en esta historia vemos cuánto Dios nos ama.

Cuánto nos ama Dios

¿Tú te has preguntado cuánto me ama Dios? ¿Tú te has hecho esta pregunta alguna vez: cuánto me ama Dios? Dios me ama a mí, a ti, lo suficiente para dejarte ir, como dejó ir al hijo pródigo. En segundo lugar, Dios te ama lo suficiente para dejarte tocar fondo, para que llegues bien abajo y te veas con los cerdos, y te veas en el lodo, y te veas en la suciedad. Pero Dios te ama lo suficiente, en tercer lugar, para dejarte volver. Y Él te ama tanto que va a correr a tu encuentro, y te va a abrazar, y te va a besar cuando llegues a Él arrepentido. ¿Sabes por qué? Porque Él te ama tanto que está dispuesto a perdonarte. Ese es nuestro Padre amante y perdonador.

Y yo no sé dónde tú te encuentras hoy, pero recuerda que el camino de regreso al Padre es siempre a través de un país lejano, y ese país lejano está en cualquier lugar donde estemos fuera de la voluntad de Dios, como yo decía al principio. ¿Estás buscando la felicidad en las cosas de este mundo? No la has encontrado, ni la vas a encontrar. Y te vuelves a Dios y dices: "¿Y esto es todo lo que hay?". Y el Padre te dice: "No, mi hijo, ven a casa".

Vuelve a casa

Yo te digo hoy, mi amado, mi amada: ¿tú tienes hambre? Ven a casa. ¿Tú tienes sed? Ven a casa. ¿Tú estás cansado, cansada de la vida que estás llevando? Ven a casa. ¿Tú te has alejado de Dios? Ven a casa. El primer paso es el más difícil, pero es el paso que te va a llevar a la casa de tu Padre. No le digas no al Señor. No te justifiques. No dejes que tu orgullo te ciegue, lo que van a pensar los demás de ti. No: tú debes dar ese primer paso.

Y si tú estás hoy muy lejos de Dios, y tú nunca pensaste que te ibas a encontrar en la situación en la cual te encuentras, tú no querías que sucediera todo lo que ha sucedido, pero ha sucedido en tu vida y es una realidad, yo te digo hoy: vuelve a casa, vuelve a casa, porque hay un Padre amante y perdonador esperándote, un Padre que te quiere abrazar y besar. Pero tú tienes que arrepentirte de tus pecados. Hoy es el día aceptable. No importa lo que estés pasando, hoy es el día para tú volver a casa y entregarte en los brazos de tu Padre. Hoy es el día aceptable, mis hermanos. Volvamos a la casa de nuestro Padre amante y perdonador. Amén.

Oración final

Vamos a orar. Padre, gracias por tu Palabra; gracias por tu Palabra, Señor. Gracias por tu Espíritu Santo y la guía que Tú nos das. Gracias porque Tú nos has llamado con cuerdas de amor. Gracias porque cuando abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Gracias por lo que Tú has hecho por nosotros; gracias por Jesucristo, por su obra en la cruz. Gracias porque en Él tenemos perdón de pecados. Gracias porque estábamos en una tierra lejana y Tú nos has llamado a Ti.

Yo te oro, Señor, que conforme a tu gracia, a tu bondad y a tu misericordia, nos des el valor, la fuerza, para volver a Ti en arrepentimiento y fe. No importa lo que tengamos que enfrentar, no importa lo que tengamos que pasar, sabemos que la verdadera seguridad está en estar en los brazos de nuestro Padre amante y perdonador. Señor, es nuestro clamor: ya que tu Palabra ha sido predicada, que tu Espíritu nos tome y aplique esa Palabra a nuestros corazones. Y esto te lo pedimos a Ti, Padre bendito, en el nombre de Aquel que nos amó y nos lavó con su sangre, el Rey de reyes y Señor de señores, nuestro Señor Jesucristo.

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